La escena es inolvidable: Marilyn Monroe tendida sin ropa sobre la cama, con varios frascos de medicamentos vacíos a su lado. No dejó una nota de despedida y, según cuentan los forenses que hicieron el levantamiento del cadáver, tenía el teléfono entre las manos, como si pocos segundos antes de morir hubiera intentado llamar a alguien. Aunque nadie sabe con certeza qué fue lo que ocurrió la madrugada del 5 de agosto de 1962, lo cierto es que desde ese día, la rubia más famosa de Hollywood se convirtió en una leyenda.Prueba de ello es que cuando está a punto de cumplirse medio siglo de su muerte, su fama sigue intacta. Según la revista Forbes, la actriz es la tercera celebridad que más dinero produce desde la tumba, después de Michael Jackson y Elvis Presley. Su nombre es tan rentable que la industria del entretenimiento no pierde oportunidad para explotar su imagen (ver recuadro) y, de paso, revivir los mitos que se crearon a su alrededor. El misterio continúa En los listados de las teorías conspirativas que los medios publican cada tanto es inevitable que aparezca la chica dorada del cine. Aunque el acta de defunción indica que su muerte se debió a una sobredosis de barbitúricos, quedan muchas dudas por resolver. A simple vista la escena correspondía a la de un suicidio, pues Marilyn estaba atravesando por una difícil crisis emocional que la había vuelto adicta a los somníferos. Sin embargo, durante años hay quienes se han dedicado a desentrañar los verdaderos motivos que la llevaron a hacerlo. El periodista irlandés Anthony Summers es uno de los autores que ha seguido de cerca el caso. En su libro Goddess plantea con documentos y más de 600 entrevistas que el tan mencionado romance de la diva con el entonces fiscal general de Estados Unidos Robert F. Kennedy -también conocido como Bob o Bobby-, desencadenó la tragedia. Ambos se conocieron en la casa de playa de Santa Monica donde su hermano, el presidente John F. Kennedy, tenía encuentros furtivos con la estrella desde 1955. Cuando su relación terminó durante aquella velada en la que Marilyn le cantó el famoso Happy Birthday, Mr. President, en el Madison Square Garden de Nueva York, la rubia se aferró a Bob. Los dos se veían a escondidas los fines de semana y, según cuentan amigos cercanos, ella consignaba todas sus conversaciones en un diario. Marilyn incluso llegó a fantasear con que el fiscal dejaría a su esposa, pero él pronto le puso fin al affaire. Eso solo empeoró la frágil salud mental de la actriz, quien amenazó al político con ventilar su amorío en los medios. Para evitar semejante escándalo, Bob viajó a Los Ángeles el 4 de agosto a quitarle el diario y algunas grabaciones de sus charlas telefónicas. Él siempre negó esa visita, pero Summers consiguió testimonios de la época que la confirman. De hecho, documentos desclasificados del FBI demuestran que esa tarde el político pidió prestado el carro a un amigo para ir a la casa de Marilyn. Como era previsible, el encuentro terminó en una fuerte pelea que seguramente sirvió de detonante para que ella más tarde se quitara la vida. No obstante, otros creen que el papel que jugaron los Kennedy va mucho más allá. Unos archivos secretos del FBI publicados en 2006 revelaron que Bobby supuestamente maquinó un plan para que ella optara por el suicidio en uno de sus recurrentes episodios de depresión. El fiscal al parecer contó con la ayuda del círculo cercano de la rubia, lo que explicaría por qué el ama de llaves, la única persona que la estaba acompañando esa noche, y el psiquiatra, que había acudido al llamado de la empleada, tardaron más de tres horas en avisar a las autoridades. Lo que siguió después también es muy confuso. Unos dicen que la alcanzaron a trasladar viva en una ambulancia, mientras que otros señalan que permaneció en la habitación todo el tiempo. Lo único claro es que nunca se halló el dichoso diario ni las cintas que podían vincular a Bobby. "¿Fue un suicidio o un accidente? Nunca lo sabremos. Primero, porque las pruebas forenses de rutina no se hicieron debidamente. Y segundo, porque la investigación de la Policía tenía serias inconsistencias, pues se cerró de prisa para evitar que se descubriera la relación de Monroe con John y Robert Kennedy", dijo Summers a SEMANA. Una vida trágica Así como su muerte estuvo rodeada de misterio, su existencia también transcurrió en medio de enigmas. Marilyn, bautizada Norma Jeane Baker, creció en un hogar disfuncional con una madre soltera y esquizofrénica. Nunca conoció a su papá y por eso cada vez que su mamá sufría una crisis nerviosa tenía que dormir en orfanatos. Con todo y eso, hizo realidad su sueño de actuar. Después de trabajar como modelo, la 20th Century Fox la fichó y en poco tiempo se convirtió en la estrella más deseada. Los fotógrafos que la tuvieron frente a sus lentes coinciden en que tenía una habilidad asombrosa para posar. Así lo confesó Bert Stern, la última persona que la retrató, al diario El País de Madrid: "Era hermosa, trágica y compleja. Su belleza estaba en su espíritu. Cuando la vi, olvidé que estaba casado, olvidé mi vida en Nueva York. Estaba enamorado". Esa facilidad para seducir sin esfuerzo le permitió ganarse la admiración de fanáticos que cada semana le enviaban más de 5.000 cartas con propuestas de matrimonio. Pero Marilyn solo aceptó tres ofertas en su vida: la primera vez subió al altar con James Dougherty, empleado de una empresa de aviación; la segunda, con el beisbolista Joe DiMaggio, y la tercera, con el dramaturgo Arthur Miller. Todas terminaron en divorcio por distintas razones, pero se dice que sus fracasos amorosos tuvieron que ver con su identidad sexual. "Ella sostuvo relaciones con muchos hombres eminentes -además de DiMaggio, Miller y los Kennedy, por su cama también pasaron Elia Kazan, Marlon Brando y Frank Sinatra-. Aun así, deseaba a las mujeres, tuvo romances con varias de ellas, y le preocupaba que pudiera ser lesbiana", escribe la historiadora Lois Banner en su nueva biografía sobre la actriz. Ese temor también la hizo cuestionar su talento para enloquecer a los hombres. Como lo revelan sus cartas, recopiladas en un libro de 2010, se sentía atrapada en el rol de símbolo sexual y creía que era capaz de hacer otra cosa distinta a desnudarse. "¿Es lo único para lo que sirvo? -le dijo una vez a un amigo fotógrafo-. Me gustaría demostrar que puedo ser exitosa sin necesidad de exhibir mi trasero". Después de todo y más allá de las conjeturas que se tejan sobre su vida, la fama fue su perdición. Ella misma lo resumió en My story, su autobiografía póstuma: "Sabía que le pertenecía al público y al mundo. No porque fuera atractiva o maravillosa sino porque nunca le pertenecí a nadie más".