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| 10/21/2017 10:15:00 PM

Germán Vargas Lleras: ¡Triple salto mortal!

Después de meses de ausencia, el exvicepresidente volvió al ruedo. Su relanzamiento no cayó bien ni en el santismo ni en el uribismo.

El deslizamiento de Germán Vargas Lleras hacia el uribismo era esperado. En las últimas semanas se habían presentado señales muy claras. Sus críticas al proceso de paz se intensificaron, la bancada de Cambio Radical estaba bloqueando los dos proyectos claves para la implementación y sus videos de propaganda en las redes sociales parecían hechos en la sede del Centro Democrático.

Aun así, su regreso a la arena política sorprendió. No tanto porque rompió su silencio, sino por la forma como lo hizo. En una ofensiva mediática, saturó al país durante 24 horas en una estrategia de reposicionamiento político. Envió tres mensajes claves: 1) la implementación del proceso de paz está fracasando; 2) hay que reestructurar completamente el sistema tributario; y 3) las Farc pueden llegar a tomarse el poder.

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Esos planteamientos coinciden en general con lo que piensa la derecha en Colombia. Sin embargo, llamó la atención el radicalismo y el tono con que Vargas los presentó. Es un hecho que la implementación de los acuerdos ha sido bastante caótica, pero los términos que usó Vargas, que por siete años fue miembro del gobierno, parecían más de oposición que de análisis. Y en la oposición es frecuente recurrir a exageraciones y medias verdades.

Su principal crítica se dirigió contra la Justicia Especial para la Paz (JEP), el blanco de moda. Algunos de sus argumentos son válidos, como el de los narcotraficantes colados en las listas de amnistiables. Otros pueden ser legítimos, pero no tienen solución, pues fueron pactados en La Habana. Entre estos, el que más ha indignado es que miembros de la cúpula de las Farc puedan hacer política antes de pasar por la Justicia. Muchos sectores, incluyendo algunos que apoyan el proceso de paz, consideran que la participación en política debe supeditarse al cumplimiento de los requisitos de verdad, justicia y reparación de la JEP. Ese orden de las cosas, sin embargo, no quedó estipulado en el acuerdo.

Vargas también asoció el fracaso de la política de erradicación manual de los cultivos ilícitos con el acuerdo de paz, cuando en realidad la prohibición de asperjar glifosato por vía aérea proviene de un fallo de la Corte Constitucional. Por otra parte, decir que 48 millones de colombianos pueden caer en manos de la JEP es una afirmación taquillera, pero inexacta. Y resultó aún más impactante que habló de cubanos en territorio colombiano que adiestraban campesinos a nombre de las Farc, lo cual no es cierto.

De todo lo que dijo, sorprendió sobre todo su defensa del expresidente Álvaro Uribe cuando afirmó que las Farc tenían la intención de llevarlo a la JEP. La verdad es que en La Habana se acordó que ninguno de los expresidentes podría ser sometido a esta jurisdicción.

El segundo capítulo de la agenda fue la reforma del sistema tributario. Presentó la propuesta de erradicar el impuesto al patrimonio, eliminar el 4 por 1.000 y fijar el impuesto de la renta en 30 por ciento. El primero, el del patrimonio, ya está eliminado, pues se trataba de un gravamen transitorio que está por vencerse. Los otros dos constituyen iniciativas deseables, pero van en contra de la realidad fiscal.

Esas medidas representarían un hueco de 20 billones de pesos. Si el precio del petróleo se hubiera mantenido en 100 dólares, una reforma de ese alcance podría ser viable. Pero con los problemas de caja actuales no se ve cómo. Vargas dice que llenaría el hueco combatiendo la evasión, recortando el gasto y eliminando exenciones. Sin embargo, todos los presidentes han tratado de hacer eso, y los resultados siempre han sido marginales.

Tal vez se le fue la mano a Vargas en el tercer punto: la amenaza de las Farc y el castrochavismo. Ese fantasma tiene credibilidad en boca de Uribe, quien se inventó el cuento. Pretender quitarle ese monopolio no necesariamente funciona. Sin embargo, como las encuestas muestran que la mitad del país le cree al expresidente, Vargas decidió jugarse su candidatura por ese bloque, más emocional que el electorado que acepta con reservas el proceso de paz.

