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| 6/3/1996 12:00:00 AM

SAMPER SE ATRINCHERA

CONTRARIO A LO QUE PIENSAN MUCHOS, EL PRESIDENTE TODAVIA NO ESTA ESCRIBIENDO SU DISCURSO DE DESPEDIDA.

SAMPER SE ATRINCHERA SAMPER SE ATRINCHERA
La carátula de 'Cambio16' la semana pasada tenía como título "Así será el gobierno de De la Calle". El periodista Juan Lozano, en su columna del lunes, le aconsejó al Presidente de la República radicarse en Zaire después de su retiro. Para Fernando Botero, por su parte, Costa Rica sería un lugar más apropiado que Zaire para ese exilio.Por cuenta de comentarios como estos muchos colombianos están convencidos de que se acerca el fin del gobierno de Ernesto Samper. La sensación es que tan pronto como la Cámara de Representantes exonere al Presidente, será tan evidente que la situación es inmanejable, que Samper decidirá retirarse.Este escenario tranquiliza a la clase dirigente colombiana que por fin empieza a ver una luz al final del túnel. Sin embargo hay un miembro de esa misma clase dirigente que no está completamente convencido de la bondad de la fórmula: Ernesto Samper Pizano. Por eso todos los que piensan prender la televisión la noche de la absolución para escuchar el discurso heroico en el cual el Presidente anuncie que, aclarada su situación penal ha tomado la decisión de anteponer los intereses del país a sus intereses personales, se pueden quedar con los crespos hechos.Los verdaderos samperólogos están llegando a la conclusión de que el Presidente asocia más absolución con permanencia que absolución con retiro. Para los antisamperistas, encabezados por Fernando Botero, esto significa _como el ex ministro lo dijo en su escrito Desde mi celda del martes pasado_ que el elefante va a terminar convertido en conejo.La realidad es que hoy en día en Colombia la situación política está totalmente bloqueada. En este episodio hay tres protagonistas claves: el Presidente de la República, el vicepresidente Humberto de la Calle y la clase dirigente, y cada uno de ellos ha asumido posiciones que resultan incompatibles por lo menos con uno de los otros dos. El Presidente no ha considerado seriamente su renuncia, a menos que lo derroten en una consulta popular. En favor de no retirarse argumenta que su salida no resolvería la crisis e incluso la agravaría. Esto sin mencionar que, en privado, Samper asegura que es inaceptable que su reemplazo sea Humberto de la Calle. Por su parte el Vicepresidente ha tomado la decisión irreversible de que no va a renunciar por motivo alguno. En la carta que envió a los tres directores del Partido Liberal que lo visitaron hace dos semanas en Madrid, De la Calle les dijo que la crisis debía ser superada por "procedimientos sencillos que no impliquen dilaciones" y agregó que la Constitución establece claramente "los mecanismos de sucesión", lo que en plata blanca quiere decir que ni le camina a la consulta ni piensa dejar la vicepresidencia. Y en lo que se refiere a la clase dirigente, tácitamente ya llegó al consenso de que no está dispuesta a jalarle a una consulta popular y que sería altamente inconveniente cambiar al vicepresidente constitucional por una alternativa elegida por el Congreso. Es así como en la cumbre del lunes en la noche en la Casa de Nariño los dirigentes gremiales que visitaron a Samper, en un hecho sin precedentes le pidieron formalmente su renuncia, le hicieron ver que si era cierto que él quería buscar una solución de consenso la consulta no era el medio más idóneo, pues como le dijo uno de ellos,"ahondar la división con una votación es todo lo contrario de construir un consenso".RadicalizadosLas tres posiciones tienen argumentos válidos. Samper considera que un mandatario exonerado por el Congreso _que es su investigador natural, el que decide si envía el caso a la Corte para que lo juzgue_ y con un respaldo de la mitad del país, no tiene porqué renunciar a su cargo por cuenta de una coalición de enemigos políticos que no representan a las mayorías. Conceptualmente el argumento es válido. Sin embargo no tiene en cuenta que si bien las encuestas miden el número de opositores no miden la intensidad de la oposición. Lo normal en cualquier país es que la mitad de la población esté en favor del gobierno y la otra mitad esté en contra. Esto no tiene nada que ver con lo que está sucediendo en Colombia. Aquí, según la encuesta de Napoleón Franco divulgada por RCN la semana pasada, el 51 por ciento de los colombianos quiere que el Presidente se quede, mientras el 49 por ciento quiere que renuncie. El tener medio país exigiendo que un presidente se vaya es una situación sin antecedentes en Colombia. Sobre todo si se tiene en cuenta que hace apenas dos meses sólo el 35 por ciento de los encuestados se inclinaba por la renuncia del jefe del Estado, lo que indica que esta tendencia viene en ascenso (ver cuadro). Los gobiernos por lo general son impopulares, incluso más impopulares que el de Samper, pero esto nunca se había traducido en un sentimiento tan colectivo de que el gobierno tiene que caerse. La única excepción fue la administración del general Gustavo Rojas Pinilla, que no tenía ni legitimidad ni período fijo. Es por esto que afirmar que la situación es manejable porque la mitad del país quiere que el Presidente se quede es un sofisma.También es necesario tener en cuenta que si bien la opinión pública está dividida en dos incluidas las organizaciones sindicales, tal y como quedó demostrado el primero de mayo, no sucede lo mismo con la clase dirigente. Esta, casi en su totalidad, se ubica en una sola orilla: la de los que exigen la renuncia. Y si bien es posible gobernar con la mitad de la opinión pública en contra, es prácticamente imposible hacerlo contra toda la clase dirigente. Aunque esta situación aún no ha terminado de cristalizar, muchos observadores creen que se va a convertir