Opinión

  • | 2017/03/11 23:00

    Germán Vargas Lleras salta al ruedo

    Lo más difícil para Germán Vargas Lleras no será comprometerse con la paz y el posconflicto, su reto mayor será desafiar la corrupción y el clientelismo. Ahí tiene que deshacerse de una pesada carga.

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No es una novedad. Era lo más sabido. Vargas Lleras sería candidato presidencial en 2018. Le aceptó la Vicepresidencia a Santos con esa intención. Buscó al interior del gobierno el lugar y el oficio que le diera réditos suficientes para que su candidatura tuviese un gran pronóstico. Este martes lanza su aspiración y empieza una larga campaña.

Hasta hace pocos meses parecía que la presentación de sus realizaciones en el gobierno de Santos, las grandes vías, los acueductos, las innumerables viviendas gratis, tan urgentes en un país con enorme atraso en la infraestructura, serían argumentos suficientes para encarar la competencia. De hecho, el acto de despedida está pensado como un balance de la gestión y la tarjeta de invitación reza: “Lo hicimos posible / un país en marcha / aquí están los hechos”.

Pero tal como están las cosas en el país esas conquistas serán apenas un ingrediente del debate. La paz, que dividió aguas en el plebiscito del 2 de octubre, será un tema ineludible. También la corrupción que, a raíz de los sobornos de Odebrecht, se ha convertido en la principal noticia a lo largo de dos meses.

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Los otros miembros de la coalición de gobierno ubican o quieren ubicar a Vargas Lleras como contradictor de los acuerdos de paz. No creo que sea una estrategia que le sirva al país. Al contrario, lo mejor para Colombia es que la corriente que encarna este candidato, aún con sus inquietudes sobre la justicia especial para la paz, aún con sus reticencias frente a algunos aspectos de lo convenido en La Habana, se mantenga del lado del Sí y se proponga honrar los compromisos y contribuir al éxito del posconflicto.

Creo además que al propio Vargas Lleras ni le conviene ni le interesa apartarse de la paz y acercarse a la coalición del No. Tengo dos pequeñas historias que quiero que los lectores conozcan.

El proceso de paz de La Habana estaba a medio camino y el embajador de Cuba, Iván Mora, me decía que las Farc estaban muy inquietas con la actitud de Vargas Lleras dado su peso político en el inmediato futuro del país. Le dije eso al entonces candidato a la Vicepresidencia y me contestó que estaba dispuesto a ir a La Habana si lo autorizaba el presidente para hablar en forma discreta con la guerrilla. A Santos no le pareció conveniente el viaje en ese momento. Pero Vargas Lleras envió un mensaje claro de respaldo pleno a la negociación y de impulso a lo que se acordara en la mesa.

Después, mucho después, el 3 de octubre de 2016, muy temprano en la mañana, cuando el país empezaba a evaluar lo ocurrido en el plebiscito y algunas voces lo culpaban de la derrota, me llamó muy enojado para decirme que era un verdadero descaro que sectores del gobierno le atribuyeran alguna responsabilidad en la debacle, que sus partidarios y aliados habían ganado el plebiscito en todos los lugares donde tenían el gobierno, que eran otros los líderes y otras las regiones que habían perdido. Entendí que quería reafirmar su solidaridad con la causa de la paz y despejar dudas sobre su accionar político.

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Por otro lado no creo que Uribe, como piensan sectores de la izquierda, se vaya a acercar de verdad o le vaya a endosar su votación a otro representante emblemático de la elite bogotana. Ya tuvo suficiente con Santos. Le tocaría a Vargas Lleras cumplir la demanda de arrepentimiento y expiación que le hizo José Obdulio Gaviria hace algunos meses y ese no es del talante del nieto de Carlos Lleras Restrepo.

Ahora bien, lo más difícil para Germán Vargas Lleras no será comprometerse con la paz y el posconflicto, su reto mayor será desafiar la corrupción y el clientelismo. Ahí tiene que deshacerse de una pesada carga. Su partido, Cambio Radical, ha avalado a una legión de políticos corruptos, algunos de ellos mafiosos y criminales ya metidos en espesos líos judiciales.

La decisión de reestructurar ese partido y el posible recurso de las firmas ciudadanas para inscribir la candidatura presidencial es un buen punto de partida. Pero faltará mucho. Seguramente Vargas Lleras, en su vasta labor de contratación de las obras de infraestructura, habrá palpado con sus propias manos el obstáculo que representa para el desarrollo del país la corrupción pública y privada y la red de mafias que se ha tejido alrededor de las obras nacionales y locales. ¿Será capaz de tomar distancia de estos clanes que juegan duro en la financiación de las campañas y tienen un férreo control de los políticos regionales?

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Y un punto más. El camino hacia las alianzas necesarias para meterse en segunda vuelta parece arduo. A Vargas Lleras lo han atacado de todos los lados en el último año, desde la izquierda y desde la derecha. Ha sido durante mucho tiempo el candidato a derrotar. El campo está minado. Quizás una posición decidida frente a la paz y una gran apuesta contra la corrupción le abra ventanas de comunicación con el centro y con la izquierda. Porque el campo de la derecha está bastante congestionado con diversos candidatos del uribismo y del conservatismo que no quieren que alguien más se arrime a buscar sombra.

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