En tres semanas Colombia acudirá a las urnas para elegir en segunda vuelta al sucesor de Gustavo Petro. Los colombianos nos enfrentaremos a un tarjetón con dos caras: Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Podría hacer una larga disertación sobre la dificultad decisional que genera una elección polarizada y demás cháchara de politólogo con ínfulas de imparcialidad, pero no lo voy a hacer. Creo con toda firmeza que la decisión es absolutamente sencilla y evidente: es imperativo votar por Abelardo de la Espriella.
De hecho, creo que este es el voto más sencillo de decidir de las cuatro elecciones presidenciales en las que he participado. Nunca había sido tan clara la división entre dos modelos, de los cuales uno —el de Cepeda— representa un quiebre institucional del cual no estoy seguro de que haya retorno y que, de haberlo, será por un camino largo y tortuoso, como en el vecino país.
Y lo que viene debo decirlo con toda sinceridad: no creo que el proyecto político de Petro y Cepeda tenga un compromiso genuino con la democracia. Fíjense, por ejemplo, cómo el domingo, apenas conocida la derrota por seiscientos mil, el presidente le dio la cara al país para insinuar un fraude electoral. Su pupilo candidato, lejos de desmarcarse, alimentó la teoría sustentada en afirmaciones sin ninguna prueba. ¿Es esto democrático? La respuesta, por lo menos para mí, es clara.
Y el problema es que esto no ocurre en el vacío. Durante cuatro años hemos visto un patrón repetido: confrontaciones permanentes con la justicia, hostilidad frente a los jueces, intentos de presión sobre instituciones independientes y una creciente tendencia a presentar cualquier límite al poder como una conspiración política. Todo esto acompañado por concesiones a organizaciones criminales, episodios graves de deterioro de la seguridad y una retórica según la cual cualquier contradicción institucional constituye un intento de golpe de Estado. En el sentir de Petro —que es el de Cepeda— la democracia parece reducirse a una idea sencilla: el pueblo son ellos mismos. O sea que la democracia es lo que ellos digan.
¿Y Abelardo de la Espriella? Está lejos de ser un candidato perfecto, entre otras cosas porque los candidatos perfectos no existen. Sus formas durante esta campaña han sido llamativas, estridentes y, en algunos casos, excesivas. Últimamente todos los candidatos exitosos parecen tener alguna cuota de esas características. Pero si se fijan bien, estos son atributos del personaje, que no de su proyecto político.
Entonces viene la pregunta verdaderamente relevante: ¿podemos afirmar que Abelardo de la Espriella representa un peligro para la democracia colombiana?
Y mi respuesta es tajante: no.
Y no solamente porque él así lo afirme. Colombia sigue siendo una democracia llena de contrapesos. De la Espriella gobernaría con cortes independientes, oposición política y un entramado institucional que ya ha demostrado capacidad para contener excesos. Precisamente ese es el punto: no tendría el cheque en blanco que el petrismo ha venido redactando en estos 4 años.
Asimismo, De la Espriella en sus declaraciones sobre una eventual forma de gobierno ha manifestado respeto irrestricto por la Constitución de 1991. También se ha comprometido a respetar el resultado electoral, sea cual sea, a no maltratar la institucionalidad, a respetar fallos judiciales así no esté de acuerdo con ellos y a irse en cuatro años. Difícil no contrastar estas respuestas con las de la acera del frente, que coquetean con una constituyente, descreen de la arquitectura institucional vigente y han promovido propuestas que afectarían los pesos y contrapesos.
Y aquí viene uno de los mayores aciertos de la campaña de Abelardo: José Manuel Restrepo. Restrepo no es un adorno electoral ni una figura decorativa. Su trayectoria como ministro y rector es sinónimo de rigor técnico, ortodoxia económica y respeto por el libre mercado. Su presencia reduce enormemente los temores de improvisación y funciona como un ancla institucional.
Tanto De la Espriella como Restrepo, además, se han comprometido explícitamente a respetar los precedentes constitucionales en materia de libertades individuales. Ni los derechos de las mujeres ni los de las minorías están en disputa. No existe aquí una cruzada antiderechos. Lo que existe es un proyecto de derecha enfocado en seguridad, crecimiento económico y estabilidad institucional.
¿Significa esto que a Abelardo le va a ir bien en su hipotética función presidencial? No tengo idea, aunque no sobran los motivos para creer en un potencial éxito de su programa. No obstante, creo que con él conservamos algo esencial: la posibilidad real de elegir otra opción dentro de cuatro años. Con Iván Cepeda y Gustavo Petro, temo sinceramente que eso deje de ser evidente.
