La necesidad de conseguir experiencia laboral para fortalecer la hoja de vida lleva a algunos jóvenes a aceptar prácticas o trabajos sin remuneración, con la expectativa de que ese esfuerzo les permita abrirse camino en el mercado laboral. Sin embargo, la línea entre una experiencia formativa y el aprovechamiento de esa necesidad puede ser difícil de identificar.
Este tema se está discutiendo en el país desde que Andrés Bilbao, cofundador de Rappi, quedó en el centro de una polémica tras publicar una oferta para un perfil audiovisual en su empresa 30X, en la que advertía que el trabajo no sería remunerado. Después de las críticas, aseguró que se trató de un error, pidió disculpas y afirmó que toda labor debe pagarse.

El caso de Antonio Repizo, ingeniero de sonido, muestra esa tensión. Durante su carrera escogió las prácticas laborales como opción de grado y, ante las pocas alternativas disponibles, aceptó la primera oportunidad que recibió. “Uno no está tan a merced de lo que quiere, sino de las opciones que hay”, expresó.
La práctica fue en un estudio reconocido de Bogotá. Desde el comienzo le informaron que no recibiría remuneración, auxilio de transporte ni alimentación. Aún así, decidió aceptarla porque consideró que podía ser una inversión para su futuro. “Para un estudiante era una oportunidad muy grande”, recuerda.
Pero las condiciones terminaron siendo distintas a las que esperaba. Repizo cuenta que comenzó a asistir antes de que iniciara formalmente el convenio y que enfrentó jornadas muy extensas. Algunas sesiones llegaron a durar 17 horas y hubo semanas en las que debía asistir de lunes a domingo. Además, asumía sus propios gastos de transporte y alimentación.

“Muchas veces las prácticas se convertían más en un gasto que en un ahorro”, asegura. Y, según su experiencia, tampoco se cumplió la expectativa de que ese sacrificio se tradujera en mejores oportunidades laborales. “¿Que si la experiencia me abrió puertas? No. ¿Que si me sirvió para conseguir experiencia laboral? No”, afirma.
El relato también evidencia cómo puede normalizarse la idea de que trabajar gratis es simplemente parte del comienzo profesional. Repizo recuerda que un ingeniero del estudio le dijo que había trabajado durante mucho tiempo en sesiones gratuitas y que “así es como se comienza”.
¿Cuándo deja de ser experiencia?
Para Cristian Fabián Ahumada, abogado especialista en derecho laboral, una práctica sin remuneración puede tener sentido, puede ser una oportunidad válida si la persona realmente está adquiriendo conocimientos y experiencia relacionada con su formación. El problema aparece cuando se utiliza para obtener mano de obra gratuita. “Lo que está mal es que se tome provecho de esa situación”, sostiene.

El abogado advierte que algunos practicantes terminan realizando tareas que no corresponden con su formación. “Hay sitios que malinterpretan la posición de practicante o de pasante, y lo que hacen es colocar a la persona en situaciones o trabajos que no corresponden a la carrera. Ahí, claramente, se está desfigurando la pasantía o ese trabajo no remunerado”, explica.
Ahumada considera además que estas experiencias deben tener un límite temporal. A su juicio, unos seis meses pueden ser razonables cuando existe un verdadero proceso de formación, mientras que periodos más prolongados pueden convertirse en una señal de alerta.
El escenario es diferente cuando la persona ya está graduada y acepta trabajar gratis para intentar volver al mercado laboral. Ahumada explica que, en estos casos, puede existir la posibilidad de reclamar judicialmente una relación laboral si en la práctica se demuestra que había una prestación personal del servicio y subordinación, incluso si inicialmente las partes habían acordado que no habría pago. “La forma no prima, lo que prima es lo que ocurrió”, señala.

Antes de aceptar una oferta de este tipo, Ahumada recomienda verificar quién está detrás de ella y preguntar qué funciones realizaban las personas que anteriormente ocuparon esa posición. También considera importante confirmar que las tareas estén relacionadas con la formación y que la experiencia obtenida pueda demostrarse posteriormente. Para el abogado, otra señal de alerta son los periodos demasiado extensos: si una empresa plantea que el trabajo sin remuneración durará uno, dos o tres años, podría indicar que realmente está buscando cubrir una necesidad de personal sin pagar por ella.
Por su parte, Repizo reconoce que algunos jóvenes necesitan aceptar estas oportunidades para graduarse o porque no tienen muchas alternativas. Sin embargo, considera importante no prolongar esas condiciones únicamente bajo la promesa de adquirir experiencia. “El trabajo es trabajo”, afirma.
El debate, entonces, no está únicamente en si un joven debe aceptar o rechazar una práctica o trabajo sin remuneración, sino en qué recibe a cambio de su trabajo. Si existe formación real, puede cumplir un propósito académico. Pero si la promesa de “hacer hoja de vida” termina justificando jornadas extensas, funciones ajenas a la formación o trabajo gratuito permanente, la experiencia puede convertirse en una forma de aprovechamiento.
