De la guerra aprendí  a ser mucho más humano, a entender quiénes han sido los perdedores de nuestro país. Aprendí, lastimosamente por la violencia, a conocer la geografía colombiana y los nombres de muchos pueblos y a mucha gente bellísima. Eso lo tendríamos que desaprender porque este país merece ser caminando con tranquilidad, sin miedo a un secuestro o a una mina sino con el entendimiento de que vamos a encontrar personas maravillosas que muchas veces fueron humilladas y ofendidas. La guerra también nos enseñó la crueldad, el silencio y el olvido y a entender la maldad del corazón, no solamente de hombres armados sino de hombres de la política y hasta de las iglesias. Por eso yo creo que los periodistas, los defensores de derechos humanos, los  líderes que han trabajado en comunidades y que han caminado este país podemos decir: basta ya, este país merece otro futuro. Nuestros hijos e hijas deberían conocer otros territorios y a otras comunidades de un país pluriétnico y multicultural, pero desafortunadamente racista y clasista. Yo nunca he perdido la esperanza porque precisamente por eso mucha gente conoce hoy mi trabajo. Yo no solamente vi el dolor y el entierro de las víctimas en la iglesia de Bojayá sino que yo los vi reconstruir sus vidas y votar por el sí a un proceso de paz. En muchas otras regiones del oriente antioqueño, de los Montes de María, de La Guajira o el Putumayo la gente pudo haber huido, y haber llorado mucho y enterrado a sus víctimas, pero también volvieron a sembrar donde muchas veces recogieron sus muertos. A mí la gente de mi país, esos hombres y mujeres, esos niños y niñas que a pesar del dolor sonríen ante una cámara, son los que no me dejaron flaquear.  Por estas generaciones que están creciendo -y que yo los he visto a veces volverse hombres y mujeres, y sonreír y hacer poesía, música, danza en una iglesia como la de Bojayá cuatro meses después de la tragedia-.por ellos yo creo que valió la pena. Muchas veces, los periodistas lloramos en medio de estas situaciones tan difíciles que salimos a cubrir. Inclusive, a veces, yo todavía al recordar algunas de estas cosas me conmuevo. Y es que si uno  no tiene empatía con la gente de este país que fue tantas veces humillada sería cínico, y entonces cabría mencionar la frase de Kapuscinski de que el periodismo no es un oficio para cínicos. Yo diría que en general ninguna profesión lo es. Lea también: Jesús Abad Colorado inaugura ‘El testigo’, su exposición más ambiciosa “Oiga, qué tal si ustedes en lugar de sembrar discordia, de polarizar al país, se dedicaran a reconciliar a perdonar y a permitir que los que hicieron parte de la guerra hicieron parte de un proceso de país en el que todos podemos convivir”. Así les digo a la gente de las ciudades, especialmente a muchos líderes políticos que nos polarizan y siembran odios, que nos hacen perder la esperanza. Vivimos en un país que lo tiene todo: recursos naturales, culturas,  pero desafortunadamente yo creo que siempre hemos creído que el mal ha estado en el que se levanta en armas o en un grupo paramilitar, o de un grupo del Ejército que actuó mal contra la población. Y yo digo siempre que el problema de Colombia está en sus líderes políticos. Muchos de los políticos en lugar de honrar la política como el bienestar a la sociedad lo que han hecho es saquear al país. Los medios de comunicación en ese sentido nos han mostrado todas las facetas de la corrupción con los programas de alimentación escolar, con los programas de educación,. con cosas tan tristes como que en Córdoba y en muchas otras regiones han creado carteles de la hemofilia, del VIH, del síndrome de Down, el cartel del bastón. Eso no debería tener perdón. Claro que uno podría perdonar si contaran y dejaran de saquear el país, pero es ahí donde está el origen de la violencia porque cuando nuestra clase política se roba el propio presupuesto de la Nación y no actúa en pro del bienestar de una sociedad que lo necesita,  ahí es donde se debería sancionar y castigar más. Todas las fotos mías me dan tristeza pero también me han devuelto la confianza en la vida. De esas historias que están en el documental El testigo hay una que yo quiero  contar