A lo largo de su carrera musical, David Sánchez ha estado asociado a músicos de la talla de Pat Metheny, Roy Haynes, Dizzy Gillespie, Elvin Jones y Eddie Palmieri. Pero su música es mucho más que una extensión de la sólida tradición de jazz americano en la que ha contribuido activamente. Con más de treinta años de trayectoria, su música navega en un universo propio donde los ritmos Caribe, el jazz de Nueva York y los sonidos del África son los protagonistas. En su natal Puerto Rico, como es natural, la música de “raíz” y los ritmos afrocaribeños estuvieron a su alrededor desde una edad muy temprana. Su hermano fue parte del conjunto de Rafael Cepeda, “El patriarca de la Bomba”, uno de los exponentes más importantes de la música en Puerto Rico. La cercanía de estas influencias, marcadas por sonidos cubanos, boricuas y brasileños, lo llevó a interesarse por la percusión desde los 8 años. A pesar de sus intenciones de profundizar en la interpretación de la conga, la escuela en la que se enlistó tenía demasiados percusionistas y decidió tomar otro instrumento que le interesaba: el saxofón. Le puede interesar: Jazz, música para la paz Pero el descubrimiento del jazz llegó de parte de su hermana. Melómana, 12 años mayor que él, le mostró los horizontes de un género, que a principios de los ochenta no era tan ampliamente conocido en Puerto Rico. Nombres como la Ray Ellis Orchestra, Miles Davis y Billie Holiday empezaron a ser parte de su vocabulario y ampliaron las posibilidades de libertad musical que conocía hasta entonces. Cuando llegó a Nueva York, a finales de los años ochenta, la ciudad vivía una época de efervescencia jazzística. Sánchez tenía 19 años, su talento le había merecido una  beca en la Universidad de Rutgers, New Jersey. Empezó a darse a conocer e interesó a figuras como Eddie Palmieri, y Dizzy Gillespie, quien lo invitó a formar parte de su United Nation Orchestra. Con esta agrupación participó en el tour Live the Future y en la grabación de Live at Blue Note (uno de los escenarios más emblemáticos en la historia del jazz). En adelante, su carrera cruzó caminos con grandes nombres de la historia del jazz, entre los que destacan: Charlie Haden, Roy Haynes, Tom Harrell, Roy Hargrove y Pat Metheny. Sánchez describe este género como la “plataforma” sobre la cual construye y expande su creatividad. Y que, a pesar de que es el lugar donde se “unifica toda su música”, con la libertad que existe en el género, ha podido reciclar, deshacer, y reconstruir diferentes formas musicales de donde surgen nuevos horizontes para sus composiciones e interpretaciones. Le puede interesar: Emilio Sánchez y Juan Carlos Garay conversan sobre Herbie Hancock Del mismo modo que Nueva York es el espacio en el cual se sumerge en la tradición norteamericana del jazz, es necesario mirar a otro foco cultural para comprender su búsqueda de las raíces en la diáspora africana y el Caribe. La historia de Haití la convierte en ícono de la resistencia, no solo política sino también en cuanto a la preservación del acervo cultural. Para Sánchez, este país ha sido una fuente de inspiración en su exploración de las diferentes tradiciones musicales que comparten el origen afro. Esta mezcla ha cobrado vida desde los años noventa en variadas composiciones, nuevos experimentos y productos discográficos. En 1999, el álbum Obsesión, le mereció su primera nominación al Grammy en la categoría Jazz Latino y en los dos años siguientes, fue nominado de nuevo por Melaza (2000) y Travesía (2001), respectivamente. Pero fue en 2004, cuando se alzó con el premio a Mejor Álbum de Conjunto Amplio de Jazz por su trabajo Coral. Su más reciente álbum, Carib, es una apuesta ambiciosa para seguir fortaleciendo lo mejor del linaje africano en sus múltiples manifestaciones. En esta ocasión, desde su sólido entendimiento del jazz americano, Sánchez explora sonidos de origen africano como el Salongo, el Petwo, la Rara, y variaciones de la Bomba como Yuba, Sica y seis corrido. A su vez, son reconocibles las  influencias provenientes de la “raíz misma”, como él llama a los ecos de ritmos tradicionales del África occidental. En palabras de Sánchez, es un trabajo de “música panafricana contemporánea”. Pero Carib es tan solo el primer paso de un proyecto musical de largo aliento. A futuro, Sánchez seguirá explorando en una serie de proyectos discográficos que compongan una “cadena melódica” que entrelace todas aquellas manifestaciones musicales que la diáspora africana dejó regadas en América. La mesa que Sánchez compartió en el Hay Festival fue un espacio propicio para confirmar la fuerza viva que conservan esos diálogos entre herencias con un hilo común: Joselo Rangel, de Café Tacvba, ha experimentado con rock, sonidos electrónicos y la tradición popular e indígena mexicana; Totó la Momposina ha sido depositaria de una corriente musical del Magdalena que se ha renovado y hecho global, y David Sánchez ha indagado en las rutas musicales que vinculan a dos continentes para celebrar las diversas voces del linaje afro. Le puede interesar: Thelonious Monk: el monje del jazz