OPINIÓN

Harold Castilla Devoz

Las constelaciones interiores de una generación joven

Colombia va a una segunda vuelta partida en dos. Y la pregunta más honda para los jóvenes —si su vida tiene un sentido— nunca estuvo en el tarjetón.
2 de junio de 2026 a las 11:00 a. m.

Cayó la noche del 31 de mayo y, con los boletines de la Registraduría, una conclusión se impone antes que cualquier cifra: el país que se asomó a las urnas está partido en dos. Colombia irá a una segunda vuelta el 21 de junio entre la izquierda de Iván Cepeda y la derecha de Abelardo de la Espriella. Quedamos, otra vez, ante una elección por adhesión o por rechazo. Y entre los más cortejados por todas las campañas, los jóvenes, asoma una pregunta que ningún candidato formuló en voz alta. La planteó, curiosamente, alguien que no estaba en el tarjetón.

Hace una semana, ante ministros de educación de Iberoamérica, el papa León XIV sostuvo que la mayor pobreza de nuestro tiempo es “la pérdida de las constelaciones interiores”. Muchos jóvenes, dijo, poseen instrumentos tecnológicos cada vez más sofisticados, pero les cuesta encontrar un sentido por el que vivir, esperar, amar e incluso sufrir. Detrás de tantas soledades y fragilidades psicológicas, advirtió, se esconde a menudo una pregunta silenciosa: ¿tiene mi vida algún sentido? No hace falta compartir la fe del pontífice para reconocer el diagnóstico. Es el mismo que arrojan las cifras de ansiedad, depresión y suicidio juvenil que llevamos años ignorando entre debate y debate. Aquí está lo incómodo. La polarización que celebramos como ‘movilización’ ofrece a esos jóvenes una falsificación del sentido: una identidad construida sobre el enemigo. Pertenecer a una tribu que odia a la otra produce una emoción intensa y una respuesta inmediata a la pregunta por quién soy, soy el que no es como ellos. Pero es una constelación prestada, hecha de bronca y no de convicción.

Una segunda vuelta entre dos polos invita, sobre todo a los más jóvenes, a definirse por aquello que detestan antes que por aquello que afirman. Y una generación que aprende a reconocerse solo en el adversario es una generación a la que le hemos fallado en lo esencial. Porque lo esencial de educar no es eso.

La tradición que va de Kant a Paulo Freire entendió que el fin más alto de la educación es lo que el filósofo Gert Biesta llama ‘subjetivación’: ayudar a cada persona a devenir un sujeto que piensa, juzga y actúa con autonomía, irreductible al grupo al que pertenece o a las funciones que cumple. Sapere aude, atrévete a pensar por ti mismo, decía Kant. Freire lo llamó ‘concientización’ y John Dewey nos recordó que la democracia no es solo una forma de gobierno que se ejerce un domingo cada cuatro años, sino una forma de vida compartida que se aprende deliberando entre iguales. Formar para esa democracia es, hoy, casi un acto de resistencia. El terreno donde se libra esa batalla, además, ya no es solo el aula. Es la pantalla. Nuestros jóvenes se forman el carácter, la concentración y el deseo en un entorno de notificaciones, multitarea y posverdad, frente a algoritmos diseñados para retener y recomendar, no para que florezcan. La inteligencia artificial generativa les ofrece un atajo para casi todo, justo cuando más necesitan ejercitar el esfuerzo cognitivo del que depende el aprendizaje.

León XIV lo dijo con una frase que vale como advertencia política: el ser humano es un deseo y no un algoritmo. Reducirlo al rendimiento, al consumo o al dato estadístico, como hace buena parte de la cultura digital y también buena parte de nuestra política, genera, inevitablemente, un profundo sufrimiento interior.

Los antiguos levantaban la mirada al cielo para leer las constelaciones y saber cuándo sembrar. Quizás eso sea lo que más urge después de esta primera: volver a levantar la vista. No hacia el cielo, sino hacia una generación (los jóvenes) que nos miran y nos preguntan, en silencio, si el país que se disputa en las urnas tiene todavía algo que ofrecerle además de un bando.