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Es evidente que las encuestas convencieron a Vargas de que en la derecha tenía más posibilidades de llegar a la Casa de Nariño. La izquierda nunca iba a votar por él. Pescar en los dos lados, su estrategia inicial, dejó de ser viable. Los jefes del Partido Liberal y del Partido de La U le dieron un portazo. Su mejor opción acabó siendo volver a sus raíces, pues su carrera política había sido de mano dura y defensa del sector privado. En esto se identificaba con Santos. Por el proceso de paz el presidente es hoy ubicado en el otro bando.

La reafirmación de su esencia política habría sido más fácil de digerir si Vargas hubiera hecho la transición en forma moderada. Mucha gente quiere la autoridad que él encarna, y un mensaje de paz con autoridad habría sido compatible con su trayectoria. Pero su mensaje acabó siendo el de “se nos viene el castrochavismo”. Y a eso le agregó que las Farc tenían un plan de cuatro etapas para llegar al poder: 1) hacer elegir un gobierno de transición que garantice el cumplimiento de los acuerdos; 2) incentivar la protesta social por medio de nuevas leyes; 3) profundizar el conflicto social; 4) tomarse el poder.

Esa descripción de la amenaza castrochavista va más allá incluso que la del Centro Democrático. Vargas agregó que Humberto de la Calle, Sergio Fajardo y Claudia López liderarían el gobierno de transición del supuesto plan de las Farc, lo cual es un despropósito. Estratégicamente, buscar los votos del No tiene sentido porque Uribe no tiene candidato fuerte. Pero ese discurso extremo no le llega al grueso de ese sector, sino a una minoría. Una cosa es tener reservas muy válidas sobre la JEP, lo que Vargas había expresado cuando formaba parte del gobierno de Santos, y otra es afirmar que Colombia está a punto de convertirse en Venezuela.

Dadas sus aspiraciones presidenciales, es comprensible que Germán Vargas se desmarcara del gobierno y proyectara una imagen independiente y de mano dura. La gente acepta que la política es dinámica y que esas maromas forman parte del juego. Pero lo que debía ser un giro necesario terminó siendo un triple salto mortal. El guion con que reapareció en el ruedo podía haber sido un poco menos antigobiernista y un poco menos uribista. Y no se sabe cuál de los dos sectores quedó más irritado con el nuevo Germán.

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Santos, que es realista, hubiera entendido un cierto distanciamiento estratégico. Pero desde su punto de vista la semana pasada se vio una arremetida contra la principal bandera de su gobierno. Y en cuanto a Uribe, inicialmente no ha recibido bien la mano tendida. Lo que se creía que podía ser una posible alianza inderrotable de la derecha acabó convertido en una competencia. El Centro Democrático era hasta ahora prácticamente el dueño único del voto del No. Con la llegada de Vargas ese electorado se parte en dos.

De acuerdo con las primeras encuestas, el relanzamiento del exvicepresidente no ha tenido el éxito esperado. Sin embargo, una elección es como una guerra y la primera batalla no es más que un abrebocas. Uribe está enfrentado a un verdadero peso pesado, pues Vargas siempre ha sido un formidable candidato. Conoce el país y el Estado como pocos, y tiene una virtud innecesaria para mover una burocracia paquidérmica: ha demostrado ser un gran ejecutor. Lo apoyan los empresarios, sabe comunicar y, además, de los precandidatos solo él es un jefe político a nivel nacional.

En sus siete años en el gobierno de Santos ha construido una red de solidaridades y apoyos regionales que serán la base de su campaña. Esa telaraña tan bien tejida le permite a Cambio Radical aspirar a que los 9 senadores que hoy tiene aumenten a alrededor de 20 en las próximas elecciones parlamentarias.

Aunque en las últimas encuestas no le ha ido bien, el nuevo Germán no solo ha sido un candidato de maquinaria, sino también de opinión. Hasta hace poco fue el político más popular después de Álvaro Uribe en las mediciones de imagen. Queda por ver si el coletazo del triple salto mortal de la semana pasada será simplemente un fenómeno transitorio. Porque hasta ahora se puede anticipar que no hay espacio para él y el candidato de Uribe en la segunda vuelta. Será el uno, o el otro.

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