Semana Santa - La Pandemia y la fe

Buga, el 20 de julio, Monserrate, Pamplona, Popayán: así se vive la fe de los colombianos en Semana Santa

El año pasado, la Semana Santa fue a puerta cerrada y ahora, Colombia por primera vez desarrollará esta celebración religiosa en medio de las restricciones por el coronavirus. SEMANA visitó algunas de las iglesias más emblemáticas de los colombianos. Así han vivido la crisis, la desesperanza, la espera de lo imposible y el renacer de una nueva era.

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Fotografía por Semana Santa - La Pandemia y la fe

Especiales Semana
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Un minuto sagrado

El Milagroso de Buga

Pararse un minuto frente al Milagroso de Buga es un privilegio que solo tienen unos pocos. Sesenta segundos es una eternidad para cualquier visitante, que solo puede disfrutar escasas milésimas de la santa imagen detenida sobre un atril de vidrio, impávida, como si escuchara y entendiera.

La romería de fieles llegan hasta la imagen con especial fervor a llevar ofrendas, objetos y sus deseos más preciados. La pandemia ha cambiado esa peregrinación. La Semana Santa pasada fue inimaginada: una Basílica vacía y millones de personas conectadas en redes sociales. El público disminuyó a cero, pero la fe aumentó a un nivel del que siente la tragedia sobre sus hombros. “Ahora la gente viene a pedirle al Milagroso que los anime, fortalezca e ilumine en esta nueva vida que se viene a raíz de la pandemia”, reflexiona el padre Ramiro Bustamante, rector de la basílica. La Iglesia tendrá en Semana Santa solo el 30 por ciento de su aforo.

Aun en medio de la pandemia, son miles los que llegan a ver al Milagroso. La imagen mide un poco más de tres metros y revela a un Cristo negro, golpeado y humillado en la cruz, dicen que una mujer indígena lo encontró hace más de 500 años en un río de Buga mientras lavaba la ropa de sus amos. El Milagroso, entonces, cabía en la palma de una mano, luego creció ante los ojos incrédulos de un mundo especialmente cruel. Hace 114 años es el emblema religioso de la Basílica de Buga.

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Las imágenes que nadie cargará

Pamplona

A pesar de la nostalgia por no ver las calles atiborradas de visitantes es grande, en Pamplona, Norte de Santander, no han dejado que la Semana Santa pierda la esencia. La Hermandad de Jesús Nazareno, quienes cargan las figuras representativas que evocan el Triduo Pascual, son los que más han manifestado “una tristeza muy grande, como una agonía”, dice Serafín Maldonado Vera, presidente de la hermandad. Este año la tradicional procesión no se podrá hacer igual.

Ellos también se unieron a la virtualidad, pero su esencia estaba en llevar las figuras por las calles de la Ciudad Mitrada. Así lo destaca el padre Juan Carlos Rodríguez Rozo, párroco del Santuario del Señor del Humilladero. Uno de los templos para representativos en la celebración y, más, en los domingos de Cuaresma, cuando se hacen procesiones con el Cristo del Humilladero visitando los principales templos de la ciudad para cumplir con el voto del cabildo local, una promesa de más de 220 años promulgado en proteger a la ciudad de cualquier desgracia.

La Semana Santa pamplonesa es Patrimonio Inmaterial de la Nación. Son 460 años recordando esta importante conmemoración católica. De los 11.500 visitantes que suele tener, este año esperan 3.500. Sin procesiones, se vivirán las celebraciones en uno de los lugares más fervorosos del país.

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El fervor por volver a ver al Divino Niño

20 de julio, Bogotá

“Después de un prolongado tiempo de silencio y de puertas cerradas, gracias a Dios pudimos abrir la plazoleta y el templo”, cuenta el padre Edgar Palacios, director de la obra salesiana del niño Jesús, y quien dirige este santuario. El padre Palacios asumió esa misión, apenas comenzó la pandemia. “Siente uno soledad y tristeza. Ver esto cerrado producía cierta grima”, agrega.

Por cuenta del cierre, la emblemática parroquia se lanzó a las transmisiones virtuales. Ahora que la apertura se ha dado con medidas, el regreso de los fieles ha sido conmovedor. Las filas se hacen en orden y se cumplen los protocolos. Y todos los servicios, incluidas las confesiones, están organizados. “Volver a celebrar la eucaristía con público fue motivo de mucha alegría, de emoción”, cuenta el padre.

Las misas se celebrarán al aire libre en la enorme plazoleta del 20 de julio para garantizar la seguridad de los fieles frente a la pandemia. Son miles los que llegan llenos de devoción. Doña Eloisa Moriano, una tumaqueña de 80 años, cuenta que fue tanta la alegría de volver que aveces se escucha varias misas seguidas. “Tres meses me enfermé: ya no podía bajar las escaleras. Me sentía mal, triste, desamparada, de todo. Desde que me enteré que iban a abrir la iglesia sentí alegría de volver aquí, donde Papá Dios, a rezarle y pedirle por todo”.

