Nos creímos una gran mentira. Pensamos que vivíamos un periodo de desarrollo tecnológico sin precedentes, en el que la especialización, de acuerdo a nuestras ventajas competitivas, nos permitiría solucionar todos nuestros problemas.  Hoy eso queda en entredicho, pues muchos países no son capaces de producir los ventiladores que necesitan las Ucis de los hospitales. De un día para otro descubrimos que la globalización nos volvió especialistas inútiles, sin el conocimiento, ni las cadenas de valor para tener una base de producción diversificada.  

Tengámoslo claro: las pandemias representan uno de los retos más grandes para la humanidad. Fue una de ellas la que puso de rodillas al imperio Bizantino, y décadas más tarde se convirtió en la ominosa Peste Negra. La covid-19 no ha sido diferente, en poco menos de cuatro meses ha puesto al 20% de la población mundial en aislamiento y amenaza con ser una crisis sanitaria y económica a gran escala. Es fácil dejarse llevar por el pesimismo y olvidar la creatividad cuando enfrentamos un evento de esta magnitud. En pocas semanas la forma de comunicarnos, alimentarnos y convivir cambió por completo, lo que representa incertidumbre y miedo para una generación que construyó su identidad a partir del turismo y las redes sociales. Es lógico que nos cause terror saber que nuestras vidas como las conocíamos hayan terminado de esta abrupta manera. Pero admitámoslo, el statu quo ha terminado. Hoy, gobernantes, ciudadanos, emprendedores y académicos estamos ante las mismas preguntas: ¿Cuándo terminará el aislamiento? ¿Cómo recuperaremos nuestros empleos? ¿Volveremos a nuestras vidas normales?  Aún no conocemos las respuestas, pero esta coyuntura nos muestra que debemos habituarnos a nuevas realidades. La más punzante para algunos es que debemos aceptar que el mundo ha cambiado, pues se ha erigido una nueva arquitectura política y social. Inyección de desigualdad Para paliar la crisis, los países desarrollados pusieron en marcha un estímulo sin precedentes. Hace algunos días, EE.UU. realizó la mayor expansión monetaria de la historia, a la que añadió un programa de ayudas por más de 2 trillones de dólares. Europa y Asia han hecho una inversión similar, de acuerdo al tamaño de sus economías. Aunque el estímulo es necesario, esta expansión acrecentará la desigualdad en EE.UU. y mantendrá la tensión social que ya existe en ese país. 

Los emergentes viven su mala hora Los mercados emergentes, como lo hemos explicado en otras columnas, están en una posición de fragilidad gigantesca: cuentan con un exceso de deuda corporativa –en algunos es soberana–, parálisis de la economía por las medidas de aislamiento social, crisis en el sistema de salud, y una caída en el precio de las materias primas que exportan.  La esperanza de Latinoamérica es que el Fondo Monetario Internacional (FMI) aplique algún tipo de salvamento para sus economías, algo poco probable, porque si algo nos ha demostrado esta pandemia es que los Estados juegan al ‘sálvese quien pueda’. Si la Unión Europea no tiene la capacidad para salvar a Italia y España, y aún no es claro que lo vaya a hacer con Turquía, dudo que el FMI ayude a nuestro continente.  Esto deja a los bancos centrales en el dilema de permitir ‘defaults’ o encender la máquina de imprimir billetes, lo que nos generará nuevos episodios de inflación, como los vividos durante la década de 1980. China ocupará el espacio de EE.UU. En este escenario, el vacío de liderazgo multilateral será una oportunidad para que China construya un nuevo sistema monetario internacional. La reestructuración de deudas para países exportadores de materias primas y geografías estratégicas, como Turquía, puede ser parte de su estrategia para ganar más relevancia geopolítica.  Por su parte, Medio Oriente deberá solucionar su conflicto geopolíticas que existe entre Arabia Saudita, el actual poder político dominante en la región, y Turquía, quien junto a Catar reta su liderazgo. Como lo hemos analizado en columnas anteriores, el gran telón detrás del covid-19 es una guerra fría entre EE.UU. y China, que cada vez tendrá puntos calientes en lo económico y la tecnología, en particular la inteligencia artificial y la aplicación de la red 5G. Un cambio en el mapa de bits  Tanto globalistas como políticos siguieron ciegamente el dogma de ventaja comparativa de David Ricardo y convirtieron a Latinoamérica en una región que solo se enfoca en la producción de materias primas, y no en bienes manufacturados, que es lo que expande las redes de conocimiento y creatividad tecnológicas.

China tiene el monopolio de la base manufacturera del mundo; otros pocos países como Estados Unidos, Alemania y Japón escapan de su fuerza de gravedad. 

Núcleos de manufactura en el mundo. Fuente: Howmuch.net. Estamos a una época retadora, pero de oportunidades sin precedentes. Cuando use su celular para grabar un video en TikTok recuerde que su teléfono inteligente tiene más capacidad de procesamiento que los usados por los ingenieros de la Nasa en la misión Apolo 11. Cada uno de ellos encierra una ventana infinita de democratización de servicios, educación y desarrollo que van más allá de un like o transmitir un meme.