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| 4/22/2017 10:00:00 PM

La silenciosa campaña de Fajardo

Sergio Fajardo completa un año de recorrer el país en busca del apoyo de los electores indignados. Aunque algunos lo critican por no asumir posiciones en grandes polémicas nacionales, su estrategia ha funcionado y va bien en las encuestas.

En la campaña presidencial que ya arrancó, Sergio Fajardo dejó en evidencia que tiene un estilo propio. Es ajeno a las confrontaciones políticas, es ajeno a las dinámicas de los partidos, sale poco en los medios y no opina sobre las explosivas coyunturas del poder. Su estilo no es intuitivo. Como buen matemático, analiza todos los factores del contexto y sigue al pie de la letra varias tácticas de las cuales está convencido, y que en la etapa inicial de esta contienda le han permitido avanzar en una campaña que, aunque parece silenciosa, hasta ahora lo ha mantenido en los primeros lugares de las encuestas.

El foco de su estrategia consiste en convocar a los ciudadanos indignados que están cansados con la polarización política o que desconfían profundamente de las instituciones colombianas. “Hace siete años, cuando hice una campaña en el marco de la ola verde liderada por Antanas Mockus, la gente estaba cansada con la política. Pero ese cansancio no es comparable con el de ahora. Los ciudadanos sienten que el país está en un abismo”, dice, mientras reconoce que con su tono académico y no confrontacional busca llegarles a quienes menos confían en el poder.

Además de mostrar serenidad –nunca sube el tono de voz cuando habla de la corrupción o de la politiquería– y de reconocerse en cada discurso como un académico alejado del poder, Fajardo no critica a ningún político y no se sale del libreto en el momento de presentar una y otra vez su propuesta para “pasar la página de la guerra y la corrupción y construir el país de oportunidades”.

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La idea de no atacar a nadie es interpretada por muchos como una flaqueza suya para asumir posiciones. Sus detractores, e incluso personas ideológicamente afines a él, dicen que es resbaladizo, que no defiende posturas y que no toma decisiones. Pero él insiste en que esa no es una debilidad y que no generar confrontación es una estrategia deliberada. “Estuvo investigado cuatro años por Ordóñez, y a pesar de estar en una orilla contraria a la del exprocurador nunca habla de él. También sostiene que defender el proceso de paz no lo convierte en santista ni en antiuribista”, asegura uno de sus asesores.

Contrario a la percepción generalizada, algunas mediciones evidencian que, al menos por ahora, mantenerse al margen de la polarización entre santismo y uribismo puede ser rentable para un candidato. En el caso del exalcalde de Medellín, un análisis hecho la semana pasada por el Centro Nacional de Consultoría demuestra que la polarización no lo toca y que no ubicarse en ninguna de esas dos orillas puede contribuir positivamente a su imagen de independiente. Así, tiene el mismo nivel de apoyo (37 por ciento) entre quienes guardan una imagen positiva de Álvaro Uribe, que entre quienes conservan una imagen negativa (34 por ciento). De igual forma, cuenta con el mismo apoyo (53 por ciento) entre quienes tienen una imagen negativa de Juan Manuel Santos y entre quienes tienen una positiva (50 por ciento).

La manera como Fajardo hace campaña en el día a día evoca su aspiración de 2010. Exceptuando algunos concejales, diputados o candidatos que participaron activamente en el ejercicio de la ola verde, su candidatura se sustenta en el apoyo de activistas cívicos y líderes comunales sin afiliación partidista. Sin embargo, los miembros de su equipo aseguran que, a diferencia de hace siete años, él ya tiene claro que las elecciones se ganan con simpatías que se traducen en votos. Sabe que esta vez debe contar con estructuras electorales más sólidas, lo cual implica desarrollar una mayor habilidad para construir redes de apoyo que efectivamente se movilicen en las urnas.

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En lo que va corrido del año, Fajardo ha recorrido 14 departamentos y 29 municipios en los que se ha concentrado en hacer reuniones en salones comunales y en participar en foros universitarios. Antes de su llegada, un equipo de voluntarios –la mayoría jóvenes– hace campaña de expectativa. Una vez en la reunión, Fajardo oye las intervenciones de los asistentes y después explica en un video de ocho minutos sus propuestas de país, en las que la consolidación de la paz, la educación, la innovación y el emprendimiento son concebidos como la base para acabar con las desigualdades. Así mismo, recalca su carácter antipolítico. “Soy un académico. Debería estar dictando clase en una universidad, pero escogí esta vía”, es una de las frases presentes en todas sus intervenciones.

