inclusión

Cocina Incluyente para emprendedoras

Por: Álex Quessep*

Así se llama el programa de la Alcaldía de Barranquilla que está transformando la vida de muchas cocineras empíricas del Distrito.


Podría decir que Gertrudis Morales no es la típica mujer barranquillera. No es la más extrovertida, no tiene el desparpajo típico del Caribe colombiano, pero en la pausa y en el silencio se halla su encanto. Ella sabe que es tímida y me explica que ha trabajado con una psicóloga para “aflojar” su palabra. Si su manera de expresarse mejora, también aumentarán sus ventas en el negocio de comidas que tiene en la playa. Con él sostiene a sus ocho hijos. Por ellos comenzó este local. “Arrancamos con una o dos canastas de cerveza y un par de mesas”, me dice. “¿Y hoy cómo va eso”, le pregunto. “Pues mire, ¡ya tengo 24 mesas!”, explica.

Estamos en el barrio Las Malvinas, fundado a principios de los años ochenta, al suroccidente de Barranquilla. Me acompañan cerca de 20 bellas mujeres, hábiles para la cocina y ejemplo de emprendimiento. En esta charla evaluamos los progresos que han tenido con los talleres de Cocina, Proyección y Desarrollo, liderados por la Oficina de la Mujer, Equidad y Género de la Alcaldía de Barranquilla y el programa que impulsa la primera dama de la ciudad, Katia Nule. Fue Gertrudis quien rompió el hielo y me habló del crecimiento de su negocio. Sus avances me interesan mucho, así que continuamos la charla.

También le puede interesar: Barranquilla es el nuevo refugio de los emprendedores

–¡24 mesas! Eso está muy bien. ¿Cuál es su plato estrella? –interrogo.

–La picada de huevas es la que más ordenan mis clientes –contesta sin titubear–. También me piden el lebranche (un tipo de pescado) y la mojarra roja, pero no la de criadero, la que pescan en Ciénaga, Magdalena.

–¿Y sopas también prepara?

–Claro, la de pescado es la que tiene más demanda. Y también cocino el arroz de coco, el de pescado y el de camarón –finaliza con una sonrisa.

La mayoría de mujeres que hacen parte de este programa tienen una gran sazón. Dominan muy bien el oficio de cocinar, pero lo que les sobra de sabor, les falta de seguridad en sí mismas; y en casi todos los casos carecen de visión emprendedora. De eso nos encargamos nosotros, los talleristas, que las orientamos y ayudamos para que con sus talentos puedan comenzar negocios lucrativos que les permitan tener un ingreso digno para ellas y sus familias. La transformación de todas ha sido notable.

Pero a veces el principal obstáculo para crecer como emprendedoras lo encuentran en sus casas y en sus parejas poco solidarias. De esta manera lo recuerda Gertrudis: “Mi marido no quería que trabajara más. Yo no le hacía caso y volvía, aunque muy nerviosa, hasta sin celular. Pero entre más se oponía, más ganas me daban de regresar aquí. Un día le dije a él: ‘Pa’ lante, voy pa’ allá’”.

El testimonio de Gertrudis anima a Gladys, otra de las barranquilleras de esta tertulia, a compartir su historia: “A todas nos ha pasado. Mi negocio también empezó por necesidad, mi esposo se quedó sin trabajo y comenzamos a vender carne de res, de cerdo, pechuga asada y picadas mixtas. Hasta ahora el local ha funcionado, lo abrimos los fines de semana. Pero cuando termine el taller de Cocina, Proyección y Desarrollo vamos a iniciar con los almuerzos de lunes a viernes”.

