En los últimos meses, millones de personas de diferentes partes de América Latina han salido a las calles a manifestar su inconformidad con sus gobiernos y en contra de decisiones que vulneran su bienestar. En Ecuador lo hicieron por la intervención del Fondo Monetario Internacional en la crisis económica. En Perú, por un Congreso cooptado por el fujimorismo y la corrupción. En Bolivia, por los conejos de Evo Morales a la democracia y, ahora, por el ascenso al poder del conservadurismo religioso y la militarización de la protesta. En Chile, por la desigualdad, el régimen de pensiones y, en general, por las cicatrices que dejó la dictadura de Pinochet. En Haití, por la aberrante corrupción y la pobreza. En Nicaragua, por la censura a los medios y la persecución política. En Venezuela, por un régimen aferrado al poder que hundió al país en la peor crisis humanitaria y económica de su historia. Y así, sucesivamente, las protestas de estas naciones han cogido una fuerza continental que parece no agotarse. 

Para muchos expertos el hecho de que la gente entienda por qué está saliendo a la calle y de que se creen mensajes únicos y transparentes de protesta, es lo que ha permitido que las marchas en el continente sean masivas y duraderas. De hecho, un rasgo común en estas manifestaciones son las frases fáciles de recordar: “Fuera el FMI”, en Ecuador; “30 pesos, igual 30 años”, en Chile; “No MAS”, en Bolivia; por mencionar algunas.  En Colombia, en cambio, nada de eso parece estar sucediendo. De hecho, al buscar en Google algo sobre las marchas lo primero que sale es la pregunta: “¿Por qué es el paro del 21 de noviembre?”. Eso es un indicio suficiente para ver la diferencia de la protesta colombiana con las del resto del continente.  Entre las razones por las que la gente no sabe por qué fue el paro, se encuentran, entre otras cosas, la multiplicidad de mensajes e intereses puntuales. Unos dicen que protestaron para que Iván Duque renuncie o para que la cúpula militar responda por los falsos positivos y por las desastrosas operaciones de los últimos días. Otros, para que el gobierno haga algo para detener el asesinato masivo de líderes sociales e indígenas o para que se cuide el medio ambiente. Y así se forma una larga lista de inconformidades en las que aparecen intereses gremiales (taxistas, camioneros, comerciantes o estudiantes). Y por supuesto, no faltan los que protestaron por todas esas razones y por otras más. 

En cualquier caso, lo que sí quedó claro es que los colombianos se comportaron mayoritariamente de forma pacífica y creativa. Las muestras artísticas colmaron todas las plazas del país y las arengas crearon un gran eco, recibido con apoyo y solidaridad en otras ciudades del mundo, como Nueva York, Madrid, Buenos Aires, París y Santiago.  Los enfrentamientos con la Fuerza Pública se presentaron en puntos muy específicos y, al contrario, lo que se vio fue un llamado generalizado a la paz, en donde incluso cientos de manifestantes reprocharon a algunos encapuchados por incitar la violencia. Un hombre entrevistado por City Tv reflexionó sobre este punto y aseguró que "el buen comportamiento es un ejemplo para el mundo y para el gobierno. Esta acogida nacional a la protesta demuestra el descontento de la gente, pero también que la gente está dispuesta a dialogar y apoyar la mejora del país". 

Como apunta Joseph Stiglitz en su texto “El declive del neoliberalismo y la transformación de las democracias”, las razones históricas de lucha social en América Latina responden a que las expectativas de la clase media no se vieron satisfechas en la realidad y a que la promesa de prosperidad, a través del sistema neoliberal, reposó solo en algunos privilegiados. Y esa rabia colectiva se materializó en el estallido social de las últimas semanas, y podría estallar también en Colombia, si la economía sigue creciendo tan poco y si la desigualdad continúa como va. Sobre todo, los economistas creen que hay que empezar a trabajar en el creciente desempleo de los jóvenes (20 por ciento) que salen de las universidades. Las matrículas son muy caras y muchas veces es difícil recibir el retorno.  Las más recientes protestas sociales del continente tienen en común que superan los intereses gremiales, políticos, las diferencias de edad o de género, para convertirse en asuntos comunes. Eso mismo se ha demostrado en otros lugares del mundo: como en Hong Kong, que protesta por resguardar su democracia; Cataluña por su independencia; Beirut por la falta de libertad política y Bagdad por la escasez derivada de la corrupción. Un hecho todavía diferente al colombiano, en donde las protestas siguen siendo lideradas por grupos muy específicos y con intereses diversos entre sí. 

Amnistía Internacional sacó un informe este mes en el que asegura que las causas principales de revuelta social en el mundo son la corrupción, la desigualdad, el costo de vida, el cambio climático y la libertad política, como se menciona arriba.  SEMANA analizó si estos puntos se encuentraron, de forma central, en el paro colombiano de este jueves. 