y es sobre un soldado del ejército que en septiembre de 1995 lo vi llorar en Apartadó porque las Farc le habían matado a una hermana de 13 años de edad que se llamaba Luz Estela y todo porque él estaba allí prestando el servicio militar obligatorio. Yo lo acompañé ese día hasta el sepelio de ella y al otro día lo busqué en el ejército y me dijeron que no existía, él se llamaba Miguel Arturo Valencia Cardona. Yo durante mucho tiempo quise buscarlo para el documental. Después de indagar mucho, un día recibí la llamada de una persona que me había dicho que en la Unidad de Víctimas, en Pereira, un día se había presentado un hombre diciendo ser desplazado de la región de Urabá porque en esa región le habían matado a su hija en septiembre de 1995 que se llamaba Luz Estela Valencia. Ese mismo hombre había contado que su hijo, con el que él había huido hasta la ciudad de Pereira, había sido asesinado en una finca de la vereda Esperanza Galicia, en el año 2000. Cuando a mí me llamaron a contarme eso yo me desbaraté y cada que recuerdo la historia de este hombre y así como la de muchas otras personas yo digo por qué en este país son los padres los que entierran a sus hijos y no los hijos a sus padres, como debería ser. Son nuestros jóvenes los que pierden la vida, pero las armas de metal sobreviven y duele, duele mucho, porque uno siempre quisiera apostarle a la vida. En contexto: “Es una enfermedad seguir insistiendo en el odio”: Jesus Abad Colorado  Pero, vaya paradoja, a veces he encontrado la esperanza. Tengo esta historia. En el año 2005 la Brigada 17 del Ejército colombiano y los paramilitares mataron a dos familias y yo fui el único periodista que entró a esas zonas y me tocó ver a la gente buscar sus muertos mutilados. Estaba el fundador de la Comunidad de Paz Luis Eduardo Guerra y su familia. Pero en otra vereda a media hora estaba la familia de Alfonso Bolívar Tuberquia, su esposa Sandra y sus dos niños, Natalia, de cinco años y Santiago  de 20 meses de edad. Resulta que en el sepelio solamente hice una foto de una niña que había enterrado una cruz en la tumba de Alfonso Bolívar. No hay más personas enterrando una cruz y era una niña que en ese momento tenía 13 años de edad. Yo no sabía cómo se llamaba siquiera. Yo estaba destrozado, tenía los pies vueltos nada de caminar, pero había acompañado a una comunidad que ha sido muy resistente y que rechaza todos los actores de la guerra. En el proceso de paz yo solamente fui a un lugar en la región de Tierralta Córdoba y después de 12 años me encuentro que  hay una jovencita que cargaba un recorte de prensa publicado en la revista Semana, con fotografías mías que contaban la historia de por qué los paramilitares habían matado a esos dos niños que eran hermanos de ella. Fui a verla. Esa niña está en el documental. Se llama Camila y entró a la guerrilla 20 meses después del asesinato de sus familiares. Ella ya tiene tenía una bebé que está empezando a dar sus primeros pasos. Hablar de ella es hablar de la esperanza que ella tiene de la reconciliación y sobre su capacidad de perdonar. Ella estaba convencida de que el proceso de paz era la mejor forma de reconciliarnos porque no quería seguir multiplicando la violencia desde una organización insurgente y pensaba sobre todo que ninguna familia colombiana viviera la historia que ella vivió cuando tenía 13 años de edad. Ella vive con su compañero y una bebé en un pedacito de tierra que no es de ella. Cuando yo la veo caminando en medio de la cacaotera con botas rosadas mientras le ayuda a su mamá y a su papá a recoger los granos las mazorcas de cacao en esas montañas de Urabá pienso que ojalá algún día cuando ustedes estén tomando un chocolate en sus mesas piensen que esto lo produjo un campesino de una región apartada de Colombia y que puede ser alguien que se reintegró de las armas. En la guerra colombiana fueron los campesinos los grandes perdedores. Pusieron los hijos de todos los ejércitos, legales e ilegales, pusieron sus vidas porque fueron los  más asesinados, pusieron sus tierras y huyeron desplazados a muchos barrios de las ciudades de Colombia. Sí Colombia es un país tan rico por qué a los campesinos los hemos tenido que humillar.  