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| 6/3/2017 10:15:00 PM

Colombia vuelve a la mano dura

Un estudio del Centro Nacional de Consultoría revela que los sentimientos políticos de los colombianos están afectados por una fuerte preferencia por la autoridad. ¿Por qué se endurece el país?

Se ha vuelto un lugar común decir que Colombia regresó a la moda autoritaria. Después del triunfo del No en el plebiscito, del cambio del péndulo regional hacia la derecha, de la llegada de Trump y del desprestigio del presidente Juan Manuel Santos –quien fue reelegido con el apoyo del centro-izquierda–, la opinión general le apuesta a que las propuestas de autoridad tienen más acogida que las actitudes conciliatorias. La propia idea de la democracia está en peligro en el mundo, y en todas partes se pregunta si le llegó una crisis al modelo de derechos y representación de las mayorías. Y en Colombia, ¿llegó –o volvió- la tentación totalitaria?

Un grupo de expertos dentro del Centro Nacional de Consultoría, una de las firmas pioneras en encuestas políticas en el país, cree que sí. En Colombia se ha producido una serie de fenómenos políticos, cuya explicación solo es posible bajo la premisa de que los ciudadanos, en los actuales momentos, prefieren una alternativa autoritaria. El propio triunfo del No en el plebiscito de octubre, que implica un rechazo a un acuerdo que le pone fin a una guerra de 52 años –un hecho que normalmente tendría amplia acogida y generaría profundo optimismo–, se explica en buena medida porque el 61 por ciento de los colombianos tienen sentimientos, valores y concepciones que se pueden considerar como autoritarios.

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Ese panorama evidencia consecuencias en múltiples direcciones. La primera es la baja aceptación del proceso de paz con las Farc. Hay una relación entre el nivel de autoritarismo de los ciudadanos y su rechazo al acuerdo de La Habana. Quienes tienen un bajo nivel de sentimiento autoritario poseen una imagen negativa de las negociaciones en un 43 por ciento. En cambio, los que se localizan en un nivel medio tienen una imagen negativa que se dispara al 70 por ciento. Y los que profesan un nivel alto, son críticos en un 59 por ciento.

El volumen del sentimiento autoritario también afecta las preferencias frente a los personajes públicos. La gente tiende a escoger candidatos según la percepción que tienen sobre qué tan de mano dura son. “Si yo soy autoritario busco líderes autoritarios”, dice Andrés Perdomo, del equipo del Centro Nacional de Consultoría. Si se cruzan la imagen positiva de los principales protagonistas de la vida pública con la atracción autoritaria de los encuestados, se encuentran conclusiones interesantes. Tres dirigentes –Álvaro Uribe, Alejandro Ordóñez y Germán Vargas– ocupan los primeros lugares en afinidad con el autoritarismo. Otros nombres que hacen parte de la baraja de presidenciables –como Humberto de la Calle, Sergio Fajardo, Claudia López y Jorge Enrique Robledo– aparecen en la parte baja de la tabla. Esta clasificación significa que los primeros –Uribe, Ordóñez, Vargas Lleras– tienen mayor capacidad para sintonizarse con el momento emocional del electorado, que los que están en el segundo grupo. En cuanto al jefe de las Farc, Timoleón Jiménez, es el menos afín con quienes tienen temperamento autoritario.

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También se analiza si hay un efecto entre los niveles de autoritarismo de las personas y sus actitudes políticas. En concreto, el apoyo a Germán Vargas y Clara López es mayor entre quienes más afines son al autoritarismo, mientras que Sergio Fajardo, Claudia López, Humberto de la Calle y Jorge Enrique Robledo están en la tendencia contraria. El presidente Juan Manuel Santos está en un lugar intermedio, en el que no aparece identificado ni como autoritario ni como excesivamente tolerante.