Las beneficiarias de Cocina Incluyente asisten a módulos para aprender recetas de todo el mundo.También reciben acompañamiento psicológico y asesoría de negocios. Foto: Giovanny Escudero

Algunas cocineras preparan ‘corrientazos’, otras meriendas –como sánduches–, y unas pocas, postres. Todas coinciden en que esta iniciativa las ha ayudado a potencializar sus capacidades; dejaron de ser temerosas para convertirse en mujeres decididas y optimistas. Una de ellas, Mónica Peñate, decide hablar sobre el cambio que ha experimentado: “Varias de nosotras decimos que no somos tímidas, aunque sí lo seamos; creo que la timidez es una máscara que esconde nuestros miedos. Tenemos muchos temores y a veces no nos sentimos valiosas. Solo lo somos en el núcleo familiar, pero para hacer la comida, responder por la casa y sacar el negocio adelante”.

Ella cuenta que con lo aprendido en este curso ha ganado conocimiento y seguridad. Eso es un gran avance. Aquí no solo enseñamos buenas técnicas de cocina, aquí queremos que todas las alumnas se proyecten como dueñas y visionarias de sus propios emprendimientos. Mónica afirma que lo aprendido en estas sesiones le ha ayudado a tener un mejor control de su negocio, en el que vende sopa de pescado, sancocho trifásico y sabrosos guandules. Hace una pausa, mira a sus compañeras, y sentencia: “Después de esto ya ninguna de nosotras volverá a ser la misma, ¡nos han enseñado a pensar en grande!”.

En eso coincide Lavernis Donado: “Yo hago tortas y postres. Y acá en el curso me han impulsado a crecer, que fue el objetivo que yo me propuse. Quiero montar una repostería y sé que lo voy a lograr”. Yosveidis de Ávila la escucha, asiente y entra en la conversación: “Antes de llegar acá me parecía imposible soñar con un negocio propio. Pero aquí nos queda claro que sí podemos conseguirlo y además se nos enseña que debemos tener las cuentas claras, que ahí está la clave, ¿cuánto invertimos? ¿Cuánto gastamos?”. Ella prepara hojaldras, unos pasabocas crocantes, hechos con masa de harina de trigo frita y espolvoreados con azúcar, típicos de Barranquilla. 

Lea también: Emprendedores barranquilleros tienen en MacondoLab la fórmula del éxito

–¿Dónde vende su producto? –le pregunto.

–En la calle –me explica–. Salgo cada mañana y grito: ¡a la orden las hojaldras, sabrosas y crujientes, la que te suena entre los dientes! –Su grito interrumpe la calma del salón y el resto de mujeres se ríen de la espontaneidad de su compañera.

–¿Siente que la hojaldra le da alegría a la gente?

–Pues claro. Cuando yo preparo la masa le transmito todo mi positivismo –dice Yosveidis–. Mientras amaso pienso que todas las hojaldras se van a vender y que se convertirán en una bendición para quienes las compren–. Su respuesta nos conmueve a todos.

Desde una esquina del lugar, Maryori Ortiz levanta la mano para intervenir. Ella es una de las más adelantadas del curso, hace tortas personalizadas y las vende a través de las redes sociales. “Vine a este proyecto porque tenía ganas de aprender nuevas recetas –dice–, pero me encontré con que este no es solo un curso de cocina. Aquí vives un cambio personal impresionante. He notado cómo durante este tiempo todas hemos transformado nuestra manera de pensar. Aprendimos a creer en nosotras y a no limitar nuestros sueños. Esa es la gran enseñanza”.

Maryori, Yosveidis, Mónica, Lavernis, Gladys y Gertrudis son solo una pequeña parte del grupo que he tenido el privilegio de orientar en su camino hacia el emprendimiento.

–¿Y ustedes recomendarían este curso a otras mujeres de Barranquilla? –les pregunto con curiosidad.

–Pero claro, yo lo recomiendo –dice Claudia Figueroa, otra cocinera–. Cuando llegué aquí estaba en “ceros”, y ahora sé cómo se maneja un negocio, pero, lo más importante: aprendí a creer en mí, gané seguridad y ahora sé que puedo ser una emprendedora.

Todos estos testimonios inspiradores se los debemos a Cocina, Proyección y Desarrollo, un proyecto en el que un plato de comida se convierte en la excusa para transformar la vida de muchas barranquilleras y de sus familias.

*Chef de Zaitún.

Noticias relacionadas