El tema de la lucha contra la corrupción, si bien está presente en sus discursos, no es enfocado por el exalcalde de una manera punitiva. Para él tiene una relación con las dinámicas del poder central y por eso reivindica que no es ni ha sido congresista o ministro, y que no participa de la actividad política que se realiza desde Bogotá. Y es que ese es otro eje estratégico de su campaña: posicionarse como un gobernante con un origen regional –fue alcalde y gobernador–, con el propósito de interpretar otra de las tensiones que existe en el país: la del rechazo en las regiones al centralismo.

En su anterior campaña presidencial también se mantuvo un buen tiempo en los mejores puestos en las encuestas. Y en las mediciones actuales, tiene de dónde crecer. Según la Gallup de marzo, posee una favorabilidad del 44 por ciento y una imagen negativa del 7 por ciento. De forma similar, en la medición Polimétrica, de Cifras y Conceptos, realizada el mismo mes, aunque muy pocos encuestados cree que llegaría a segunda vuelta, aparece con un reconocimiento positivo del 45 por ciento y una imagen desfavorable del 16 por ciento, la más baja entre todos los candidatos que se conocen hasta el momento. Igualmente, el desconocimiento que tienen los colombianos de su nombre es del 39 por ciento, lo cual significa que aún tiene un terreno político donde puede construir.

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Pero, simultáneamente, el desconocimiento es uno de los retos que tendrá que enfrentar en los meses que vienen. Ya hay candidatos de diferentes orillas que por su trayectoria nacional son percibidos con mayores posibilidades, y si Fajardo le sigue apostando a la táctica de figurar poco en los debates de coyuntura, le será más complicado generar recordación en regiones diferentes a Antioquia, su lugar de origen. “El tema es que no soy opinador, prefiero hacer mi trabajo en los municipios, cara a cara. Si para hacerme conocer tengo que enfrascarme en peleas, no lo haré”, asegura. Esa es una decisión estratégica, pero que debe manejar con pinzas para que no lo invisibilice.

Otro dilema que deberá enfrentar es el de la plataforma por la cual se lanzará. Recientemente escribió una carta al presidente Juan Manuel Santos rechazando un proyecto de reforma política que busca imponer condiciones más estrictas a los movimientos ciudadanos que quieran presentar candidatos presidenciales. Esa carta fue para muchos la confirmación de que el preferiría seguir su campaña con su movimiento Compromiso Ciudadano e inscribirse por firmas. Ese camino tendría la dificultad de que a punta de firmas es más difícil presentar listas propias al Congreso, las cuales son fundamentales en el momento de impulsar cualquier candidatura presidencial. Hacer parte de un partido, además, le daría los recursos económicos para hacer campaña, que hoy –dice– no tiene asegurados.

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Mucho han sonado las conversaciones entre Fajardo, el candidato del Polo Jorge Enrique Robledo y líderes de la Alianza Verde como Claudia López y Antonio Navarro. De hecho, en este último partido se dice que con Fajardo hay una especie de consenso para hacer una consulta en marzo y escoger un candidato único para primera vuelta. Sin embargo, él reitera que a pesar de que los une la bandera anticorrupción, no hay acuerdo de ningún tipo. De hecho, insiste en que ni si quiera es candidato oficialmente y que, en consecuencia con su espíritu de matemático, a mediados de este año hará un análisis de sus posibilidades y definirá si se mete en la contienda presidencial o no. Quienes lo rodean aseguran que prefiere esperar a ver cómo se consolidan las coaliciones, y que si estas terminan armándose alrededor de la dicotomía santismo-uribismo, o centroizquierda versus derecha, preferiría no hacer parte de ninguna de ellas.

Por ahora seguirá en su gira, con más ruido en las regiones que a nivel nacional. En ese ejercicio, su mayor reto será seguir manteniéndose en el centro y lograr canalizar emociones en un país que simultáneamente es escéptico y polarizado. 

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