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| 6/17/2017 10:15:00 PM

El proyecto político de las Farc

Esta semana las Farc entregan la totalidad de sus armas a la ONU y desaparecen como grupo armado después de 53 años. ¿Cómo se están preparando para hacer política?

Al decirle adiós a las armas y entregar la totalidad de los fusiles a la ONU, las Farc dejarán de ser la guerrilla más vieja del hemisferio occidental para convertirse en un partido político y continuar su lucha en la democracia. A partir del primero de agosto, cuando se den por terminadas las 26 zonas veredales donde están concentrados cerca de 7.000 excombatientes, se podrán subir a la tarima proselitista sin ninguna restricción. Ese mismo mes realizarán el primer congreso del nuevo partido y destaparán sus primeras cartas para la frenética contienda electoral que se avecina. Las Farc siempre han aspirado a llegar al poder, pero esta vez buscarán hacerlo por la vía de la legalidad, dejando atrás un conflicto armado de 53 años que arrojó más de 200.00 muertos y millones de víctimas.

Con este tránsito de las balas a los votos, del poder del terror al poder de la convicción, se está consumando el objetivo más profundo del proceso de paz y puede considerarse un hito en la apertura democrática de Colombia. Sin embargo, hay muchos interrogantes que se ciernen sobre el futuro político de las Farc. ¿Tendrán éxito? ¿Serán capaces de revertir el odio que tantos colombianos les profesan? ¿Serán un factor de unión o desunión de la izquierda? ¿Cómo será su debut en elecciones?

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Las tres batallas

Desde septiembre pasado, cuando realizaron su décima conferencia, las Farc definieron tres batallas para dar en el posconflicto. La primera es por la implementación de los acuerdos de La Habana. La segunda es para ganarse a la opinión pública y revertir su muy mala imagen. Y la tercera, consiste en crear un movimiento que busque agrupar a todos los sectores democráticos y progresistas. Ninguna de esas peleas está fácil.

La implementación del acuerdo de paz es el eje sobre el que las Farc montarán su arquitectura política. Este será la base para sus alianzas, para redactar su programa de gobierno, y para la proyección de sus líderes. El acuerdo les da una serie de garantías que son la base para iniciar su transformación hacia la política. En 2018 podrán ir a elecciones de Congreso, y aún si no sacan los votos suficientes, tendrán aseguradas cinco curules en el Senado, y cinco en la Cámara de Representantes. Eso es, por ejemplo, más de lo que hoy tiene el Polo Democrático.

El partido que surja de las Farc también tiene garantizada financiación para su funcionamiento y para crear un centro de pensamiento. Estos dineros, según el presidente del Consejo Nacional Electoral, ya están listos y saldrán del presupuesto nacional. A eso se suma su participación en espacios de los medios de comunicación institucionales y en las nuevas emisoras locales que se crearán. Muchos críticos consideran que a las Farc se les han dado demasiadas gabelas, lo cierto es que es mucho menos del espacio en los medios que se le dio en su momento al M-19 en los años noventa y que hace parte de cualquier negociación de un proceso de paz.

Para dar el paso a la política el tema de la seguridad física de los exguerrilleros se ha vuelto crítica. A pesar de que ya hay 350 de ellos entrenándose como escoltas, las discusiones al respecto estuvieron al rojo vivo la semana pasada en la comisión de seguimiento al cumplimiento de los acuerdos (CSIVI), que es donde están sentados el alto gobierno y las Farc. Algunos dirigentes de ese grupo consideraban imposible terminar el desarme el 20 de junio sin que antes el gobierno pusiera en marcha todos los mecanismos de seguridad pactados en La Habana, como el cuerpo elite de la Policía (punto que se resolvió el viernes) y todas las medidas diseñadas para atajar la nueva ola de violencia paramilitar. Este, sin duda, es un punto crítico pues la verdadera prueba de fuego del proceso de paz es que las Farc puedan estar en la plaza pública sin que sus vidas estén en riesgo. Con antecedentes como el asesinato del dirigente de M-19 Carlos Pizarro, apenas unas semanas después de dejar las armas, el Estado tiene que garantizar la vida de los militantes de las Farc con seguridad como requisito indispensable de una paz duradera.

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Una imagen fresca

En cuanto a la segunda batalla, la de la opinión pública, esta será posiblemente la que a las Farc les tomará más tiempo y esfuerzo. Ellas son odiadas por la mayoría del país (su imagen negativa en la última encuesta de Invamer es de 83 por ciento) y, tal como se demostró en el plebiscito, hay un profundo rechazo a ver a la cúpula guerrillera en cargos públicos y de representación. Cambiar esa imagen no será nada fácil y por eso ya tienen una estrategia de comunicación con asesores extranjeros para suavizar su lenguaje, desactivar prejuicios, dar una imagen más amigable y buscar una mayor sintonía con los sectores urbanos.

