Las olas de calor dejaron de ser un fenómeno excepcional. En distintas partes del mundo, las temperaturas extremas son cada vez más frecuentes, duran más días y alcanzan niveles que pueden poner en riesgo la salud, especialmente cuando se combinan con altos niveles de humedad.

Aunque para muchas personas el calor intenso puede parecer una molestia pasajera, la exposición prolongada puede tener consecuencias importantes. Los especialistas advierten que puede provocar deshidratación, agotamiento por calor e incluso un golpe de calor, una emergencia médica que requiere atención inmediata.
Organismos internacionales como UNICEF señalan que los bebés, los niños pequeños, las mujeres embarazadas y los adultos mayores son los grupos más vulnerables, ya que su organismo tiene mayores dificultades para regular la temperatura corporal.
En el caso de los menores, el riesgo de deshidratación aumenta porque su cuerpo aún no controla el calor con la misma eficiencia que el de un adulto. En las mujeres embarazadas, las altas temperaturas también se han asociado con un mayor riesgo de parto prematuro, bajo peso al nacer, hipertensión gestacional y otras complicaciones.

Aunque las olas de calor son un fenómeno meteorológico natural, el cambio climático ha hecho que estos episodios sean más largos, frecuentes e intensos debido a la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Como consecuencia, las personas permanecen expuestas durante más tiempo a temperaturas elevadas, lo que incrementa la posibilidad de sufrir problemas de salud.
Cómo prepararse ante una ola de calor
Reducir los riesgos comienza antes de que suba la temperatura. Una de las principales recomendaciones es revisar el pronóstico del tiempo para planificar las actividades al aire libre y tener listo un botiquín con elementos básicos, como agua, sales de rehidratación oral, un termómetro y los números de emergencia.
En casa, conviene mantener los espacios lo más frescos posible cerrando cortinas durante el día, abriendo las ventanas por la noche para favorecer la ventilación y utilizando ventiladores o sistemas de enfriamiento cuando estén disponibles.

Si es necesario salir, lo más recomendable es evitar las horas de mayor calor, buscar la sombra y protegerse del sol con sombrero, sombrilla y protector solar.
Además, mantenerse hidratado es fundamental. Beber agua con frecuencia, usar ropa ligera de algodón, llevar una botella de agua y una toalla húmeda para refrescarse puede marcar la diferencia. Cuando el calor sea extremo, acudir a lugares con aire acondicionado también ayuda a reducir la exposición y prevenir complicaciones.