Yo siempre les he planteado, sobre todo, a los líderes políticos de este país que tienen que entender que Colombia se tiene que transformar y ellos tienen que actuar con honestidad. Pero a las personas más jóvenes de las distintas universidades cada vez que voy a compartir con ellos o hago una visita guiada en la exposición en el Claustro San Agustín de la Universidad Nacional les digo que tienen la responsabilidad de actuar con más ética, con más honestidad ya que muchos de los que dicen ser padres de la patria no lo hicieron. También les digo que ellos que hoy están viviendo en un país que es un poco mejor que el que nosotros vivimos  nos tienen que ayudar a sacarlo adelante sin odios y sin sed de venganza. Hay una fotografía que es el símbolo de la fuerza de la humanidad y de la resistencia. Fue  tomada en la población de Mampuján, en los Montes de María el 10 de marzo del año 2010. Ese día se reunía la población a conmemorar diez años de haber abandonado el pueblo tras una masacre de los paramilitares al mando  de Diego Vecino. A mí me invitó un amigo que se llama Gabriel. Yo fui y dialogué con las mujeres y cuando fuimos al pueblo hicimos un recorrido por las casas a las que les crecían árboles, la escuela estaba llena de maleza y todo era impresionante y triste. Pero de un momento a otro en una de las casas había un par de mujeres y una de ellas era Ana Felicia Velásquez que caminaba entre los cuartos de lo que era la mejor casa de Mampuján. Ella había sido empleada del servicio doméstico desde los 12 años en Cartagena y luego en Maracaibo Venezuela. Allí fue donde hizo su capital. En su vivienda se hospedaban los equipos médicos cuando venían a vacunar o hacer citologías en el pueblo. Ella escasamente vivió un año y medio allí porque un día viene la matanza y la orden de abandonar el pueblo de Mampuján. Ana Felicia Velásquez fue la única mujer que decoró las ruinas de su casa. En la sala de su casa había llevado una mesa, un mantel, un florero, gobelinos y dos pequeños cuadros. Cogió hojas y flores alrededor de su casa. De su pueblo que estaba muy lleno de maleza hizo de su casa una obra de arte. Cuando yo le dije a Ana Felicia porque había puesto esos elementos, la respuesta fue muy sencilla: “Chucho. Yo no quería que mi casa estuviera triste. Diez años después de haberla abandonado entendí que Ana Felicia sin haber estudiado artes en la Nacional o en los Andes era una mujer artista que me devolvía a mí la esperanza. Ya la casa no tenía techo y ella lo que hizo fue darle su dignidad para mí. Le podría interesar: ‘Cuando estudié periodismo decidí contar la historia del país con la fotografía‘ : Jesús Abad Colorado  Si algo he descubierto en medio de la violencia es la solidaridad de las poblaciones, cómo la gente se acompaña, se protege y cuando huye comparte lo mínimo que tiene. Yo he visto en medio de estas situaciones tan difíciles a veces a la gente sacar un trozo de panela  para compartirlo. Yo creo que la violencia nos ha mostrado lo peor. Pero también nos ha mostrado la capacidad de la resistencia, de la solidaridad, del amor por la vida que tienen nuestras poblaciones. Yo no estoy buscando fotografías espectaculares, yo salgo a hacer fotografías sencillas y dignas. Yo no soy de los que se presentan mucho a premios de periodismo. Tengo dos premios internacionales y es porque otras personas me han nominado: el premio del Comité para la Protección de Periodistas de Estados Unidos y el   premio de Cáritas Suiza. Este fue una cosa increíble porque yo nunca me imaginé que de Suiza un premio que generalmente le dan a obispos o a misioneras en distintos lugares del mundo por su trabajo por la paz y la reconciliación me lo dieran a mí. Un día recibí una llamada a decirme que me lo habían otorgado y fui a recibirlo a la ciudad de Lucerna y allí estuve con las autoridades políticas, con el obispo, con el director del CICR. Eso para mí fue muy bonito porque es un reconocimiento al trabajo que no solamente yo sino que muchos periodistas hacemos. En el país me han dado algún reconocimiento. El último que fue el Ministerio de Cultura. A ese sí me inscribí  porque es un premio que posibilita dos cosas: por un lado