Por estos días el Museo del Banco de la República, en Bogotá, presenta una muestra sobre Memoria y conflicto en la que sobresale una obra de media art llamada El aplauso y firmada por el español Antoni Muntadas, que consiste en tres inmensas pantallas, una pegada a la otra, donde vemos, en las imágenes laterales, una secuencia continua de aplausos muy sonoros mientras por la del centro desfilan imágenes fijas de personajes conocidos y hechos de violencia. La obra habla de la banalización de la violencia desde las noticias y del papel manipulador de los medios de comunicación que, al poner sus reflectores insistente y subjetivamente sobre una cierta información, en lugar de criticarla la exalta, en ocasiones incluso ingenuamente. Una especie de “perversidad ingenua”, si cabe el oxímoron.La obra, que data de 1999, es terriblemente actual. De hecho, a pesar de que en la pantalla del centro no aparecen personajes de la política actual (los antilíderes que nos gobiernan), sus miradas siniestras no dejan de cruzar por la mente del observador. He aquí un ejemplo: durante su carrera a la Presidencia, Trump fue un bocado de cardenal para los medios. Idéntico a Pepe Cortisona, con todo y pelucón: “arribista, ambicioso, individualista y fanfarrón”. Causaba tanta hilaridad que The Huffintong Post decidió que las noticias de su campaña fueran publicadas en la sección Entretenimiento. Hoy esa caricatura es el cuco que nos aterra. ¿Hasta dónde los medios norteamericanos, por el afán de ganar audiencia, no tienen buena parte de culpa en el ascenso de este señor al celebrarle, al aplaudirle, cuanta barrabasada pronunciaba?Estupideces dice cualquier político, pero no cualquiera es un consentido de los medios como lo fue Trump cuando era candidato y como lo es, en este país, el exprocurador. Porque el caso colombiano no es diferente. Hay políticos que sólo aportan oscuridad a los que las noticias realzan y, cuando ya es muy tarde, no saben cómo sacarlos del camino.En ocasiones los columnistas también les damos esa misma importancia porque son el foco de la histeria nacional y “hay que hablar de ellos” o porque, también lo he oído, “eso es lo que quieren leer”. Aunque no sólo a los medios y a los que hacemos parte de ellos nos cabe culpa. La sociedad civil -“la gente de bien”-, cae en el mismo error. Queremos ver sólo las noticias que avalen nuestro criterio o que ensalcen a los “líderes” de nuestra preferencia. ¿Hasta dónde no somos todos más que idiotas útiles o herramientas del odio de esos mismos a los que tanto criticamos? ¿Hasta dónde no somos nosotros quienes los encumbramos para luego, cuando finalmente nos quitamos la venda, detestarnos por no querer creer en su momento la realidad que nos mostraban? No se trata de negarle a cada quien sus 15 minutos de oportunidad, sino más bien de no regalarle tiempo extra a quien de antemano sabemos que no aporta luces. Quizá si no hacemos eco a todas las estupideces que dice, suaz, desaparece. Como por ensalmo.PD. En USA la posverdad pasó de moda. Ahora es el tiempo de la disrupción: algo así como poner las cosas patas arribas. Nada nuevo para los colombianos: estamos acostumbrados a vivir en un país “patasarriba”.@sanchezbaute