Un corolario del estudio indica que, en la coyuntura actual que atraviesa el país, quienes aspiran a conquistar el favor de los votantes deben asumir posiciones claras sobre los asuntos relacionados con lo que se podría denominar autoritarismo. No es una hora para medias tintas ni posiciones ambiguas y, en general, “las campañas y el gobierno deben tener presente que en el momento actual hay una mayoría de colombianos autoritarios”, según los autores del estudio.

Este tipo de investigaciones se ha llevado a cabo en Estados Unidos. Después del triunfo de Donald Trump, y también del brexit en Reino Unido, los encuestadores han buscado innovaciones para perfeccionar el entendimiento sobre las motivaciones de los electores. Algunas de las viejas teorías empiezan a quedar obsoletas. La idea del péndulo, por ejemplo, que consideraba de una manera más o menos automática que cuando se desgasta un gobierno los votos se van para la oposición. Cada elección tiene una naturaleza distinta, y según las circunstancias de cada momento lo más determinante puede surgir de un liderazgo carismático (una persona que la gente sigue), una idea oportuna (la propuesta de generar más empleo ha funcionado varias veces) o la fortaleza de un partido (alternativa poco frecuente en estos tiempos).

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Pero también hay que analizar la psicología ciudadana. Y allí, en el terreno emocional, surge el momento autoritario que puede estar caracterizando a Colombia. Así entendido, el autoritarismo no es un modelo político o ideológico racional. Es una forma de mirar la vida. Quienes lo tienen en un grado más alto tienden a ver la realidad en blanco y negro y hacen distinciones más fuertes entre los grupos con los que se identifican –y, por consiguiente, con los que se enfrentan-. La idea de la amenaza castrochavista para Colombia puede ser un absurdo para la ciencia política, pero encaja con esta definición psicológica y puede llegar a ser una carta valiosa para la estrategia de una campaña.

Los menos autoritarios, en la otra orilla, tienen mayor sensibilidad –y atracción– hacia los matices, la ambigüedad y los juicios equilibrados, y de ahí surgen diferencias cognitivas y emocionales muy distintas a las de los autoritarios. Estos últimos son intolerantes, y hasta agresivos, con quienes ellos perciben que violan las normas tradicionales.

Esta visión del autoritarismo no necesariamente corresponde a conceptos tradicionales como conservatismo o derecha del espectro político. Pueden coincidir, y de hecho lo hacen con frecuencia, pero el objeto de análisis en esta investigación no es indagar sobre las posiciones ideológicas, sino sobre las emociones. Para quienes tienen un nivel alto de autoritarismo son importantes las normas tradicionales, favorecen el conflicto militar sobre la diplomacia y la seguridad sobre las libertades. Líderes como Donald Trump, en Estados Unidos, o Álvaro Uribe, en Colombia, encajan en esta definición. Los autoritarios también se caracterizan por una disposición a oponerse a los avances de los derechos de la población LGTBI o del medioambiente.

La medición del autoritarismo en Estados Unidos la ha hecho desde 1992 la American National Election Studies. El Centro Nacional de Consultoría se ha apoyado en su metodología. Incluye encuestas a 1.100 personas en 57 municipios del país. Los resultados indican que hay más autoritarismo en la Colombia de hoy que en los Estados Unidos. Forman parte del equipo de analistas Pablo Lemoine, Andrés Perdomo, Julián Castro y María José Roldán. Para cuantificar los niveles de autoritarismo de un individuo se tienen en cuenta sus preferencias sobre la educación de sus hijos: ¿prefiere que sean autónomos u obedientes? ¿Busca que sean curiosos o que tengan buenos modales? ¿Juiciosos o considerados? Y también se tabulan los criterios bajo los cuales fueron educados los encuestados.

Las emociones no son fáciles de medir. Pero es un hecho que juegan un papel clave como determinantes del comportamiento de los ciudadanos a la hora de votar. Por eso vale la pena intentar entenderlas. Y todo indica, al menos por ahora, que a los colombianos los invade un talante autoritario.

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