El Señor Caído tiene 85 vestidos, cada uno cuesta 2 millones de pesos en promedio. | Foto: Diego Zuluaga

CRÓNICA

El Señor Caído de Girardota no repite vestido

En agradecimiento por cada milagro este Cristo recibe un nuevo traje. La documentalista Daniela Abad viajó hasta Girardota para contarnos la historia.

Daniela Abad Lombana*
17 de diciembre de 2018

Entre los 16 y 25 años solía cambiar constantemente de novio. Mi abuela Cecilia, cada vez que le presentaba al nuevo susodicho, creía que este sí iba a ser (yo también siempre lo creía); y lo invitaba oficialmente a almorzar a su casa. Le preguntaba qué pensaba de los hijos y sobre todo de la política (era importante que no fuera un godo disfrazado de hippie). Así que cada vez que terminaba con un novio, para mi abuela era una gran decepción. Para mí, en cambio, era la oportunidad de que el verdadero hombre de mi vida llegara.

Mi abuela seguía invitándome a almorzar sola, pero cuando llegaba a su casa en vez de estar como de costumbre sentada en la mesa, me esperaba en su cuarto y yo ya sabía lo que seguía. Dejaba de leer el periódico o de coser tan pronto la saludaba de beso para mirarme por encima de las gafas y decir: – “Te va a pasar como a mi amiga Mariluchita”. –“No entiendo, Lita, ¿qué le pasó a Mariluchita?”–. Entonces me contaba la historia. Su amiga tenía un armario lleno de ropa: más de 40 zapatos de todos los colores y estilos, camisas, camisetas, vestidos, prendas de cachemir, de lino importado, de seda italiana. Sin embargo, cada vez que iban a salir, no sabía qué ponerse. Tenía tanta ropa que terminaba con el mismo vestido viejo y trajinado de siempre.

Evidentemente mi abuela no se refería a mi ropa (aunque nunca le ha gustado como me visto y siempre le parece que estoy o muy despeinada o muy pálida), sino al hecho de que entre tanta elección y tanto descontento, al final iba a quedarme con el peor de los novios.

El Señor Caído de Girardota, un Jesucristo de madera, fabricado en Quito en 1799, que reposa en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de este municipio antioqueño, tiene exactamente 85 vestidos distintos. Sebastián Madrigal, el muchacho que se encarga de cuidarlo, me permite entrar a la sacristía y me muestra el armario. Yo no puedo dejar de pensar en Mariluchita. Todos los sábados por la noche, después de salir del trabajo, Sebastián desviste al Señor. Primero lo limpia con delicadeza, le quita el polvo, le pasa un trapo por las llagas que le produjeron los latigazos. Observa al Señor que está apoyado en sus manos y rodillas, con la cabeza llena de sangre por la corona de espinas, mirando hacia abajo, resignado.

Sebastián recorre su cuerpo con un aceite especial traído desde España que cuida la pintura y conserva el brillo. Luego va hasta el armario y selecciona la ropa. El Señor nunca puede repetir un vestido durante todo el año. El preferido de Sebastián es un traje verde que él mismo le regaló para agradecerle por haber curado a su madre de un tumor cerebral que empezaba a afectarle la vista. Al terminar, me cuenta que se siente siempre cansado, como si hubiera recibido el peso de las penas de los otros. Entonces se va para la casa, mete la ropa de Jesús en la lavadora y después de echarle el suavizante, se acuesta a dormir al lado de su esposa.

Los vestidos del Señor Caído se los regalaron sus fieles. Cada año, para Semana Santa, miles de personas de distintas partes de Antioquia hacen una peregrinación como ofrenda o penitencia para pedirle algo o darle las gracias por un milagro recibido. La peregrinación no es exactamente el camino de Santiago. Miro la ruta de Medellín a Girardota en el mapa y compruebo que hay que pasar por toda la autopista Medellín y caminar por calles llenas de carros, camiones y motos. La costumbre de la peregrinación es antigua y nuestras calles evidentemente están solo diseñadas para lo que contamina, no para peatones. La peregrinación, que podría ser un camino placentero, se convierte en una verdadera odisea. Muchas de estas personas han muerto atropelladas y caído a la orilla de la carretera. Es más, dicen que a veces los mismos peregrinos se roban entre sí. Por lo menos el Señor todo lo perdona, y el que todo lo perdona, todo lo permite.

