A pesar de la germinación de centros más activos e influyentes en el desarrollo de la plástica, París mantiene cierta aureola de capital intelectual y cultural de Occidente, de centro donde fluyen los conceptos más profundos en la apreciación y discusión del arte actual. Su Feria Internacional de Arte Contemporáneo, por ejemplo, se cuenta entre los eventos más eficaces en la difusión de nuevos valores y aunque en lo referente al mercado de obras de arte es posible que existan otras ferias que superen con creces el monto de las transacciones que allí se celebran, no hay que olvidar que el éxito comercial no implica necesariamente el logro artístico, ni que el mejor arte contemporáneo es por lo regular poco vendible, no contándose el lucro ni la decoración entre sus principales objetivos. La última feria artística de París en el siglo XX tiene lugar por estos días y está dedicada a América Latina. En el evento participan 24 galerías de la región, entre ellas dos colombianas, la galería El Museo y la de Carlos Alberto González, que han llevado obras variadas en concepto, técnica e intención, para conformar recintos o estands que, a pesar de las limitaciones espaciales características de este tipo de acontecimientos, resultan indicativos de la solidez y pertinencia del trabajo artístico que se lleva a cabo en el país. La galería de Carlos Alberto González presenta espontáneas pinturas de Carlos Salas que ponen de relieve una consideración renovada de las posibilidades de este medio. Presenta, así mismo, una irónica instalación museográfica de Nadín Ospina con las figuras de Disney en técnicas precolombinas, la cual plantea una problemática de identidad al tiempo que cuestiona valores tenidos por definitorios en el trabajo artístico, y complementa la participación con una serie de fotografías de Fernando Arias, quien recurre a su propio cuerpo para subrayar la vulnerabilidad del ser humano contemporáneo. La galería El Museo muestra pinturas de Vicky Newman, Catalina Mejía y Aurora Lario que establecen, cada cual a su manera, un interesante contrapunto entre abstracción y figuración o entre representación y reflexiones gestuales y cromáticas. Participa también con trabajos más conceptuales como el de Luis Fernando Peláez, cuyas tradicionales casas de madera patentizan, en esta ocasión, la vulnerabilidad de su significado; con una serie de fotografías de Jaime Avila, en las que jóvenes 'radioactivos', vinculados con la cultura del rap, reflejan en sus vestimentas y actitudes su rechazo a un futuro anodino y estereotipado, y con varios ensamblajes de Bernardo Salcedo, un artista reconocido por su irreverencia, en los cuales vuelve a hacer manifiesta su visión para mezclar objetos aparentemente desconectados en afirmaciones ingeniosas y poéticas. Aunque Colombia tiene muchas obras para mostrar en estos momentos en que, gracias a la inevitable globalización puede hacer una fuerte presencia más allá de sus fronteras, la participación de las galerías colombianas en la Fiac _acompañada seguramente por obras de Botero, Ana Mercedes Hoyos, Juan Cárdenas y Ana Patricia Palacios, quienes cuentan con galerías en el exterior_ constituye un resumen elocuente de la actividad plástica nacional. n El renacer de la cerámica juzgar por las frecuentes exposiciones de cerámica que se han llevado a cabo recientemente y por la continua participación de escultores e instaladores con piezas de cerámica en diversas muestras colectivas, esta técnica _de espléndida prehistoria aunque un tanto olvidada ante la versatilidad del plástico y otros materiales derivados de la tecnología_ ha vuelto a gozar del favoritismo de los artistas y a suministrarles argumentos acordes con el ánimo creativo de esta época de cambio de valores y expectativas. En la Galería Diners, al tiempo con las pinturas de Luis Luna _poética visión del mundo a través de signos, evocaciones e intensidad cromática_ y con los ensamblajes pictóricos de Mauricio Gómez _cuyo transparente expresionismo ha constituido una grata sorpresa_ se presentan dos exposiciones de cerámica que permiten columbrar la variedad de consideraciones que suscitan la greda, los esmaltes y las altas temperaturas cuando se manejan con destreza y ambición creativa. Aunque las dos expositoras aluden a la feminidad sus contenidos no podrían ser más diferentes: Carolina Encinales produce recipientes de borde irregular y figuras de mujeres en cuya ejecución involucra la técnica oriental del rakú para lograr negros profundos e incrementar la sensación de fragilidad que les es inherente. Y Dalita Navarro realiza manzanas color piel, con rasgos antropomorfos, que unas veces se abren para mostrar sensualidad y otras adoptan sinuosidades que indican una consideración entre epicúrea y soñadora del arte y de la vida. Su obra conduce a reflexiones acerca del paraíso, el pecado y los deleites de la seducción.