Las declaraciones y los discursos que acompañaron a Julio César Turbay Ayala a su tumba fueron inusitadamente elogiosos. Desde el presidente Álvaro Uribe, en cuya reelección quemó sus últimos cartuchos de una vida política de 70 años, hasta sus más acérrimos enemigos como los voceros del M-19, resaltaron sus cualidades de conciliador y patriota. Algo normal, por la solidaridad que genera la muerte -ocurrida en la madrugada del martes- y el respeto a la familia. Pero llamativo, si se compara con las críticas que recibió Turbay cuando dejó la Presidencia, el 7 de agosto de 1978. Posiblemente no las había recibido ninguno de sus antecesores.Más allá de la moderación que produce el luto, en el caso de Turbay el contraste se explica porque fueron mucho mejor recibidos sus actos como ex presidente que su desempeño durante el exaltado período de su cuatrienio. Y por que, además, muchas de las iniciativas que impulsó desde el gobierno se reivindicaron con el paso de los años. Hoy son mucho más defendibles que entonces las banderas de la apertura económica, la alineación con Estados Unidos y la mano dura contra la guerrilla. Elementos que fueron la columna vertebral de su programa, y que le ganaron una imagen de autoritario, y títere de Estados Unidos. La versión colombiana de los regímenes anticomunistas que estuvieron en boga en esos tiempos.Si hay un karma que persiguió a Turbay durante su larga vida pública, fue la crítica. Tanto, que a ella hizo alusión su hijo Julio César, en un emocionado discurso pronunciado ante su féretro, en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Turbay Quintero se refirió a la paciencia y el estoicismo con los que su padre siempre recibió cuestionamientos. Entre los amigos más cercanos al fallecido ex mandatario se hablaba de la 'gran prensa' para señalar a los grandes periódicos nacionales como tenaces enemigos del turbayismo. Sobre todo durante los años 70, cuando Turbay buscó la Presidencia y derrotó las aspiraciones reeleccionistas de Carlos Lleras Restrepo, apoyadas por El Tiempo y El Espectador.Lo cierto es que Turbay dejó el Palacio de Nariño -a donde retornó la sede presidencial que en los primeros años de su administración todavía estaba en el Palacio de San Carlos- en medio de una gran controversia. Gabriel García Márquez, quien se había exiliado en México para protegerse de amenazas, lo catalogó como "el peor gobierno de la historia". SEMANA, en su momento, lo catalogó como "un gobierno regular" basada en una encuesta contratada por Anif, según la cual esa era la opinión de 60 por ciento de los colombianos.Habían sido años turbulentos. Turbay llegó al poder gracias a un triunfo electoral apretado -su rival, Belisario Betancur, alcanzó a declararse triunfador en las elecciones-, con antipatías entre las élites bogotanas a las que les incomodaba su origen inmigrante y de clase media y el hecho de no haber cursado una carrera profesional en la universidad. No era mejor su imagen internacional: durante la campaña electoral, el conocido programa 60 Minutes, en Estados Unidos, publicó un informe que lo vinculaba a la mafia de las drogas. La propia embajada estadounidense en Bogotá rechazó la versión, pero sus contradictores encontraron en aquella historia un motivo más para fustigarlo. En este sentido, las críticas que existían contra Turbay al final de su Presidencia no eran tan distintas a las que lo habían acompañado en sus comienzos. Y el propio mandatario intentó defensas que desafiaban la sensibilidad de 'la gran prensa' con frases polémicas que a muchos les paraban los pelos: "El único preso político soy yo", "el mío es un gobierno hormonado y testiculado", "reduciré la corrupción a sus justas proporciones", son algunas de las más recordadas.Al llegar a la Presidencia, Turbay se encontró con una declaratoria de guerra de un M-19 que se encontraba en su mejor momento en términos de capacidad militar. Y los dramáticos episodios de la confrontación -asesinato del ex ministro de Gobierno Rafael Pardo Buelvas, robo de las armas del Cantón Norte, toma de la Embajada de la