OPINIÓN

Jorge Enrique Vélez

Lo del 31 de mayo fue un plebiscito

Los colombianos que nos oponemos a este modelo, y que demostramos ser la mayoría, debemos ratificar nuestro compromiso sin dudas ni temores, votando masiva y contundentemente.
3 de junio de 2026 a las 4:54 p. m.

Las elecciones presidenciales en primera vuelta dejaron múltiples consecuencias y reconfiguraron el panorama político colombiano. Sorpresivamente, la dupla De la Espriella y Restrepo se alzó con la victoria, definiendo así el balotaje final contra los representantes del petrismo. Esta jornada significó una dura derrota no solo para varios candidatos que se consideraban protagonistas, sino para las estructuras tradicionales que representaban. Esto evidencia que los líderes políticos no entendieron el hartazgo de la ciudadanía hacia las dinámicas tradicionales ni el profundo temor que llevó a los electores a votar de manera individual y no alineada a partidos.

El Centro Democrático es quizás el partido más afectado: su candidata, que proyectaba entre el 15 y el 25 % en las encuestas, obtuvo apenas el 6,9 %. La mayoría de su electorado migró hacia una alternativa con la que compartían afinidad. Este fenómeno fue impulsado por el temor al candidato del gobierno actual, agravado por la cuestionable y abierta participación en política del propio presidente de la República. Ante este escenario, el voto útil, el voto vergonzante y los indecisos se volcaron en la última semana hacia el candidato que consideraron una garantía para preservar la democracia frente al riesgo de una supuesta dictadura liderada por Gustavo Petro e Iván Cepeda.

Con estos antecedentes, seguramente muchos de ustedes, al igual que yo, se preguntaron el domingo en la noche si las elecciones presidenciales de 2026 se definieron como un plebiscito. La respuesta es un rotundo SÍ. Aunque jurídicamente no lo sea, las circunstancias del pasado domingo le dieron todas las características de una consulta popular para poner fin al gobierno dictatorial de Gustavo Petro y sus aliados: los narcoguerrilleros de la paz total.

Afirmo que se pareció a un plebiscito porque los colombianos se enfrentaron a una disyuntiva clara: avalar la continuidad del proyecto petrista o, por el contrario, rechazarlo de frente apoyando mayoritariamente a Abelardo de la Espriella. Este último logró arrasar tanto con el centro como con la derecha tradicional. Ante el temor que generaban las actuaciones del presidente de la República, los ciudadanos decidieron jugársela de una vez por De la Espriella, polarizando la elección en un escenario de ‘sí’ o ‘no’, y derrotando al petrismo en el primer asalto.

Este rechazo masivo convirtió a De la Espriella en el único representante de la oposición, dejando a los demás competidores sin posibilidades. Los colombianos no querían medias tintas; querían sellar la derrota del actual gobierno en un verdadero plebiscito contra Gustavo Petro. De ahí la histórica participación ciudadana. Lo más trascendente fue el impacto emocional que arrastró el candidato, quien capitalizó un voto castigo contundente contra la corrupción, la inseguridad y la entrega de la institucionalidad a los aliados criminales del Gobierno.

Es el colmo del cinismo que Petro le diga al país que él representa un “proyecto de vida” y que la oposición es la muerte, cuando sus propios socios han sido los responsables del derramamiento de sangre durante décadas. Las estadísticas oficiales demuestran que el suyo es, en realidad, el verdadero gobierno de la muerte.

Creo que hoy la gran mayoría de los colombianos comparte un mismo sentir. Al sumar los votos de Abelardo de la Espriella, los de Paloma Valencia y los de otros candidatos que seguramente se unirán en segunda vuelta a favor de la oposición, queda claro el panorama: se votará contra el hastío que produce una inseguridad galopante, una economía tambaleante y el estilo confrontativo del presidente y su candidato. A esto se suma el comportamiento de la mayoría de los miembros de su gobierno, quienes, pasando por encima de la ley, se convirtieron en activistas políticos durante esta campaña. La gran consecuencia de esto fue que la mayoría de los colombianos votó en contra de Gustavo Petro, aunque su nombre no apareciera en el tarjetón.

Este plebiscito informal reveló una total polarización que, a partir del 31 de mayo, se materializó en votos reales de carne y hueso. El país ha quedado dividido en dos bloques totalmente irreconciliables: por un lado, quienes apoyan a Petro y su proyecto; por el otro, una evidente mayoría que lo considera una seria amenaza para nuestra democracia. Fue el miedo generado por el actual gobierno lo que llevó a los ciudadanos a las urnas de forma masiva, un sentimiento que seguramente se ratificará en las urnas por la indignación y la rabia que compartimos la mayoría de los colombianos

Vuelvo y repito: esto no es un plebiscito en términos jurídicos ni constitucionales, pues no hubo una pregunta ni una consulta directa sobre la permanencia del gobierno de Gustavo Petro. Formalmente, sigue siendo una elección presidencial; sin embargo, en la práctica, su esencia plebiscitaria es innegable.

Así lo han entendido los estrategas de las dos campañas que se enfrentarán el próximo 21 de junio: por un lado, el petrismo tratará de defender lo indefendible; por el otro, Abelardo de la Espriella, como lo ha manifestado públicamente, buscará derrotar al tirano encarnado en Iván Cepeda, quien no es más que una marioneta de Gustavo Petro.

El próximo 21 de junio los colombianos no solo nos jugamos quién ocupará la Casa de Nariño; está en juego el rumbo del país, no solo para los próximos cuatro años, sino para las próximas décadas. Un triunfo del aliado de los narcoguerrilleros de la paz total, en cabeza de Iván Cepeda, sería la validación de una estrategia establecida desde el Foro de São Paulo.

Por eso, los colombianos que nos oponemos a este modelo, y que demostramos ser la mayoría, debemos ratificar nuestro compromiso sin dudas ni temores, votando masiva y contundentemente.