“El pasado agosto radiqué, bajo seudónimos, una demanda en Santa Mónica (California) para proteger los dos embriones congelados que creé con mi ex prometida. Quería mantener esto en privado, pero recientemente el mundo conoció la historia. Ha llamado la atención no solo por las partes involucradas (…) sino porque la custodia de estos embriones despierta importantes dilemas en torno a la vida, la religión y la paternidad”. Con esas palabras Nick Loeb, el exnovio de Sofía Vergara, inicia su columna publicada este miércoles en el 'New York Times', uno de los diarios más influyentes y leídos en el mundo. La noticia en torno a la batalla por los embriones de la expareja le ha dado la vuelta al mundo y pareciera que cada día aparece un nuevo capítulo. (Vea: La pelea por los embriones de Sofía Vergara) “Cuando creamos los embriones lo hacemos con el propósito de que llegue una vida, ¿no deberíamos definirlos como vida en lugar de como propiedad?”, se pregunta Loeb, quien ha dicho que para él la vida empieza con la concepción y con eso ha basado su argumentación para oponerse a que los embriones sean destruidos. “¿El deseo de evitar la maternidad biológica tiene más peso que las creencias de que la vida es sagrada y el anhelo de ser padre? Una mujer tiene derecho a llevar a término un embarazo, incluso si el hombre lo objeta. ¿No debería un hombre que quiere asumir todas las responsabilidades paternales tener el mismo derecho a llevar los embriones a término aunque la mujer objete?”, se pregunta Loeb. “Estas cuestiones, a diferencia del aborto, no tienen nada que ver con los derechos sobre el cuerpo de cada quien, pero sí tienen todo que ver con el derecho de los padres a proteger la vida del hijo que aún no ha nacido. En el 2013 Sofía y yo acordamos intentar usar el método de fertilización in vitro y alquilar un vientre para tener hijos. Firmamos un formulario declarando que cualquier embrión creado a través de este proceso podría llevarse a término solo con el consentimiento de las dos partes. El formulario no especificaba –como la Ley en California lo exige– qué pasaría si nos separábamos. Estoy pidiendo que sea anulado. Mis abogados han identificado otros diez casos en Estados Unidos en los que un padre ha tratado llevar a término un embrión congelado en contra de la voluntad del otro. En ocho de esos casos el padre que pedía la custodia perdió. En los otros dos casos (…) a las mujeres les concedieron la custodia de los embriones fecundados pesar de las objeciones del hombre. (…) Los jueces han establecido que el interés de la mujer en convertirse en madre prevalece sobre el interés del padre en no serlo. (…) Muchos me han preguntado: ¿Por qué no sencillamente seguir adelante y construir una familia propia? Tengo toda la intención de hacerlo pero eso no significa que deba permitir que dos vidas que ya he creado sean destruidas o que permanezcan en un congelador eternamente. Hasta donde recuerdo, siempre he querido ser padre. Yo tenía un año cuando mis padres se divorciaron. Mi padre ganó la custodia, y mi mamá, virtualmente, despareció de mi vida. No la volví a ver hasta que tenía nueve años y murió cuando yo tenía 20. (…) Cuando estaba en mis 20, tuve una novia que abortó, y la decisión quedó completamente fuera de mis manos. Desde entonces he soñado con un hijo en la edad que tendría hoy. Después, estuve casado durante cuatro años con una mujer con quien intenté tener hijos con ayuda de un especialista en fertilidad. Las dificultades que tuvimos me hicieron sentir, más que nunca, que la posibilidad de crear una vida era algo especial. Cuando ella me dejó, me lancé al senado del estado de Florida y se rompieron mis sueños de crear una familia. Poco después, en el 2010, conocí a Sofía. Su carrera estaba a punto de despegar, y no quería presionarla, pues quería que cumpliera sus sueños y cosechara todos los reconocimientos del arduo trabajo. Pero después de unos seis meses de relación tuve un terrible accidente automovilístico. Me fracturé la pelvis en cinco lugares. Durante seis meses no pude caminar solo. Entendí que la vida puede cambiar en un instante. Cuando nos comprometimos en el 2012 yo quería tener hijos. Como dije en mi demanda, mi prometida insistió en que usáramos un vientre de alquiler. Con sus óvulos y mi esperma creamos dos embriones femeninos. Estaba tan emocionado cuando esas vidas fueron creadas que empecé a sugerir nombres para nuestras niñas. El primer embrión que se implantó no dio frutos. En el segundo, el vientre de alquiler sufrió un aborto no provocado. Me sentí devastado. Un año después, volvimos a intentar, creando dos embriones más, los dos femeninos. Pero en cuanto empezamos a discutir nuestros potenciales vientres de alquiler, se hizo claro que tener hijos era un asunto que me afanaba más a mí que a ella. Habíamos estado juntos durante más de cuatro años. Cuando yo estaba llegando a los 40, le di un ultimátum. Ante su negativa, nos separamos. Pocos meses después, le pedí que me dejara tener los embriones y le ofrecí pagar todos los costos de llevar a cabo el proceso a término y criarlas. Si ella no quería compartir la patria potestad, yo me hubiera encargado de todas las responsabilidades y había acordado que ella se declarara una donante de un óvulo. Ella se negó. Su abogado, Fred Silberberg, le dijo a la prensa que ella quería mantener los embriones “congelados indefinidamente”. En este sentido, mantenerlos congelados para siempre equivaldría a matarlos. Este mes, Renee, la mujer que esencialmente fue mi madre, se murió. Esperaba que ella estuviera viva para ver a mis hijos y jugar con ellos. Rezo que no vaya a ser muy tarde para que mi papá, quien cumpliría 85 años en mayo, conozca a sus nietos. Me tomo muy en serio la responsabilidad y la obligación de ser un padre. Esto no se trata solo de salvar vidas; también de estar a favor de la paternidad”.