Era un pobre caballerosilencioso, sencillo,de rostro severo y pálido,de alma osada y franca.Tuvo una visión,una visión maravillosaque grabó en su corazónuna impresión profunda.Desde entonces le ardía el corazón;apartaba sus ojos de las mujeres,y ya hasta la tumbano volvió a hablar a ninguna.Púsose un rosario al cuello,como una insignia,y jamás levantó ante nadiela visera de acero de su casco.Lleno de un puro amor,fiel a su dulce visión, escribió con su sangreA.M.D. sobre su escudo.Y en los desiertos de Palestina,mientras que entre las rocaslos paladines corrían al combateinvocando el nombre de su dama,él gritaba con exaltación feroz:Lumen coeli, sancta Rosa!Y como el rayo, su ímpetufulminaba a los musulmanes.De regreso a su castillo lejano,vivió severamente como un recluso,siempre silencioso, siempre triste,muriendo por fin demente.

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