República Dominicana, morteros disparados contra el Palacio Presidencial- generaron uno de los períodos de mayor zozobra en muchos años. En medio de ese confuso panorama, el desempleo y el déficit fiscal crecieron, aunque a cifras que con el paso de los años se superarían ampliamente. Y en el contexto internacional, el alineamiento con Estados Unidos y las denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos lo convirtieron en el 'Caín de América'. Sobre todo cuando Colombia asumió una posición solitaria durante la guerra de las Malvinas en contra de la petición de Argentina de convocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Tiar) en su defensa. Turbay patrocinó esa posición con un argumento jurídico: Argentina no era el país agredido, sino el agresor, y los argumentos de la dictadura militar para invadir las islas tenían un tono semejante al del reclamo de Nicaragua sobre San Andrés. Este diferendo había sido reactivado en 1980 por el sandinismo, y había sido respondido por el gobierno Turbay con la publicación de un 'libro blanco' en el que se demostraba la validez de los títulos colombianos sobre el archipiélago. Según el ex presidente, apoyar al régimen militar argentino contradecía la defensa colombiana frente a Nicaragua. Sin embargo esta política, sumada a otras posiciones pro estadounidenses en el conflicto centroamericano, y a la ruptura de relaciones con Cuba por su apoyo al M-19, lo acercó tanto a Washington -y a la controvertida política exterior del ultraconservador Ronald Reagan- que, a la vez, lo aisló en el contexto del continente.La guerra con el M-19 fue exitosa desde el punto de vista militar. La dirigencia fue capturada. Pero los métodos utilizados, y los excesos en materia de allanamientos, torturas y detenciones, hechos a la luz del estatuto de seguridad, le abrieron camino -en el balance que hizo SEMANA al final de su gobierno- a "un espíritu represivo que fue adquiriendo una dinámica propia que terminaría en violaciones a los derechos humanos. Por primera vez Colombia fue objeto del escrutinio de organismos internacionales encargados de velar por los derechos humanos". La orden desde arriba, después del humillante robo de las armas del Cantón Norte, fue recuperarlas a toda costa y acabar a la insurgencia. Las secuelas de la persecución contra el M-19 se extendieron a sectores de la población civil, y se hicieron célebres las denuncias de organismos internacionales. El caricaturista Héctor Osuna, en uno de los mejores momentos de su carrera, convirtió las caballerizas de Usaquén -a donde eran llevados los detenidos para interrogarlos- en símbolo de las denuncias sobre los excesos de la fuerza.Casi cuatro décadas después, a la hora de su muerte, la imagen de Turbay había cambiado de autoritario a bonachón, y de gobernante de mano dura a negociador equilibrado y conciliador. Incluso la criticada espina dorsal de su gobierno -alianza con Estados Unidos para abrir la economía y golpear a la guerrilla- se parece a la del popular gobierno de Álvaro Uribe. Pero 40 años atrás la percepción era tan negativa, que incluso en las postrimerías del cuatrienio turbayista esas políticas se empezaron a rectificar con el levantamiento del Estado de Sitio, la creación de una Comisión de Paz que presidió Carlos Lleras Restrepo -crítico del gobierno desde las columnas de su semanario Nueva Frontera- y con la aprobación por parte del Congreso de una ley de amnistía para la guerrilla, presentada por el Ejecutivo. Belisario Betancur fue elegido en 1982 con un mandato de cambio y enmienda que se concretó en la apertura de negociaciones con la guerrilla, una política económica proteccionista y el ingreso de Colombia al Movimiento de Países No Alineados.Después de haber dejado el poder con una imagen tan desgastada, la labor de Turbay como ex presidente fue sorprendente por su alto perfil. Nunca dejó de ser influyente y fue uno de los grandes arquitectos de la historia política de la segunda mitad del siglo XX. Es uno de los pocos colombianos que le ha dedicado toda su vida a la política y que