La novelista argentina Marta Lynch, de 54 años, entró a su estudio en la casa que ocupa en el distrito Vicente López en Buenos Aires, en la madrugada del ocho de octubre pasado, cerró con seguro la puerta, se sentó ante la máquina donde había escrito la mayoría de sus libros, miró el vacío, se colocó el revólver que llevaba contra la cabeza y disparó.Una semana atrás, una pareja de escritores también argentinos que estaba pasando una temporada en la pequeña ciudad de Iowa, Estados Unidos, había recibido una carta de la escritora en la que incluía frases como éstas: "Yo me paré en el esquema que estaba dictando y no estoy demasiado bien de salud. El brazo es un espanto y me tengo que sacar un pequeño granito canceroso del costado de la nariz. No es mucho, pero me impide totalmente tomar sol, que sale en gran forma en estos días de primavera". En un papel dirigido al marido y encontrado junto al cuerpo todavía tibio había escrito: "Perdóname. Te quiero y te he querido siempre, pero no puedo seguir viviendo de esta manera".Tres meses largos después de esta tragedia, los lectores y los críticos y las autoridades y los amigos siguen preguntándose por qué una escritora que con su último libro de cuentos, "No te duermas, no me dejes", se había colocado entre los diez autores más vendidos durante varias semanas en su país y una mujer que había superado ampliamente una serie de depresiones por su obsesión con la vejez y la muerte, había tomado esa decisión que al momento de realizarse el balance cultural del año en la Argentina puso una nota macabra a un periódico dominado en parte por la prosa cáustica y poética de una escritora que en 1962 había asombrado a todos con su novela "La alfombra roja", ganadora del premio Fabril y anticipación lúcida del tema del mandatario corrupto y todos los entretelones falsos de la política.¿Qué la empujó a matarse? ¿El leve asomo de cáncer en la nariz, el brazo que lo tenía inutilizado por la pésima circulación, el cansancio de tantas luchas con críticos, editores y lectores quienes así como la habían favorecido con este último libro de cuentos también la habían ignorado o atacado por algunas de sus obras anteriores o era, como le confesó a una amiga varias semanas antes de morir, que se sentía vieja e inútil? Varios programas de televisión, una antología de sus cuentos, numerosos ensayos en periódicos y revistas y la reedición de todos sus libros forman parte del homenaje que los argentinos rinden actualmente a quien, en ocasiones, dieron la espalda porque no entendían las intenciones, el lenguaje o las historias de libros como "Al vencedor", "La señora Ordóñez", "Cuentos de colores", "Los dedos de la mano" y "La alfombra roja", entre otros. Los últimos que la vieron y la trataron la recuerdan alegre porque las críticas a su nuevo libro de cuentos eran favorables, pero al mismo tiempo, "se mostraba obsesionada por su edad y por la posibilidad irreductible de envejecer, tema que no podía obviar en nuestras conversaciones de amigos y familiares".Nacida en Buenos Aires el 8 de marzo de 1932, había estudiado literatura en esa ciudad y luego recibió un master en la Facultad de Letras de Berkeley. Desde entonces mantenia fuertes vínculos con editores, críticos y círculos literarios norteamericanos logrando la traducción de algunos de sus libros, no sólo al inglés, sino también a otros idiomas; en Alemania fue elegida por la editorial Erdenan como uno de los 10 mejores cuentistas latinoamericanos.Fue catedrática en universidades y simposios de Argentina, Chile, Perú, Uruguay, Estados Unidos y Alemania Federal. Durante varios años mantuvo una sección en el diario Clarín de Buenos Aires y escribía en otras publicaciones extranjeras.Algunos, cuando ella concedía entrevistas a los medios, se sentían chocados por su forma de expresarse y una de sus frases favoritas era: "Estoy más acostumbrada a recibir palos que premios", y sobre los criticos decía: "Todo lo que soy se lo debo a la gente que leyó mis obras y creyó en mí, en contra de los exquisitos y sofisticados que me combatieron duramente". Llena de altibajos, su carrera periodística y literaria fue atacada en ocasiones por su afán de comunicarse en forma más directa y simple con los lectores. Un crítico dijo alguna vez que Lynch hacía populismo con sus escritos. Como la mayoría de los escritores era susceptible a las críticas, favorables o adversas y en la carta citada a los dos amigos en Iowa, decía sobre su nuevo libro de cuentos: "Ha sido un gran éxito como te imaginarás se mantuvo nueve semanas en el tope de los best sellers y ha tenido excelentes críticas, una del gran Magrini que es como ponerla en un cuadro".Amante de fiestas, reuniones y cocteles en un medio tan ruidoso como el Buenos Aires social y cultural, todas las semanas participaba de algún simposio, o la apertura de una muestra de pintura o un encuentro en alguna universidad. Era, como ella misma lo decia, una forma de entretención que la alejaba del trabajo literario que en el fondo era su gran obsesión. Pocos días antes de morir había almorzado con Simone Veil en la embajada francesa y por simple olvido,"metí la pata hasta el cuadril al no ir a la mesa redonda con Spadolini que me había invitado desde la Universidad de Belgrado". Vanidosa, siempre bien vestida, luciendo joyas costosas, fue uno de los escritores más caracterizados contra los militares de su país.Además de esta escritora, otros dos autores también murieron recientemente en la Argentina, éstos por causas naturales: Hebe Serebrisky y Luis Torres Aguero. Uno de los programas de televisión ha buscado al parecer infructuosamente, conocer los verdaderos motivos del suicidio de la escritora: amigos, escritores, periodistas, vecinos, familiares (dejó además del marido Juan Lynch, tres hijos) y simples relacionados responden la misma pregunta: ¿Por qué se mató una escritora que aparentemente ya había superado lo peor, que era uno de los autores más populares que estaba escribiendo mejor según los criticos y enfrentaba un futuro promisorio? Quizás la respuesta esté en sus libros, especialmente en "La alfombra roja", publicado 24 años atrás; la historia que la hizo famosa en su país con la crónica de ese animal político que va subiendo, ayudado por su mujer y sus familiares y los que desde el principio ya le tienen fe. Con un lenguaje mordaz que llega hasta el hueso, Lynch desmonta pieza a pieza todo el aparato de la política parroquial y a través de los actos cotidianos muestra la naturaleza mezquina de los políticos, sus ambiciones, las zancadillas, las trampas que ponen a los demás, mientras quienes los rodean también comienzan a subir. Hay un largo camino lleno de torpezas y debilidades desde cuando ese hombre se lanza para el más humilde de los cargos hasta cuando pisa el símbolo del poder que ya nadie le podrá quitar, por un tiempo al menos: la alfombra roja que se le hace interminable. Escrita a la manera faulkneriana con monólogos aislados de los distintos personajes que se van ensamblando como en un rompecabezas que varios años después, en ese campo alucinado de la política y la corrupción sería también tocado por autores como Roa Bastos, Carpentier, García Márquez y Vargas Llosa. Tres meses largos después que el cadáver tibio de la mujer fuera encontrado por su sirvienta en la casona que ocupaba con su marido en un distrito de Buenos Aires, la misma pregunta de esa mañana sigue vigente: ¿por qué se mató Marta Lynch?