El lenguaje de la confrontación ha dado paso al de la reconciliación y el perdón. A Jesús Santrich (Seusis Pausías Hernández) que ha sido el más radical, le han moderado el uso del Twitter y en cambio tanto Pastor Alape (José Lisandro Lascarro), como Carlos Antonio Lozada (Julián Gallo) e Iván Márquez (Luciano Marín), han empleado buena parte de su tiempo asistiendo a todo tipo de eventos en universidades, en los que han dejado el mensaje de que el proceso de paz no tiene marcha atrás, y en los que con frecuencia hablan de entregar el corazón, y abrazar a los adversarios. “El país ha cambiado en estos 50 años y tenemos que buscar una sintonía con esa realidad”, dice Lozada.

En cuanto a la imagen, están mostrando a través de videos el rostro humano de los guerrilleros que los presenta como jóvenes trabajadores, llenos de ilusiones, o a las guerrilleras con sus hijos recién nacidos. En la búsqueda de calar en los sectores de clases medias urbanas han producido piezas de publicidad donde en lugar de hablar de revolución hablan de luchar contra la corrupción, de los altos impuestos, y los problemas sociales más sentidos por la gente.

Su iconografía también se ha ido transformando. Los dos fusiles cruzados en el escudo le dieron paso a un par de manos apretadas, en tonos claros. Se sabe que están montando una orquesta de salsa, un equipo de fútbol profesional, y capacitaron a un equipo de comunicaciones de más de 100 personas en periodismo de radio y televisión. Las Farc saben usar como pocos políticos en este país las redes sociales. Cada movida de sus dirigentes sale en videos cortos y hacen incluso transmisiones en directo.

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Un partido moderno

La tercera batalla, la de crear una gran convergencia por la paz, es la más importante de todas. En agosto, cuando realicen el Congreso para fundar su partido, las Farc tendrán que tomar varias decisiones que marcarán su futuro en la política. La base de ese debate está en un documento de 46 páginas llamado ‘Las Tesis de Abril’, que aunque hace un diagnóstico del país al mejor estilo de los marxistas de los setenta, al final le apuesta a una línea de acción bastante pragmática.

Para empezar hay un elemento de consenso y es que no tendrán candidato propio en las elecciones presidenciales de 2018. Es decir, que ni Timochenko se lanzará a la contienda, ni candidatos más o menos cercanos, como Piedad Córdoba, los representarán. Las Farc dicen que para el año próximo buscarán que gane un “gobierno de transición” que garantice la implementación de los acuerdos de La Habana. Lo interesante es que no están pensando necesariamente en una coalición de izquierda sino en una mucho más amplia. Ellos dicen que apoyarían a alguien, incluso de centro-derecha, si este garantiza que los acuerdos se cumplan. No mencionan a ningún candidato, pero se infiere que la baraja solo excluye al que se presente por el uribismo.

En segundo lugar, dicen claramente que su aspiración es ser gobierno. Es decir que aspiran a estar en cargos públicos en caso de que una coalición en favor de la paz se imponga en las elecciones. Esto ya ocurrió en los años noventa cuando, luego de dejar las armas, varios miembros del M-19 y el EPL hicieron parte del gobierno de César Gaviria. Antonio Navarro fue ministro de Salud, y Vera Grabe y Gustavo Petro, entre otros, estuvieron en cargos diplomáticos.

El problema es que aunque las Farc quieren alianzas con mucha gente, casi nadie quiere tomarse la foto con ellas. Ni siquiera los que han defendido la paz a capa y espada, como Humberto de la Calle, Claudia López o Roy Barreras. Eso puede cambiar después de marzo, cuando las Farc se dejen contar en las elecciones parlamentarias. En un escenario con tanta dispersión política y polarización, hasta las fuerzas más pequeñas se vuelven importantes. De otro lado, como tienen aseguradas diez curules en el Congreso, se vuelven muy atractivos como bancada para cualquiera que quiera ser presidente.

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Otra decisión crucial que deben tomar las Farc es qué tipo de organización van a crear. Si será uno de corte marxista y con las vicisitudes del mamertismo o le apostarán a uno moderno y amplio. En el primer escenario, probablemente terminarían con una organización con muchos principios ideológicos y menos votos que si se deciden por la segunda opción. En este escenario, que parece ser el que más consenso tiene dentro del secretariado, buscarían atraer no solo a los sectores que votan por la izquierda, sino a otros más de centro. La experiencia demuestra que los procesos de paz ensanchan la frontera de la participación electoral y eso podría ocurrir, especialmente si les llegan a los jóvenes que son una franja inconforme por naturaleza. En alguna ocasión Timochenko (Rodrigo Londoño) dijo que le gustaba la idea del sancocho nacional que promulgó Jaime Bateman en los años ochenta. Algo muy lejano a una organización tipo Partido Comunista que en el pasado fue su brazo político.

