En una de las estribaciones de la cordillera Central, a cinco horas en mula del municipio de San Carlos, en el oriente de Antioquia, está la vereda El Contento. No hay luz ni vías y solo viven nueve hombres y dos mujeres. Pero en una tarde de abril una romería de campesinos y varios propietarios que viven en San Carlos y Medellín se reúnen en la escuela. El objetivo: dialogar con un gestor social de la empresa de energía Celsia, parte del Grupo Argos, y con el equipo social de la consultora Socya, encargada de la gestión social del proyecto hidroeléctrico Porvenir II.El área de influencia del embalse cobija cuatro municipios de Antioquia: San Carlos, San Luis, Caracolí y Puerto Nare y el área para inundar abarca 975 hectáreas, de las cuales 500 son bosque. El proyecto aprovechará el río Samaná, uno de los más hermosos y vírgenes del departamento. Justo por esto, Porvenir II ha estado en medio de una polémica desde hace varias semanas, pues algunos ambientalistas como el botánico Rodrigo Bernal y el hidrólogo Jules Dominé temen que la represa arrase con la biodiversidad que rodea al río.Bernal y el científico Saúl Hoyos descubrieron allí la palma Aiphanes argos, una reófita que crece en las riberas de los ríos. Los investigadores han encontrado nueve plantas endémicas en pocos viajes, lo que no ha dejado de preocuparlos. Sin embargo, los representantes de Celsia han aclarado que estas plantas reófitas no solo están en la zona que se inundará, sino a lo largo del cauce del río. Además, ya se está procediendo a rescatar y replantar especies en zonas adecuadas, pues Celsia no está dispuesta a poner en riesgo la identidad ambiental del Grupo Argos.Le puede interesar: Ituango marcha a toda máquinaLo que llama la atención del caso Porvenir II es que la mayoría de los opositores del proyecto son foráneos o no se ven afectados directamente por la inundación. Felipe Guarín, que vive en El Contento, cree que con la llegada del proyecto tendrán posibilidades de un futuro mejor: “Aquí quedaría la cola del embalse y nosotros lo único que pedimos, como en cualquier negocio, es una buena platica por la tierra. Además, yo anhelo trabajar ahí, y es una posibilidad de que nos pongan energía”.La empresa constructora se ha comprometido en compensación a conservar un área de 5.600 hectáreas, en una zona del oriente antioqueño, donde se deforestan hasta 1.000 hectáreas cada año, según el Ideam. “A nosotros nos parece muy bien que se opongan al proyecto y asumimos cada crítica con rigor, pero también pedimos que miren las cosas en justa medida. El problema de la conservación es que sin recursos no se puede hacer, y uno va a hacer todo esto porque viene un proyecto de 350 megavatios. Si no, estas compañías no tendrían la capacidad para irse a gastar 30.000 millones de pesos al año en conservación”, dice Ricardo Sierra, presidente de Celsia.Le recomendamos leer: Rechazo a construcción de hidroeléctrica en la Sierra Nevada de Santa MartaSin embargo, la oposición foránea no solo habla del riesgo de pérdida de biodiversidad, también teme que la mayoría de las familias que tendrían que reubicarse sean revictimizadas. Ya que fueron víctimas del frente Noveno de las Farc, el Carlos Alirio Buitrago del ELN y el bloque Metro de las AUC. La diáspora en las veredas fue total, todos salieron desplazados y ven en el proyecto un segundo desplazamiento.Evelio de Jesús Cardona, campesino de la zona, dice: “Aquí hay ventajas y desventajas. Va a venir el progreso, la desventaja es que no nos paguen bien la tierra”. Lo mismo opina José Quintero, quien tiene una finca de 200 hectáreas en la vereda Cañafistol de San Carlos que sería anegada completamente. Él pide un negocio justo, y cree que el trato con la empresa privada hoy es muy diferente al que se hizo hace 30 años con la construcción de la central San Carlos o la central Punchiná, que trajo poco dinero y más violencia.Por si le interesa: José Alberto Vélez recuerda a Nicanor RestrepoHan pasado dos administraciones de alcaldes en los cuatro municipios del área de influencia. Ninguno se ha opuesto al proyecto, aunque cada uno ha tenido sus dudas, pues no quieren que la zona pierda la biodiversidad y mucho menos que vuelva a caer en una espiral de desplazamiento. Carlos Emilio Urrea, campesino del El Contento, lo define con su sabiduría de años: “Por aquí han pasado muchas personas violentas y nos dejaron muchos males, ahora esperamos que con el arribo por primera vez de una empresa nos llegue el progreso”.