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Sin procesión

Popayán

Los payaneses creen que la Semana Santa de 2020 ha sido la más triste desde la de 1983, cuando, un jueves santo, un terremoto destruyó parte de la llamada Ciudad Blanca y dejó un saldo de más de 260 muertos. Pero recalcan que en esa época la tragedia los cogió de sorpresa, a diferencia de lo sucedido un año atrás, cuando, días antes, les tocó suspender todas las actividades. Muchos no entendieron por qué tocaba hacerlo, por qué tocaba darle la espalda a una centenaria tradición que desde 2009 está inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco por su belleza y tradición.

La suspensión de Semana Santa significó un duro golpe para los payaneses en todos los sentidos, en el religioso, en el social y en el económico. Como cuentan sus habitantes, el comercio y la temporada turística se fue al traste por la falta de visitantes, pero recalcan algo más importante: “Nuestra Semana Santa es recordada por sus vistosas procesiones, pero la cuarentena también afectó nuestra vida familiar y privada porque, además de las conmemoraciones públicas, nosotros los de Popayán nos reunimos en las casas a celebrar de manera privada la pasión de Cristo y el año pasado no lo pudimos hacer”, dice uno de ellos.

En este momento entre los payaneses hay una sensación agridulce. Saben que no van a estar enclaustrados en una semana tan importante para ellos, pero aceptan con resignación que las conmemoraciones públicas van a restringirse por seguridad. Según las autoridades las 6 procesiones no se llevarán a cabo y las tradicionales actividades de El Pregón o la Misa del Carguero en la Catedral de Popayán se harán con aforo limitado y protocolos de bioseguridad.

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Monserrate sigue cerrado

Bogotá

“No va a ser el fin del mundo. Todo viene y todo se va, pero Dios permanece”, así describe el padre Jesús Pinzón, rector del Santuario de Monserrate, la pasión que ha vivido la humanidad desde hace un año. Tras soportar grandes dificultades y la pérdida de seres queridos, los colombianos creyentes se aferraron aún más a su creador y peregrinan hacia lo alto de la montaña con el mismo fervor de siempre, por encima del miedo que puede generar el coronavirus.

Al igual que en otros tiempos, los fieles emprenden una ardua caminata, unos descalzos y otros de rodillas, para visitar al Cristo Caído y agradecerle un milagro o pedirle uno. Ahora, unos suben el cerro para adorar la sagrada imagen que los salvó de la muerte, del virus asesino que ha deambulado por el mundo desde hace más de un año.

Los feligreses que visitan la imagen tallada en madera, plomo y plata por el escultor colombiano Pedro de Lugo Albarracín, en el siglo XVII, tienen un triste recuerdo de la Semana Santa del año pasado. Nadie pudo subir al cerro. También el padre Pinzón recuerda ese aciago momento que se extendió durante seis meses: “fue impactante, ver todo solo y en una Semana Santa, dónde estábamos acostumbrados a recibir a miles de creyentes en el lugar”.

Esa cuarentena afectó a cientos de familias viven de las miles de personas que visitan el cerro y que esperan que lo vivido en 2020 no se repita. Desafortunadamente, este deseo no se cumplirá porque la Alcaldía ordenó el cierre del camino desde el 28 de marzo hasta el 5 de abril de este año.

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Los milagros de Santa Marta

Bogotá

Son las 3:45 de la tarde y un inclemente aguacero cae sobre la Iglesia de Santa Marta y sus alrededores, pero eso no le importa a cerca de 50 fieles que, con sombrillas o cubiertos de chompas, hacen fila alrededor del templo. Las rejas están cerradas y al fondo se ve a monseñor Rafael Cotrino dando misa a menos 100 personas. Es el quinto día de la novena a Santa Marta.

Con o sin lluvia, en la madrugada, al medio día, en la tarde o en la noche, esa escena se repite antes todos los martes entre 5:45 a.m. y 7:00 p.m., desde septiembre de 2020, cuando se permitió abrir los cultos religiosos. “La fe sigue intacta, es más, creo que la pandemia ha acercado más las personas a Dios, pero las condiciones que celebramos nuestras misas han cambiado”, dice monseñor.

Precisamente es el cambio lo que ahora rige el culto a Santa Marta. Y aunque la fe en la patrona de las causas imposibles sobrevivió a la pandemia, su culto no es el mismo de hace un año. Las romerías de personas, los trancones de los alrededores y la multitud de vendedores informales son cuestiones del pasado, todos tiene fe que ella haga el milagro y que con en el menor tiempo este importante santuario de Bogotá vuelva a recobrar el esplendor de antes.

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