También es interesante ver cuál será su programa o plataforma política. El dilema es si se van por una línea que acaricie el populismo de izquierda o si se inclinan por una propuesta más democrática y de alto contenido social. Hasta ahora la única plataforma definida por ellos es el acuerdo de paz, que está más en la línea de las reformas políticas que de la revolución populista. De hecho Pastor Alape ha dicho públicamente que ellos no están por el socialismo sino por un Estado democrático y moderno. La pregunta de hierro es si esta es una posición mayoritaria en las Farc.

Finalmente está el tema de los líderes que enarbolarán las nuevas banderas de las Farc en la palestra. Y aquí la pregunta es sencilla: ¿serán las mismas caras, la de los históricos, o le apostarán a caras y liderazgos nuevos? Aunque las Farc pelearon a fondo para que quienes han cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad no quedaran inhibidos de poder participar en política, es muy probable que, por lo menos el secretariado se abstenga de participar en las elecciones. Eso implicaría poner su nuevo partido por encima de sus aspiraciones personales y acudir a figuras de segunda línea en su organización o incluso a sectores afines aunque no sean de su militancia. La experiencia de otros procesos de paz también ha demostrado que no siempre los grandes líderes de la guerra son los mejores en la paz. Las Farc tienen un capital político en sus filas que hasta ahora han subestimado: las mujeres. Especialmente ellas, que nunca fueron protagónicas en la guerrilla podrían asumir un papel más relevante en esta transición.

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Para su ingreso a la política hay algunos factores a favor de las Farc y varios en contra. A favor tienen su influencia regional en territorios donde han tenido presencia histórica, o donde se percibe un cansancio por corrupción de los políticos y el abandono del Estado, como lo demostraron los paros de Buenaventura y Chocó. También decenas de movimientos sociales que aunque no sean proguerrilla, sí tienden a ser de izquierda. Otra gran ventaja que tienen es su gran capacidad de organización. Durante décadas han tejido redes de líderes con arraigo regional. Algo de lo que carecen otros partidos sobre todo de izquierda.

Lo que más jugará en contra de las Farc será su pésima imagen, el miedo que suscitan en muchos sectores urbanos y de clases medias, el espejo de la tragedia humanitaria de Venezuela, y el clima de paros, despelote y de falta de autoridad que ha ido derechizando al país.

Le experiencia internacional para los grupos que dejan las armas es variada. Al FMLN de El Salvador, le tomó 20 años llegar a la Presidencia y lo hizo con un programa que no tiene nada de socialista. A la URNG de Guatemala, aunque le fue bien en las primeras elecciones, luego prácticamente desapareció del mapa político. El Sinn Fein, que era el brazo político del IRA, ha logrado una amplia influencia e incluso ha cogobernado a Irlanda con sus antiguos enemigos.

Al igual que en otros países, en Colombia puede haber dos momentos. En el corto plazo las Farc no la tienen fácil. El ambiente del país es radicalmente diferente al que le tocó al M-19 y al EPL en los años noventa. En ese entonces el entusiasmo con la paz y la Constituyente, generaron un consenso político muy amplio que hizo que artistas, intelectuales y hasta futbolistas se metieran al arcoíris de la Alianza Democrática M-19. Claro que el entusiasmo duró poco y ese movimiento desapareció en menos de una década, pero más por errores de sus dirigentes que por falta de espacio para sus propuestas. Este es un momento diferente. El peso del No en el plebiscito y la fuerza creciente de los opositores del proceso han hecho que en lugar de entusiasmo la paz genere escepticismo y desconfianza en más de medio país.

Ahora, lo que nadie sabe es cómo será el clima político del país en ocho o diez años. La paz, si se consolida, cambiará radicalmente la agenda de debate en Colombia y también el perfil de sus líderes. Se habrá pasado la página de la guerra y si las Farc logran mantenerse en la arena política, y son lo suficientemente flexibles para adaptarse a las nuevas realidades, tendrían un amplio margen para crecer y llegar a gobernar ciudades o departamentos como lo han hecho otros exguerrilleros como Antonio Navarro, en Nariño, Gustavo Petro en Bogotá, y Carlos Caicedo en Santa Marta. Ese es un escenario remoto pero no imposible. Al fin y al cabo, las negociaciones son para eso: para que quienes pensaban cambiar el mundo con las armas, lo hagan con las ideas.

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