Corrupción Si bien es cierto que la corrupción es uno de los grandes males de Colombia y que gran parte de la sociedad cree que se debe hacer algo urgente para erradicarla, también es evidente que ni los peores escándalos han causado protestas sustanciales. Ni el caso Nule, ni el de Samuel Moreno, ni Odebrecht, ni los carruseles de la contratación, de la Toga, de los pañales o de los colegios han movido a la gente contra sus dirigentes.  Ahora, para este jueves los estudiantes parecen particularmente tocados por el robo del presupuesto de parte de varios directivos de las universidades públicas. Sin embargo, una vez más, pareciera que los estudiantes están solos en esa pelea y que el descarado robo de puñados de administrativos alrededor del país no es suficiente para que otras esferas de la población sienta suficiente empatía por la causa.   

A diferencia de lo que sucedió en Ecuador, por ejemplo, donde tres presidentes han sido derrocados por casos de corrupción. O, en Perú, uno de los países con más políticos investigados, más empresrios detenidos y presidentes inhabilitados por el caso Odebrecht.  La desigualdad, un país rico con muchos pobres  Este punto es paradójico, porque Colombia es uno de los países más desiguales del mundo, según el coeficiente de Gini (el más desigual de Suramérica y el segundo del continente, solo por detrás de Haití). Pero eso fue solo un tema tangencial en las protestas. No solo se habló poco de la brecha entre ricos y pobres o de la acomulación de riqueza en unos pocos, sino que cuando los colombianos hablan de eso son rápidamente estigmatizados. Curiosamente, países con mucha menos desigualdad que el nuestro ponen este tema en el centro de la mesa. Por eso, los gremios, los movimientos obreros y sindicales han hecho un esfuerzo enorme por visibilizar este asunto y por traerlo, de alguna manera u otra, a las marchas de hoy. La Central Unitaria de Trabajadores declaró que espera mínimo tres millones de trabajadores en las calles de todo el país, reclamando por las "reformas absurdas que el gobierno ha llevado a cabo" y por la falta de garantías para muchos trabajadores. Además, insistieron en el problema de informalidad del trabajo que aumentó el 48,1 por ciento este año, según Portafolio. 

El costo de vida aumenta El DANE indicó que la inflación en Colombia entre enero y octubre de este año tuvo un incremento del 0,68, al pasar del 2,75 por ciento, en el mismo periodo de 2018, a 3,43 puntos porcentuales. Pero poco se mencionó el tema en las arengas de hoy. Tampoco se habló mucho de que el desempleo en septiembre aumentó 10,2 por ciento. De alguna manera la estabilidad económica histórica de Colombia, frente a países como Venezuela o Argentina, ha generado cierta complacencia con el gobierno en los asuntos económicos. De ahí que las marchas acá no suelan durar más que un par de días.  El cambio climático, un asunto con muchos muertos Tal vez este punto sea en el que más coincide el paro del jueves con las protestas en el mundo. No obstante, responde a raíces diferentes del conflicto. En los países del primer mundo, como Francia, Reino Unido o Estados Unidos millones de personas han protestado en los últimas años contra la inactividad de sus gobiernos para frenar las crisis medioambiental. A través de movimientos ciudadanos, como Extinction Rebellion, las nuevas generaciones han logrado que el cuidado de “la casa común” sea un asunto primordial en la política. En Colombia, a diferencia de esos países, pareciera que la discusión medioambiental pasa primero por el cuidado de la vida de los ecologistas. Pues son las mayores víctimas de los ataques sistemáticos de parte de deforestadores, narcotraficantes y demás grupos ilegales. Entonces, si bien el asesinato de líderes sociales y defensores de la tierra sí es fundamental en el paro del 21, el cambio climático, como tal, todavía no parece concernir ni a la sociedad ni a los gobernantes de forma sustancial. 

La libertad política, un problema de voz Algunos analistas, como Daniel Rodríguez, director ejecutivo del Centro Iberoamericano de Estudios Internacionales, creen que Colombia es la democracia más fuerte del sur del continente, incluso con todos sus problemas. No se ha enfrentado a dictaduras ni a cambios estructurales de sistema político o económico. En general hay cierta representatividad de los diferentes partidos, aunque todavía la derecha moderada y la extrema derecha tengan mayorías. También hay independencia entre los tres poderes y el Banco Central es autónomo frente al presidente. La persecusión política, sin embargo, ha aumentado con el asesinato de líderes sociales en las regiones más apartadas del país, muchos de ellos pertenecientes a movimientos cívicos, sindicales, obreros o de izquierda. Por eso, Naciones Unidas le ha advertido al gobierno que actúe con rapidez frente a estos hechos, porque eso sí podría ser un detonante de inestabilidad social. Sin embargo, pareciera todavía que la situación colombiana, en este ámbito, dista mucho de la de Venezuela, Nicaragua, Líbano o Irán.