no tuvo otra actividad. A Alberto Lleras, uno de sus dos grandes mentores -el otro fue Alfonso López Pumarejo, a quien le heredó la costumbre de usar corbatín- le aprendió la tesis de que la política no se debe mezclar con los negocios. Nunca fue adinerado y en sus costumbres era austero. Le gustaban las fiestas -debilidad que le cobraron sus críticos- y lo apasionaba su familia. En su penúltimo cumpleaños, sus 10 nietos le dieron como regalo, cada uno, una 'condecoración' creada por ellos. Consideró que esas preseas valían más que los collares y las medallas que le habían impuesto, por decenas, los gobiernos de todos los continentes. La personalidad conciliadora y generosa fue más visible, y más reconocida, en la etapa de su vida posterior a la Presidencia. Buen amigo: "Ninguno de sus colaboradores lo abandonó jamás", según el senador Andrés González, turbayista de muchos años. Más llamativo aun es el trato que les dio a sus enemigos: con el paso de los años le fueron quedando pocos, porque a muchos perdonó y a la mayoría desactivó, en riguroso cumplimiento de uno de sus lemas de vida: "No gradúe enemigos, porque después ejercen contra usted". Según su nieta Carolina Hoyos, "mi abuelo recibió mucho palo, pero los que se lo dieron al final se echaron para atrás".Con uno de sus principales fustigadores, Luis Carlos Galán -para quien Turbay era un clientelista típico y el representante por excelencia de la clase política- acordó incluso su regreso al Partido Liberal en 1990 por el camino de una consulta popular que tenía a Turbay como gestor y garante. Pero su más asombrosa reconciliación fue con el M-19, resaltada por Antonio Navarro a raíz de su muerte el martes pasado. Y explicada por Otty Patiño, ex miembro de esa organización, quien en declaraciones a SEMANA consideró que el acercamiento había tenido como base el papel que desempeñó el ex presidente en el proceso de paz que condujo a la desmovilización del Eme. Turbay intervino al final del gobierno de Virgilio Barco, cuando la negociación estuvo a punto del colapso, para revivir el proceso. "Si el M-19 hizo la guerra en serio, también puede hacer la paz en serio", decía. Como director del Partido Liberal en 1990 -nadie ha tenido este título tantas veces como él-, estimuló la firma de un documento entre el M-19 y los precandidatos que participaron en la consulta, para salvar el proceso y continuarlo después de la contienda electoral. Su adorada Diana -secretaria privada que, en palabras de su hija Carolina, "lo conocía tanto, que sólo tenía que preguntarle pocas cosas para saber lo que opinaba"- estuvo en los primeros contactos con el grupo insurgente. Y cuando Carlos Pizarro se desmovilizó, fue recibido por Turbay en un publicitado acto. Otty Patiño recuerda que Jaime Bateman le atribuía al ex mandatario el comienzo de la reconciliación: "En la camioneta amarilla, frente a la Embajada de la República Dominicana, con el manejo que le dio el gobierno a la crisis se crearon los elementos para hacer la paz", decía.Su capacidad para desactivar enemigos tenía dos determinantes fundamentales: un rasgo de su personalidad, la paciencia, y una convicción política: el patriotismo por encima de los sentimientos. Turbay le apostaba al largo plazo. En la solución de la toma de la embajada, el hecho más elogiado de su gobierno, esperó dos meses para desactivar la presión y el nerviosismo de la opinión pública, nacional e internacional. Para llegar a la Presidencia ascendió, uno a uno, todos los peldaños: concejal, diputado, representante, senador, ministro, embajador, dos veces designado y, muchas más, jefe del Partido Liberal. "Hay que estar en la fila india", decía, y su paciente espera lo llevó en los años 70 a un estatus público en el que la pregunta ya no era si iba a ser Presidente, sino cuándo. Era un derecho ganado gracias al cumplimiento estricto de las reglas de juego de la política en esa época, muy distintas a las de ahora.El concepto de patria para él no era retórico. Hay una anécdota que retrata su concepción. Como ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Alberto