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Opinión

  • | 2017/04/08 22:30

    La reivindicación de Popeye

    El episodio muestra la enorme dificultad que tienen las elites políticas para separarse del trasunto violento de las mafias y para no utilizar a las Farc como mampara de su degradación moral.

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Cuando oí que Popeye había decidido participar en la marcha del primero de abril convocada por el Centro Democrático, inmediatamente pensé que personas de esa agrupación que respeto mucho como Francisco Santos, Carlos Holmes, Iván Duque,Paloma Valencia o Alicia Arango rechazarían su presencia en la jornada. No fue así. Incluso Santos y Paloma justificaron públicamente la participación de la persona que acompañó a Pablo Escobar en su época más escabrosa. “Popeye ya pagó su deuda con la sociedad y está en su derecho a marchar”, dijo Santos y una frase similar se le ocurrió a Paloma en un debate con Roy Barreras.

Sentí una enorme tristeza. Este hecho, aparentemente banal, me devolvió a un pasado doloroso. La gran tragedia colombiana se gestó cuando agentes del Estado y elites políticas y económicas del país decidieron darles protagonismo político y social a los narcotraficantes y asesinos que florecieron en los años ochenta; y cuando, a su vez, las guerrillas, que habían nacido como alzamiento político de la mano de Camilo Torres Restrepo, Manuel Marulanda Vélez y Jaime Bateman Cayón, se metieron de lleno en el negocio de las drogas, se comprometieron a fondo con el secuestro y acudieron al atentado personal como arma de lucha. Los narcotraficantes sanguinarios se encontraron con los políticos tradicionales y los insurgentes con el delito común puro y duro.

Comprender esto, aceptar esto, es condición sine qua non para darle la vuelta a la historia colombiana, para salir de la oscura noche que hemos vivido, pero argumentos como los esbozados por gente ilustrada para validar la participación de Popoye en una ruidosa marcha política y la retórica del ELN en defensa del secuestro aún en medio de negociaciones de paz muestran que estamos lejos de esta comprensión vital.

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Voy a señalar una vez más la línea de tiempo de la tragedia con la esperanza de que algún día se escudriñe con atención esta versión de la historia. Antes de los años ochenta estaban las guerrillas, había narcotráfico, se presentaban secuestros, pero todo esto era marginal, se daba en los bordes de la sociedad, se desarrollaba en los linderos de la política.

Pero a mediados de esa década trágica líderes encumbrados de las elites decidieron darles un papel político central a reconocidos narcotraficantes, se apoyaron en sus finanzas, acudieron a sus oficios para eliminar a rivales políticos, auparon sus huestes para exterminar a la izquierda legal. Entre tanto, la guerrilla se fue deslizando poco a poco por el despeñadero de los delitos que degradaban su causa y fue ascendiendo en su protagonismo hasta ahogar la acción de una izquierda civil que terminó por aceptar el trámite violento de la controversia con el establecimiento.

La primera racha de terror ocurrió al finalizar esa década triste con la muerte de cuatro candidatos presidenciales y la destrucción de la Unión Patriótica. Se frenó el baño de sangre con los acuerdos de paz del M-19 y otras guerrillas, la expedición de la Constitución de 1991 y la muerte de Pablo Escobar. Pero se reanudó con fuerza mayor en 1995 y de ahí hasta 2005 tuvimos el 70 por ciento de los 8 millones de víctimas de todo el conflicto. Fue ese el momento verdadero de la guerra innombrable y desastrosa. Cuando se consolidó la alianza entre las elites políticas y las filas mafiosas y cuando también las guerrillas se hundieron en la barbarie.

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En la reivindicación de Popeye sonaron las mismas palabras que propiciaron esa catástrofe. “Popeye es igual a las Farc” o “Popeye es mejor que las Farc porque ya pagó su deuda”. Así fue que legitimaron la alianza con los mafiosos en los años ochenta, así transformaron a Carlos Castaño de vulgar mandadero de Pablo Escobar en uno de los actores políticos más relevantes en los años del dolor. Porque las Farc y el ELN eran la peor amenaza, la amenaza comunista, todo valía, todo se justificaba, las autodefensas, las masacres sobre su base social, las desapariciones, el desplazamiento de poblaciones.

No era diferente el sentido ético en el lado de las guerrillas. El secuestro era la otra cara de las desapariciones forzadas y la forma más justa de arrancarles a los ricos la financiación de la guerra, decían, el atentado a los líderes políticos, el pago obligado por el genocido de la Unión Patriotica. Ahí estaba el otro lado de la misma moneda.

Un terrible juego de espejos, una nivelación por lo bajo, un descenso compartido al infierno de la criminalidad amparados en discursos políticos. El horizonte ético se nubló. Las partes perdieron por igual la autoridad moral para reclamar humanidad, para exigir humanidad.

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El episodio de Popeye muestra la enorme dificultad que tienen las elites políticas para separarse del trasunto violento de las mafias y para no utilizar a las Farc como mampara de su degradación moral, es la misma dificultad que afrontarán las guerrillas para reconocer ante la justicia especial para la paz el grave daño que les hicieron a la sociedad y a su causa política con el secuestro, con el narcotráfico y con el ataque aleve a la población civil.

Conozco esa dificultad. Conozco esa angustia. La viví hace 28 años, en 1989, en una soledad aterradora en las montañas. Me desgarré por dentro para decir no, para tomar distancia de mis compañeros en el comando central del ELN y empezar la búsqueda de la paz y la reconciliación.

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