La costurera de Jesús

“Cada uno de esos vestidos puede costar alrededor de 2 millones de pesos”, me dice la señora Miriam Tabares, sentada en la sala de su casa, mientras recuerda todos los milagros que le ha hecho el Señor Caído. Doña Miriam tiene más de seis cirugías y de todas se ha salvado gracias a Él. Después de haber salido de la última intervención, por la que tuvo que permanecer un tiempo muy largo en cuidados intensivos, decidió regalarle un vestido. Para hacerlo hay que tener unas medidas exactas y llevarlas a la calle San Rafael, donde vive doña Marta Saldarriaga, la costurera de Jesús.

Cuando decidió mandar a hacer el vestido Miriam visitó al párroco de ese entonces para pedirle las medidas. –“¿Así de plata tiene?”–, le preguntó el cura–. “No, se la estoy dando precisamente porque la necesito”. Entonces la llevó hasta la sacristía y abrió el armario. Ella lo miró sorprendida. –“¿Sí se da cuenta? ¿Usted para qué le va a dar otro vestido? ¿Más bien por qué no me da esa plata a mí para la capilla?” –“No puedo”.– “Entonces yo tampoco puedo darle las medidas”.

Doña Miriam mandó a hacer el vestido de todos modos y una vez cada dos años se lo ve puesto. “Se ve hermoso. Yo le dije: si vos me ayudás con la enfermedad yo te doy un vestido. Y Él me curó”. Al parecer al Señor Caído le gusta mucho la ropa.

Normalmente la gente le pide sanar de alguna enfermedad incurable o que le sea perdonado algún pecado imperdonable. Voy a misa de seis de la tarde a ver a la gente rezar. “Ten piedad Señor, ten piedad, soy pecador, Señor ten piedad”. Miro la pobre escultura (ese día vestida de morado), un hombre agotado, cansado, cargando el peso de todo el dolor humano. Pobre Jesús, estoy segura de que Él habría protegido a los negros que Girardota y todo el noroccidente antioqueño ha marginado de su territorio después de haber explotado la fuerza de su cuerpo en la minería; de que habría marchado por el medioambiente y que no le gustarían las minas que han acabado con la agricultura y la caña de azúcar; que habría protegido al ferrocarril que antes hacía de Girardota un pueblo importante; que no estaría de acuerdo con la demolición de sus casas más antiguas; que habría protegido a los homosexuales, a los librepensadores, a las mujeres.

Miro a la gente y me pregunto por qué se sienten tan culpables, qué le piden. ¿Realmente cometieron una acción reprochable? ¿Vergonzosa? Pienso que yo misma a veces me siento culpable por cosas que no debería (“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”). La culpa, la penitencia y la recompensa están totalmente inculcadas en la manera en la que nos enseñaron a pensar. Dicen que quien mandó a esculpir al Señor Caído fue el fundador de Girardota (antes Hatogrande), el presbítero Manuel Londoño Molina, porque la inquisición iba a castigarlo por haber maltratado a sus esclavos.Gracias a la efigie se salvó.

Ángela Sosa, una joven historiadora de Girardota, cuenta que el Señor Caído ha protegido mucho este lugar y que la fe hacia Él es tanta, que cuando el pueblo pasa por un tiempo difícil lo sacan por la plaza. En realidad no es el original sino una copia. Me pregunto si las copias también hacen milagros. Entro al ‘almacén de las promesas’ y le compro a mi abuela una figurita del Jesús Caído. Tal vez le pida que deje de llevar mujeres a almorzar a su casa y vuelva a llevarle hombres.

*Documentalista.