No sé en qué van las evasivas del ministro de Defensa sobre los repetitivos asesinatos de líderes sociales, negándose a encontrar en ellos una sistematicidad que salta a la vista y empeñándose en que obedecen a vulgares “líos de faldas” y “disputas por linderos”. Pero su explicación me recuerda aquella de las “fuerzas oscuras” que daba el presidente Virgilio Barco a finales de los años ochenta, cuando delante de sus narices mataban como a conejos a los militantes y dirigentes políticos de la Unión Patriótica: unos 3.500.Puede leer: El retorno del sapoAquellas tales fuerzas oscuras se aclararon después. Eran los narcoparamilitares, cuyo nombre todavía muchos se niegan a reconocer: prefieren llamarlos “mal llamados paramilitares”, para no tener que reconocer que en muchos casos eran auxiliados en sus crímenes por los militares propiamente dichos. Y respaldados por civiles de variada condición –terratenientes, industriales palmeros, ganaderos, transportadores, comerciantes. Y, naturalmente, políticos. Curiosamente, de entre todos ellos son los políticos y los militares casi los únicos que han sido juzgados y condenados por esas complicidades. Para ser de inmediato sustituidos en sus poderes y fortunas locales por sus hijos, sus cónyuges y sus hermanos. Y sin que los narcoparamilitares con quienes colaboraban hayan desaparecido: siguen ahí, siguen matando, siguen narcotraficando. Y hoy se llaman “bacrim”, acrónimo de “bandas criminales”. Solo ha cambiado el nombre: ni siquiera ha cambiado el hipócrita recurso de cambiarles el nombre por uno que no quiere decir nada: las bacrim de hoy son los mismos paras de ayer, que son las mismas fuerzas oscuras de hace 30 años.De cuando en cuando algún caso particular de esta matanza llama por un par de días la atención de la prensa y hasta de las autoridades, como sucedió la semana pasada con el asesinato de Temístocles Machado, dirigente cívico de Buenaventura. Es verdad que las cifras de muertos dadas por las distintas fuentes no concuerdan. Pero la Fiscalía investiga 143 homicidios similares desde 2016, y no se han visto 143 entierros multitudinarios de los muertos. Y ya van, informa El Tiempo, 50 víctimas mortales entre los exguerrilleros del partido Farc. Para que empiecen a aclararse las cosas habrá que esperar otra vez 25 años.Puede leer: Concurso de trampososY es que la guerra no ha cesado, aunque el gobierno haya firmado un acuerdo de paz con las Farc. Porque no era una guerra entre dos fuerzas frontalmente enfrentadas, como en las clásicas guerras civiles (y por eso han podido asegurar los negacionistas que aquí no ha habido conflicto), sino una suma, un amontonamiento de varias guerras sociales y políticas, locales y regionales y también de alcance internacional, con la intervención de participantes extranjeros. Pues era una manifestación local de la Guerra Fría: y ahí entraban los intereses de las dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, más el ejemplo de la China y el de Vietnam y sobre todo el de Cuba, por muchos años dedicada a exportar su revolución. Y con ellos se mezclaban episodios de aprovisionamiento de armas por parte del Perú de Fujimori un tiempo, de la Venezuela de Chávez otro, de la Nicaragua sandinista otro más, de los Estados Unidos siempre. Eran, siguen siendo, varias guerras con muchos protagonistas: las distintas guerrillas, a veces aliadas y a veces enemigas mortales entre sí; con distintos objetivos e intereses; con actores diversos, políticos unos y simplemente delincuenciales otros, de los cuales solo algunos se han retirado y dejado las armas: las Farc ahora, y hace años el M-19, el EPL y el Quintín Lame, y algunos frentes, o más bien algunos cabecillas, de los paramilitares. Todos los demás elementos siguen en guerra. Y siguen en guerra fundamentalmente porque han encontrado en el camino una fuente de recursos financieros, y también de disputas territoriales, al parecer inagotable: el negocio de las drogas prohibidas.