Lleras iba en un avión que fue secuestrado y llevado a Cuba. Turbay sirvió de puente entre los piratas aéreos y los pasajeros, y les ayudó a mantener la calma. Previamente, en el momento en que se produjo el secuestro, le había dicho a su primera esposa, Nydia, que lo acompañaba: "Todo lo que hagamos en este viaje de ahora en adelante deja de ser una conducta personal para convertirse en un acto que compromete la dignidad nacional".La misma actitud asumió en el momento más triste de su vida: la muerte violenta de su hija Diana, su mano derecha en los años de la Presidencia. Había sido raptada por los 'Extraditables'. Cayó en medio de un operativo de rescate de la Policía. Turbay nunca se quejó, en público, por el fracasado intento de rescate, a pesar de que con Hernando Santos le habían enviado una carta al presidente César Gaviria pidiéndole que se abstuviera de hacerlo por la fuerza. "Asumió su tristeza con sentido patriótico", recuerda Carolina Hoyos, hija de Diana. "Y todas sus declaraciones fueron hechas para la historia. En privado tampoco dijo algo distinto". Años después, en un largo diálogo con Carlos Lemos que publicó en forma de libro, anotó: "(la muerte de Diana) era una especie de venganza sistematizada" de los narcotraficantes, por el tratado de extradición que se firmó con Estados Unidos durante su gobierno.Turbay convirtió su personalidad tranquila y paciente -"parece carecer de sistema nervioso", escribió SEMANA durante el cuatrienio presidencial- en un instrumento político. Le gustaba hacer de mediador para negociar, promediar y encontrar soluciones sin sobresaltos. Una costumbre que le criticaron en el gobierno -"promedió demasiado con los jefes políticos, con los generales y con los gremios", decía la misma publicación- pero que le fue útil en ocasiones tan disímiles como el secuestro del avión o la toma de la embajada. O en otras, como el aporte que hizo, en calidad de ministro de Minas de la Junta Militar en 1957, para la transición hacia el Frente Nacional a través del plebiscito, o en las consultas populares que dirigió y que terminaron con las candidaturas liberales de César Gaviria, en 1990, y de Ernesto Samper, en 1994.Aunque su último acto político, el año pasado, fue la creación del movimiento 'Patria Nueva' para apoyar la reelección de Álvaro Uribe, Turbay fue en esencia un prototipo del siglo XX. Estuvo vinculado a la República Liberal en los años 30, como congresista, y en 1948 participó en los debates que el liberalismo hizo contra el gobierno de Mariano Ospina Pérez, y que terminaron con el cierre del Congreso, el 9 de noviembre de 1949. Después fue un ferviente defensor del entendimiento frentenacionalista, y en su gobierno el Partido Conservador recibió una milimétrica cuota que garantizaba el precepto constitucional de la "participación adecuada y equitativa".Algunas de sus ideas se han reivindicado, sin duda. O, al menos, hoy están favorecidas por el péndulo ideológico que regresó a la preferencia por la mano dura para garantizar la seguridad. En cambio, la forma de hacer política del ex presidente se quedó atrás. Es difícil que alguien vuelva a ganar la Presidencia como producto de una carrera de pacientes ascensos, más maquinaria que opinión, y un partido que lo empuje. Con su muerte se agota una forma de hacer política. Un estilo que le deparó muchos triunfos, porque fue un maestro que derrotó a los otros que la ejercían de igual manera, pero que hoy no convence a las nuevas generaciones. ¿Qué juicio hará la historia de Julio César Turbay? ¿Volverá a los cuestionamientos que le hicieron al Presidente? ¿Revisará la evaluación de ese cuatrienio? ¿Consolidará la reivindicación que logró como ex presidente? Habrá que esperar al examen sereno que producen los años. Lo que ya se sabe es que fue un fiel representante del traumático siglo XX colombiano: el de la confrontación partidista que le dio paso al Frente Nacional y, posteriormente, a la decadencia del bipartidismo. Y es muy probable que con el paso de los años el juicio sobre su obra será más benévolo.