que un periodista pueda seguir caminando y yendo a otros lugares. Ser independiente es muy difícil, no sabes la dificultad y en las condiciones en las que a uno le toca cuando uno tiene también su familia y su vida para sacar adelante. Yo no ando vendiendo fotografías ni chivas periodísticas para que la gente vaya a pensar que es que yo voy buscando la violencia para después vender. Yo creo que muchos medios de este país han publicado fotografías mías durante muchos años sin que yo muchas veces cobrara un peso porque lo que quería. Lo que quería es que se conociera una historia. El premio del Ministerio de Cultura para mí es muy importante porque es un trabajo sobre la simbología religiosa en medio de la guerra. “Mata que dios perdona” era una serie de 14 fotografías de distintos actores armados con divinos niños, crucifijos, vírgenes del Carmen, Cristos y escapularios pegados en sus pechos y para mí era importante  generar una reflexión: Somos una sociedad que no ha entendido lo que es al amor por la vida. En un país lleno de iglesias cristianas que desde que estamos muy pequeños nos hablan de no matarás y no robarás, no hemos entendido que, independientemente de la religión, el único mandamiento que nos deben enseñar es el del amor al prójimo. Un amor al prójimo para respetar las ideas de las personas distintas, un amor al prójimo que involucre a la naturaleza, un amor al prójimo que nos haga entender que debe ser sagrada la vida del otro y la mía, pero que así como es sagrada la vida debe ser sagrado el presupuesto de un país en el que hemos tenido demasiada gente que lo saquea. Si cumpliéramos ese único mandamiento  entenderíamos el respeto al pensamiento y la vida de los demás, entenderíamos el respeto a los recursos públicos que deben ser sagrados. Nadie tendría por qué matar a otro ser humano o acabar con la naturaleza y con los animales de un país tan rico como el nuestro en donde la naturaleza ha sido otra gran víctima, no sólo del conflicto sino del apetito voraz por la tierra. Ese es parte del gran problema que ha tenido Colombia durante tantas décadas. Yo soy una sumatoria de aprendizajes si uno no nace aprendido. Yo soy una sumatoria de relatos de la casa, de la calle, de la escuela, pero he aprendido mucho con las personas de mi país, con los sobrevivientes que fueron humillados. Son personas que me han enseñado a mí de resistencia y de resiliencia. Cuando yo llego a estos lugares siempre le digo a los colegas que me preguntan cuál es la fórmula y yo siempre les digo hay que conocer mucho del contexto social, de nuestra gente y una fotografía no puede ser más importante que la vida de una persona. Cuando yo levanto la cámara es porque de alguna forma tengo permiso de esa persona para que cuente la historia. Si al levantar la cámara siento que estoy interfiriendo un momento de intimidad prefiero bajarla pero que sepa que quiero contar una historia. Yo no estoy buscando el ángulo más perverso sino el ángulo más humano, el que me recobre la dignidad de las personas. Uno lo puede ver en esos retratos que aun en medio de las lágrimas, del dolor o del desplazamiento hay imágenes que se hicieron acompañando a la gente. Soy como un palabrero wayúu contado historias y a veces vuelvo para tomar otras fotos para mostrarles que he visto esto pero también para ver como volvió a levantarse la familia porque me encanta las que los muestra sonriendo, y retratar en medio de la noche un cielo estrellado en lugares donde se ofendió la vida. Las mejores luces son las de amanecer o el atardecer. Un día estaba yo en un taller de memoria histórica con un momento de mujeres y llevaban una foto de persona que habían perdido y recuerdo a una que sacó la de Claudia Ivonne torres una mujer desaparecida en Santa Marta. Esta mujer sacó la foto de Claudia y en ese momento el sol de la tarde golpeó sobre su rostro y mano y en la pared se proyectó una sombra y yo hice la foto de la silueta de la mujer que está viva, pero queda en sombra y en la mano se ve el retrato de la desaparecida. Eso me sirve para entender que no solo en noche y niebla quedan los desaparecidos sino que en tinieblas quedan las familias que buscan, aún hoy, un ser querido.