en realidad en el momento en que Samper sea exonerado por la Cámara de Representantes. Carece de toda lógica asociar un fallo absolutorio con una exigencia de renuncia. Pero a ese punto está llegando la clase dirigente colombiana.En cuanto a la posición del Vicepresidente, ésta es muy clara. La sucesión presidencial no depende de amistad personal ni de caprichos individuales. Es un asunto definido por la Constitución y no por el Presidente de turno. Si Ernesto Samper lo consideraba el mejor cuando lo escogió como su Vicepresidente para conseguir votos contra Andrés Pastrana, no puede ser que ahora le parezca el peor para asumir las responsabilidades de ese cargo. El Presidente ha intentado por distintos métodos que De la Calle renuncie a la vicepresidencia. Su propio hermano, Juan Francisco Samper Pizano, le planteó personalmente el asunto a De la Calle a finales del año pasado. En su visita a Madrid la Dirección Liberal Nacional, presidida por Emilio Lébolo, tanteó al Vicepresidente sobre la posibilidad de que, si renunciaba, Samper llegara a nombrarlo ministro de Gobierno o canciller de un gabinete de unidad liberal. Estas sugerencias han sido descartadas de plano por De la Calle, quien después de sentirse frustrado como vicepresidente sin funciones en Bogotá se siente mejor en su actual posición de reserva nacional en el extranjero.La clase dirigente colombiana ha tenido una evolución durante todo este proceso. Si bien en un comienzo estaba abierta a oír distintas fórmulas como la renuncia del vicepresidente, las elecciones adelantadas o la consulta popular, con el transcurso del tiempo se ha radicalizado. Hoy ninguna persona de peso en la clase empresarial considera conveniente que se utilicen mecanismos de excepción para decidir la suerte de Ernesto Samper. La idea de la consulta popular es discutible en el mundo de la clase política pero no en el mundo de Hernán Echavarría, Sabas Pretelt, Augusto López y Hernando Santos, donde simple y llanamente está descartada. En esos círculos existe la convicción de que la crisis se agravaría si la Constitución se vuelve negociable. Podrían surgir precedentes nefastos hacia el futuro como, por ejemplo, el de que cada vez que un presidente se sienta cuestionado se lance a hacer una consulta popular para refrendarse, con la tentación siempre presente de utilizar el inmenso poder de una administración para inclinar la votación en su favor. Igualmente, el de que cada vez que el vicepresidente caiga en desgracia con el Presidente, éste pueda cambiarlo a su antojo o anticipar las elecciones para evitar que lo suceda. Colombia es un país propenso al caos donde la única institución tradicionalmente respetada ha sido la Presidencia. Aun los que creen que es un imperativo moral que el gobierno se caiga consideran importante no debilitar la institución presidencial hacia el futuro como consecuencia de esta caída. Por todo esto, ni los grupos, ni los gremios, ni los medios le jalan al puñado de fórmulas para salir de la crisis que Samper ha tratado de poner sobre el tapete. Prueba de la radicalización de algunos sectores de la clase dirigente fue el retiro, en medio de silbidos y gritos de "renuncie", de entre 50 y 100 delegados que asistían a la Convención Bancaria el viernes en Cartagena, cuando el Presidente se hizo presente en el Centro de Convenciones para clausurar el evento.Por las buenasEstas tres posiciones radicales han llevado a extremos inesperados. Ernesto Samper prefiere quedarse en el Palacio Presidencial atrincherado, como lo hiciera Salvador Allende en Chile en 1973, antes que darle el gusto a sus enemigos de renunciar después de que lo absuelvan y entregarle el gobierno en bandeja de plata a los 'conspiradores'. En su última columna Desde mi celda, Fernando Botero evoca una conversación que tuvo con Samper, en la que él le dijo: "Lo único que no aceptaría jamás es renunciar para que me suceda De la Calle. Sería darle el triunfo a Gaviria, Pastrana, los americanos y a todos mis enemigos".Para dejar claro su mensaje el Presidente de la República les notificó a los televidentes la semana pasada que estaba dispuesto a acudir a la lucha de clases antes que salir a sombrerazos. En un discurso de tono desafiante y populista, Samper utilizó frases como "el Salto Social no es mío, es de todos ustedes y son ustedes quienes tienen que defenderlo". En otras palabras, Ernesto Samper Pizano pasó a la trinchera. "El aquí estoy y aquí me quedo" revivió al final de la semana pasada. Con su simpatía y sus artimañas el Presidente neutralizó a las distintas delegaciones que intentaron hacerle ver la luz. Todos sus interlocutores llegaron a la conclusión de que Ernesto Samper no está escribiendo su discurso de renuncia para el mes de mayo. Su posición no es realista. Refleja un exceso de seguridad en sí mismo ante una situación sin salida. Pero tampoco es realista la posición de quienes creen que porque Samper está contra las cuerdas lo pueden noquear. Todos los intentos de acorralarlo han resultado contraproducentes y por eso quizá fue mejor que la dirigencia gremial que le pidió la renuncia el lunes pasado dejara abiertas las puertas para seguir conversando con él.Lo grave de la situación es que cada una de las tres partes involucradas en este drama tienen bastante razón, pero dos de ellas esperan que el único que ceda sea Samper y que, como consecuencia de su absolución en la Cámara, presente su renuncia. Esto puede ser deseable, puede incluso que sea la única solución para empezar a salir de la crisis, pero lo que es seguro es que no se va a conseguir como exigencia unilateral a un hombre orgulloso que además cuenta con el poder de la Presidencia. Como dijo en Cartagena el jueves el saliente ministro de Hacienda Guillermo Perry, "esto tiene que ser por las buenas".

EDICIÓN 1879

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