¿Qué hace que una mujer sea buena madre? Se pregunta la protagonista directora de la película colombiana Amazona, que esta semana se presenta en cines. Clare Weiskpof, con su panza de seis meses de embarazo busca la respuesta selva adentro, donde vive su madre Val, que cuando tenía 11 años los dejó a ella y a su hermano en Bogotá, viviendo con el papá, y nunca volvió. Ahora que ella pasa los 30 y está a punto de ser mamá, realiza junto a Nicolás Van Hemelryck este documental que muestra un diálogo madre–hija transparente, sin increpaciones ni juicios, con profundo respeto y con mucho amor.
En Amazona, una hija hace una pregunta valiente y la madre le da una respuesta transgresora. ¿Por qué te fuiste? Porque era mi vida. De eso trata la película, de una maternidad que contraría lo que parece incontrovertible.
Vivimos en una sociedad que sobrevalora el sacrificio, tal vez porque hace parte de su mito fundacional. En el origen de nuestras creencias, un hombre se entregó y murió en una cruz para que se redimieran todos los pecados de toda la población humana por los siglos de los siglos. Frente a tamaño sacrificio, cualquier cosa que haga una mamá por sus hijos siempre será poca cosa; las madres parirán con dolor, y entregarán su vida por la de otros, porque así les ha sido encomendado por la Iglesia y por la sociedad y es un tabú –prohibición fundada en prejuicios- hablar del albedrío de las madres. Como si no existiera.
Cuando la hija le pregunta sobre sus prioridades, Val responde con una verdad de a puño que rompe con lo que se espera de una mamá: “Lo más importante en la vida de uno, es la vida de uno”, le dice ella, que dejó a sus hijos pequeños para iniciar una búsqueda propia, internándose en lo más profundo de la selva. ¿Qué es, entonces, una buena o una mala mamá? ¿A cuál categoría pertenece Val?
No hay una única manera de ser mamá, hay tantas como personalidades de mujeres que nos enfrentamos a serlo. No existe la perfección en el ejercicio de la maternidad aunque muchas se pasen la vida buscándola, por mandato social o por necesidad vital. Sin intención de minimizar la fuerza de los hechos de Amazona, la pregunta sobre la maternidad recae sobre todos nosotros, a cada quien según su propia vida.
Por muy amorosa que sea o haya sido la mamá, por más capaz y valiente, sensata, racional o emotiva, todos los seres humanos sentiremos de ella siempre una queja, un vacío, un abandono. La mamá trabajadora por ausente y la que no trabaja, por inútil; la que pregunta por metida y la que no, por desinteresada; la querendona por melosa y la que no, por fría y lejana; y así, por errática, por injusta, por incapaz, por egoísta, por cantaletuda, por castradora, por sumisa, por libertaria o por libertina. En el psicoanálisis, las regresiones o las constelaciones, en cualquier camino de exploración interior, la madre siempre será la primera bolsa de boxeo a la que es necesario darle duro para aprender a crecer, para responder a los porqués, para intentar entender nuestra naturaleza confusa, incoherente, contradictoria, compleja; cuando descubrimos que no somos perfectos le cargamos a la madre el origen de nuestra imperfección.
Es más o menos fácil culpar a la mamá de las carencias, incompetencias y vacíos. Con sacrificios o sin ellos, a las mamás siempre, siempre, nos va a faltar un centavo para el peso. Los cachorros mamíferos amamos con locura al ser que nos da la vida y nos cuida, y de esa figura depende la supervivencia de la especie. Pero por una imposición cultural se ha definido que, cuando tiene hijos, la mujer deja de serlo para convertirse en madre y por tanto su vida queda absolutamente fundida a la de los hijos como misión, como labor y como único mandato.
Pero somos mamás porque somos personas, y no al contrario como todavía hay quienes pretenden que seamos, hijos incluidos. Además de mamás, las mujeres que lo somos también tenemos hormonas, neuronas, familias, amigos, entornos, trabajos, hobbies, gustos, deseos, necesidades, fantasías y sueños. Ese es el tabú que Val nos rompe en las narices cuando se niega a aceptar culpa alguna por haber hecho lo que hizo. “¿Aceptar qué? ¿Que mi vida fue mi vida? Mi vida fue mi vida y eso es lo único que tengo que aceptar.”
La película Amazona, que ya ganó el premio del público en el Festival de Cine de Cartagena de Indias, es al final una enorme lección sobre la maternidad y el amor que no se valida en el sacrificio, no se muere en las ausencias, ni se destruye en los reclamos.
@anaruizpe
