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| 4/22/2017 10:00:00 PM

El monstruo de la gran corrupción

Las prácticas corruptas han evolucionado en los últimos años. Hoy son más sofisticadas, van tras sumas más grandes de más dinero y son transnacionales. Los escándalos de la Fifa, los Papeles de Panamá y Odebrecht son su nueva cara. ¿Es posible combatirlas? Conclusiones del foro organizado por Transparencia Internacional, Caracol Televisión y SEMANA.

Erradicar la pobreza extrema en el mundo costaría unos 65 billones de dólares. Otorgar salud universal, 80 billones. Facilitar el acceso al agua en el mundo, 27 billones. Proveer educación primaria en todo el globo, 42 billones de dólares. Los cálculos de José Ugaz, presidente de Transparencia Internacional, parecerían mostrar un panorama factible. El problema es que hoy el mundo es víctima de una dinámica perversa de índole transnacional, que no permite cumplir las metas de bienestar social porque los recursos necesarios se los come la ‘gran corrupción’.

Es cierto que la corrupción no es un fenómeno reciente. Por el contrario, la cosa pública gira en torno a ella desde hace siglos. Pero, en consecuencia con el auge de la globalización, en los últimos años le han salido patas nuevas, y las mutaciones han hecho que cada vez sea más difícil erradicarla. Ahora los actores corruptos tienen enormes cuotas de poder político y económico –a veces internacional–, las cantidades de recursos oscuros movilizados son colosales y el impacto sobre los derechos fundamentales de las poblaciones en los países es monumental. Por eso es llamada la ‘gran corrupción’.

Los números que aportan sobre el tema los organismos internacionales son desbordantes. Al año se pierde 1 trillón de dólares de presupuesto público por sobornos en el mundo. Y solo en evasión fiscal internacional la cifra se triplica. Si estos dineros fueran invertidos en gasto público no habría más pobres en el planeta. Pero la ‘gran corrupción’ es resbaladiza y por lo general se esconde detrás de máscaras legales como las empresas off shore, lo cual impide su rastreo y, aún más, su sanción. “Habrá impunidad si no hay cambio”, decretó preocupado el presidente de Transparencia Internacional en el foro ‘La corrupción en Colombia: la peor forma de violencia’, organizado por Foros Semana, Transparencia por Colombia y Caracol Televisión.

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No es para menos. Como se produce a través de redes clientelistas sofisticadas o por medio de aparatos de crimen organizado, la ‘gran corrupción’ generalmente permanece impune, sobre todo en los países en desarrollo, donde las herramientas de investigación son precarias o los organismos están capturados por los actores corruptos. Según el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional en 2016, el promedio del continente americano entre 0 y 100 (con 0 siendo un país totalmente corrupto y 100 un país sin corrupción) es de 44, frente a un promedio mundial de 43 puntos.

Sin embargo, eso no significa que la región esté bien ranqueada en los índices de transparencia. La media en el continente mejora gracias a los bajos niveles de Canadá, Estados Unidos y algunas islas anglosajonas, pero si se miran los países latinoamericanos, solo tienen menos de 50 puntos Uruguay y Chile, históricamente los únicos en América Latina que no se rajan en percepción de corrupción (ver mapa). Sin duda el caso más preocupante es Venezuela (17 puntos), que el año pasado por primera vez llegó a tener los peores niveles del continente –por encima de Haití y Paraguay– e incluso del mundo, acercándose peligrosamente a los llamados Estados fallidos como Sudán del Sur (11 puntos) y Somalia (10 puntos). Colombia, aunque está mejor en percepción que Argentina, Perú, Ecuador y México, solo logra llegar a los 37 puntos, detrás de países como Cuba (47 puntos), Brasil (40 puntos) y Panamá (38 puntos).

Tal vez lo más problemático es que, además de que la corrupción en América Latina se ha convertido en un flagelo sistémico –enraizado en las estructuras estatales de contratación pública y de financiación de campañas–, los gobiernos solo han tratado de combatirla con leyes. Claramente no ha sido suficiente. En Colombia a los organismos de control y acusación les han faltado dientes. No hay suficientes herramientas técnicas de investigación, ni de seguimiento, ni recursos, ni personal, y en el caso de las Contralorías regionales, como no existe el control previo, la investigación patrimonial siempre llega tarde, cuando ya la corrupción vació las arcas públicas.

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Alrededor del globo los casos exitosos de lucha anticorrupción comparten haber tenido jueces y fiscales altamente especializados y con la clara prioridad de evacuar los casos por malversación y cohecho. Además, los escándalos de la Fifa, los Papeles de Panamá y Odebrecht han demostrado que la cooperación judicial internacional es esencial para desenmarañar las redes corruptas que traspasan las fronteras. No obstante, aunque en teoría las Unidades de Análisis Financiero, las Fiscalías y las Procuradurías tienen todas las herramientas para trabajar en conjunto, en la práctica los procesos internacionales se quedan cortos e incluso muchas veces ni siquiera toman rumbo.

Si bien es cierto que en los últimos meses con el plan Bolsillos de Cristal la Fiscalía ha avanzado bastante en las investigaciones –266 casos de corrupción avanzados que involucran casi 1 billón de pesos–, el ente acusador podría beneficiarse de la cooperación con órganos homólogos. Esto, particularmente, si se piensa en el escándalo de la constructora brasileña Odebrecht, que solo en el búnker colombiano tiene ya 11 líneas de investigación y representa un tema prioritario para Colombia y sus vecinos, pues implica 788 millones de dólares de coimas en 12 países.

En entrevista con SEMANA, José Ugaz afirmó que la gran corrupción no tiene límites, pero tiene un rostro, pues enferma, mata, niega la educación y la salud. Y subrayó que “por lo tanto, es importante investigar, perseguir y sancionar el delito, pero no es suficiente para acabar con la corrupción”. Por eso, la solución está en las medidas preventivas, la transformación cultural, el fortalecimiento del periodismo investigativo independiente y el papel ciudadano de veeduría, entre otros mecanismos (ver siguiente artículo). Por lo pronto, aunque la batalla parece estarla ganando el monstruo, con una nueva agenda política que no implica el desgaste de intentar ganar el conflicto armado con las Farc, ya es hora de combatir con fuerza esa otra violencia. 

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El caso escandinavo

El índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional oscila entre 0 y 100. En otras palabras, se balancea entre los niveles de un país totalmente carcomido por la corrupción y otro completamente exento de ella. Los expertos afirman que cualquiera de estos dos extremos es irreal, pues no es posible que algún Estado llegue a tan bajos o tan altos índices. No obstante, los países escandinavos están muy cerca de ‘limpiar la casa’ por completo. Dinamarca, Nueva Zelanda, Finlandia y Suecia superan todos los 88 puntos sobre 100, lo que significa que sus ciudadanos no perciben casi ningún tipo de actos corruptos. Marie Andersson de Frutos, embajadora de Suecia en Colombia, sostuvo en el foro que su país ha logrado disminuir los índices de corrupción gracias a la libertad de prensa, al libre acceso a los documentos públicos y al sistema público basado en la meritocracia. Los países nórdicos se caracterizan por fuertes valores de institucionalidad y sanción social, factores que generalmente escasean en América Latina y África.

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