Título original: Deux jours à tuer. Año de estreno: 2008. Director: Jean Becker. Actores: Albert Dupontel, Marie-Josée Croze, Pierre Vaneck, Alessandra Martines, Cristiana Réali, Mathias Mlekuz, Claire Nebout, François Marthouret, Anne Loiret, José Paul. Es un incómodo drama en dos actos. La primera parte, que parece una pesadilla, termina cuando Antoine, el protagonista, un desagradable publicista parisiense que ha tomado la decisión de romper con su vida, pronuncia la frase que le da el título al largometraje: “deja de quererme”, le pide a su esposa, a la paciente Cécile, porque no quiere explicarle una vez más por qué quiere destruir así, de golpe, lo que han construido los dos durante tantos años. La segunda parte, que parece un elogio a las pequeñas alegrías de cada día, comienza cuando Antoine, cargado de un rencor que sólo entenderemos al final, emprende un viaje enloquecido bajo los versos de la conocida balada J’ai oublié de vivre: “me olvidé de vivir”. Al final de Dejen de quererme queda un extraño sabor en la boca. Por el comportamiento de su héroe, claro, que toma una de esas decisiones controversiales que llevan al público a preguntarse “¿yo qué habría hecho en su lugar?”, pero, sobre todo, por las pocas oportunidades que les da a los personajes secundarios para redimirse, por las pocas escenas esperanzadoras que les concede a los espectadores. Lo más importante de Dejen de quererme, la culpa, el desconcierto, el rencor, la ira y el dolor que sienten quienes rodean a Antoine, sucede fuera de cámaras. Está en manos del público, que se ha sentido agobiado durante el primer acto, y que se ha dejado conmover durante el segundo, poner las cosas en orden, atar todos los cabos, imaginarse las secuencias finales. Lo que significa: Dejen de quererme es, en realidad, un incómodo drama en tres actos: lo que pasa es que la tercera parte, que ocurre desde que caen los créditos, está completamente en manos de los espectadores. Dejen de quererme es la nueva película del veterano cineasta francés Jean Becker. Se trata, mejor dicho, de una obra bien interpretada, bien escrita, bien filmada en la que el personaje principal cae en los mismos interrogantes en los que caen los protagonistas de Verano asesino (1983), La fortuna de vivir (1997) o Conversaciones con mi jardinero (2007): “¿para qué acumular riquezas materiales si un día todos vamos a morir?”, “¿para qué pensar mucho más allá de un presente que es todo lo que tenemos?”, “¿para qué perseguir un éxito que les tiene sin cuidado a los árboles, a los ríos, a los montes?”: esos interrogantes eternos. Lo novedoso es, esta vez, que nadie tiene las respuestas, que cada quién, en la oscuridad del teatro, puede responderlas como quiera. No hay por ahí, esta vez, ningún buen salvaje que se encoja de hombros mientras lanza sentencias sabias. Ni yuppies hastiados que se encuentren a punto de entender la verdadera esencia del paso por el mundo. Becker, de 76 años, reconoce que nadie sabe nada, que cada quién reacciona como puede, que cuesta mucho ponerse en los zapatos del otro: es, en verdad, una sorpresa.