Comencemos por los aspectos positivos. Tal como ha ocurrido invariablemente desde que existe la Registraduría como órgano independiente, los resultados del pasado domingo se difundieron con rapidez y transparencia. Mucho contribuye, además, al éxito de los comicios que las reglas pertinentes sean conocidas y se apliquen de buena fe.
No sorprende, sin embargo, porque bien conocemos sus virtudes, que Petro haya cuestionado con deleznables argumentos los resultados. Imagino que, consciente del daño que esas actuaciones disruptivas le causan, Cepeda tuvo que convencerlo de que moderará su mensaje y dijera que se atiene a los resultados de los escrutinios, tal como él mismo lo afirmó. Esas cifras se conocerán en muy pocos días y el fantasma del fraude debería desaparecer, a menos que de la fecunda imaginación presidencial salga otra teoría para cuestionar los resultados de la segunda vuelta.
En tal caso, que ojalá sea cómico y no trágico, nuestro ilustre gobernante volvería a “recuperar” la espada de Bolivar, y envuelto en la bandera de la guerra a muerte utilizada por el Libertador en 1813, convocaría al pueblo a las calles para tomarse el poder, eso sí por medios pacíficos porque, como lo ha dicho muchas veces, él es un pacifista integral…
El ataque permanente a las reglas del juego político que ha adelantado con total impunidad, no ha merecido reproche alguno del candidato Cepeda. Ese silencio le debió costar en los comicios ya celebrados, y de seguro, tendrá consecuencias adversas en los venideros si Petro insiste, como cabe conjeturarlo, en ‘ayudarle’ usando medios prohibidos.
En realidad, no es descabellado pensar que a Petro no le conviene que sea elegido. Porque si lo fuere, le tocará afrontar la aguda crisis fiscal que se destapará en cuestión de pocos meses, cuyas causas ya no se podrán atribuir a la administración Duque. Quizás piense que resulta mejor su derrota en vez de tener que padecer su inevitable espejo retrovisor si le tocare gobernar.
Petro sabe que, por ahora, goza de impunidad absoluta y continuará interfiriendo en el proceso electoral. Ya se está moviendo sin tapujos en esa dirección. Ayer escribió: “Vamos a dar la batalla por la vida y la historia libertaría de Colombia. Aquí no se rinde nadie, aquí vamos a ganar y yo mismo me pondré al frente”. El desafío a las instituciones es absoluto; y el desconocimiento de la autoridad de Cepeda evidente. Quien ahora es el jefe de la campaña es Petro, no él.
La única acción jurídica eficaz para evitar que siga haciendo daño corresponde al Procurador General, que bien puede suspender a los funcionarios que acaten sus órdenes ilegales. Después del 20 de julio otro será el cantar. Una nueva Comisión de Acusaciones de la Cámara, que el Pacto Histórico no controle, tendría que entrar a resolver sobre los numerosos casos de indignidad en el ejercicio del cargo cometidos por el “último Aureliano”. No se olvide que Tomás Cipriano de Mosquera, en el siglo XIX y Rojas Pinilla en el pasado fueron destituidos cuando ya no eran presidentes.
Otra es, sin embargo, la dimensión política. Los observadores internacionales que hemos invitado a vigilar el proceso eleccionario en curso pueden y deben pronunciarse sobre la legalidad y pureza de los comicios. Los delegados de Estados Unidos ya lo hicieron. Supongo que pronto lo harán los de la Unión Europea. Los organismos de la sociedad civil de distinta índole tienen que levantar sus voces. Su silencio podría ser interpretado como respaldo tácito a la descalificación de las elecciones. Se trata de una cuestión vital. Como lo leí en alguna parte: “en democracia se puede perder una elección, lo que no se puede perder es la democracia”.
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No sé quien va a ganar. Pero sea cual fuere el resultado, ninguno de los dos gozará de mayorías parlamentarias; para evitar la parálisis legislativa y la corrupción que han sido protuberantes en este cuatrienio, o la violencia política que padecimos a mediados del siglo pasado, sería menester un acuerdo político. Este paradigma es esencial, pero de casi imposible realización. Ambos contendores niegan el derecho a existir del adversario. Si el conflicto es entre los defensores de la vida y los de la muerte, la democracia no puede existir. El acuerdo entre esos extremos es un imposible moral.
Epígrafe. Karl Popper, el gran pensador austriaco del siglo nos advirtió que “La democracia solo sobrevive si quienes la sostienen están dispuestos a protegerla.”
