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| 10/24/1983 12:00:00 AM

EL ULTIMO SUSPIRO

Entre boas de plumas y lentejuelas, Sara Montiel intenta mantener vivo un género muerto: el cuplé

EL ULTIMO SUSPIRO, Sección Vida Moderna, edición 73, Oct 24 1983 EL ULTIMO SUSPIRO
María Antonia Abad, es aún una mujer guapa aunque rebase, generosamente, la temida frontera de los 50 años. El nombre artístico de María Antonia Abad, un poco por nostalgia, un poco por curiosidad, aún llena teatros en muchas partes. María Antonia Abad, fue--cada vez lo es menos--un mito de carne y hueso, fue el pudibundo símbolo sexy de la España franquista de los años 50.
Aquellos que hoy tenemos más de 35 abriles, alguna vez hicimos cola para ver las películas de María Antonia y cuando ella entornaba sensualmente los párpados, hacía boca de jarro, levantaba la ceja derecha, afilaba los cachetes y con aire de quien no ha roto un plato decía "Fumar es un placer, genial, sensual... " a más de uno se le ponía la piel de gallina y con razón, porque María Antonia ha sido, con toda seguridad, el mayor éxito del mercado cinematográfico español del siglo XX y un pingue negocio de exportación hacia la América hispana.
Claro, María Antonia Abad, a quien se la conoce mejor con el nombre artístico de Sara Montiel, era hace 25 años una de esas famosas fórmulas mágicas del show business que le dio la vuelta al mundo en películas como "El último cuplé", "La violetera", "Carmen la de Ronda", "Pecado de amor", "La reina del chantecler" y otras muchas cuyos temas, siempre parecidos, combinaban con habilidad unos elementos lacrimógenos y comerciales: una hermosa mujer, una historia almibarada, plumas de avestruz, un galán ojiazul, lentejuelas a porfía y viejas canciones que habían probado su popularidad 50 años antes y que garantizaban, por lo menos, la fidelidad de los nostálgicos.
Tal vez lo más valioso de este cine elemental que bien pudiera calificarse de "kish", fue el rescate del cuplé, un género musical típico de la Bella Epoca, cuya picardía había hecho torcer socarronamente los bigotes ochocentistas de nuestros abuelos y dibujar un gesto de desagrado en la impenetrable faz de las damas centenaristas.
El cuplé nació en los últimos años del siglo XIX, cuando ;a robustez femenina estaba de moda y para los atildados caballeros de sombrero de copa y de levita, la visión efímera de una pantorrilla sonrosada, de un escote atrevido o un mohín de coquetería, justificaba la aparición escénica de señoras "no siempre jóvenes, no siempre bellas y no siempre artistas", como afirma el cronista español Augusto Martínez Olmedilla. Sin embargo, el género también tiene una justificación histórica y aún política, ya que su aparición como parte importantísima del género ínfimo o variété ocurrió en una España con ganas de divertirse tras los descalabros militares de Cuba y Las Filipinas. Pero el cuplé, heredero de la tonadilla tiene un evidente origen francés, a pesar de que las más rutilantes cupletistas de principios de siglo fueron artistas españolas que, como Fornarina, Petra Camara, Chellito, La Nena y posteriormente Raquel Meller, brillaron en los castizos escenarios del Madrid monárquico y en no pocas ciudades europeas, con canciones como El Relicario, Valencia o La violetera, que llegaron a tener fama universah Pero el cuplé no fue patrimonio únicamente de las capitales europeas; en Bogotá y en otras ciudades de América, con frecuencia se presentaban cupletistas famosas que, como Mariette Fuller, de nacionalidad francesa, Paquita Escribano o Mary Ferny, enloquecían a los espectadores de entonces.
Era aquella época galante, lujosa, con matices de mal gusto y con la constante paradoja del refinamiento, en la cual no paraba de girar la ruleta de Montecarlo arruinando a los poderosos, o los maharajás se casaban con bellas bailarinas o el novelesco episodio del espionaje de Mata Hari ocupaba las primeras páginas de los periódicos, los auditorios vibraban con el humorístico doble sentido de ciertos cuplés con el desgarrador contenido dramático de otros o, tal vez, con el casticismo hispánico de algunas letras.
Con el correr de los años el cuplé fue languideciendo,las cupletistas envejeciendo y los públicos cambiando. Las últimas presentaciones, ya avanzados los años 40, de Raquel Meller fueron nostálgicas remembranzas de un género démodé que lentamente se extinguía; pero hacia 1957, una película "El último cuplé" y un nombre, Sarita Montiel, volvieron a poner de moda el cuplé y a ponerlo de moda en todo el mundo de habla hispana, con una fuerza tal que, inclusive, la revista Life en español le dedicó a la estrella española su portada en tres ocasiones distintas.
Sara Montiel acaba de actuar en Bogotá y en estos días realiza una gira por varias ciudades del país, pero de aquella "Saritíssima" de los años 50 y 60, que resultó ser el gran producto de exportación de la otra España, no queda sino un espectáculo que ni siquiera respeta la música canturreable del cuplé y que más bien la homogeniza a través de la batería, de las guitarras eléctricas y del saxofón, en un intento fallido de supervivencia que, como ocurrió en las últimas presentaciones de Raquel Meller, deja un sabor amargo de nostalgia y en el fondo una profunda, una infinita sensación de ternura con una de las últimas representantes del "star sistem" que, entre boas de plumas y lentejuelas deslumbrantes, pretende mantener vivo un género que ya desapareció y ¡tal vez para siempre! . -

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