La capacidad de Robert de Niro para interpretar papeles duros _del tipo de El toro salvaje, Taxi Driver, Erase una vez en América, El padrino II, Los intocables, Buenos muchachos y Casino_ prácticamente había hecho olvidar a sus seguidores de su talento para el humor. Sus antecedentes más recientes en el género se remontaban a 1983, con El rey de la comedia, en la cual alternó con Jerry Lewis, y a 1993, cuando protagonizó Perro bravo y Gloria al lado de Bill Murray y Uma Thurman. Ahora Harold Ramis ha vuelto a rescatar al De Niro comediante en Analízame, una divertida película en la que el actor neoyorquino vuelve a interpretar a un peligroso capo de la mafia, pero esta vez con el desenfado que permite el género. La historia es en realidad la de Ben Sobel (Billy Crystal), un sicoanalista divorciado que prepara segundas nupcias con una adorable y tonta novia. Su vida no tendría nada de particular si no fuera porque un buen día llega a su consultorio el temible mafioso Paul Vitti (De Niro), agobiado por los ataques de llanto que le vienen de vez en cuando y por la ansiedad que le deja su trabajo. La vergüenza que produce en el capo su sentimiento de debilidad y el pavoroso miedo que genera en el siquiatra atender a semejante delincuente desatan una trama que posee todos los ingredientes para pasar un buen rato. A pesar de los altibajos de De Niro en ciertas escenas de llanto la película se sostiene a buen ritmo gracias al excelente libreto escrito por el propio Ramis. Cada diálogo lleva su dardo de humor medido y estudiado; cada gesto apunta a la descripción exacta de sus personajes. El de De Niro, siempre ambivalente entre su condición de matón profesional y las traiciones de sus nobles sentimientos; el de Crystal, temeroso por las consecuencias de trabajar para un hampón pero convencido de que ese es el primer caso interesante de toda su carrera. De Niro y Crystal prácticamente se adueñan de la película y demuestran, una vez más, que los buenos filmes se hacen a partir de buenos personajes motivados por un buen guión. Esta norma elemental es la que ha puesto en práctica Harold Ramis para hacer de Analízame un suculento plato para esta temporada. El piso trece SI Dios maneja los hilos de los hombres, quién maneja los hilos de Dios? Esta eterna pregunta acerca del destino y la eternidad es la que intenta abordar _amparada en los más sofisticados adelantos científicos_ la más reciente realización del director Josef Rusnak: El piso trece. Y lo hace con el mejor recurso que el cine de ciencia-ficción pueda llegar a explotar: la tecnología digital. En el decimotercer piso de una oficina de investigación de informática dos talentosos técnicos (el maestro y su discípulo) juegan a reproducir en realidad virtual la vida tal y como debió ser en 1937. Pero el experimento, que convierte a sus creadores en dioses de su propio mundo, al cual ellos mismos pueden descender para vivir personalidades paralelas a las reales, ha sido alterado. Misteriosamente el maestro ha muerto y el discípulo sólo tiene como pista su propia camisa ensangrentada. Algo pasa allí y su misión será descubrirlo. Su inquietud será el inicio de una cadena de sucesos que enfrentarán al improvisado detective con realidades nunca vistas. Construida a la manera de dos espejos que reproducen sus imágenes hasta el infinito la película traza la paradoja de la muñeca rusa, según la cual siempre habrá una muñeca más grande capaz de contener a las demás. A pesar de que exagera en su intento por confundir al espectador, revelándole verdades falsas una y otra vez hasta la desesperación, la cinta ofrece una interesante visión futurista sobre las consecuencias de la realidad virtual. Y de paso se lleva por delante todas las pretensiones de su rival de temporada, The Matrix.