Un tribunal norteamericano acusa de narcotráfico al general (r) Mauricio Santoyo, de la Policía colombiana. Acuciado por sus antiguos jefes jerárquicos, el general (r) Óscar Naranjo, y el presidente (por ahora también (r)) Álvaro Uribe, con el argumento de que si no se entrega sería un desdoro para Colombia, Santoyo se sacrifica. Un avión de la agencia antidrogas norteamericana lo recoge y se lo lleva. Lo meten a la cárcel. Lo primero es la imagen. Osuna publicó en estos días una caricatura en la que al presidente Juan Manuel Santos se le cae un espejo al suelo, y se hace trizas lo que él más quiere: su propia imagen. Esa caricatura es un retrato de Santos, pero también nos refleja a todos los colombianos. Porque aquí no nos importa la realidad, sino solo la imagen. No el ser, sino el parecer. Con respecto al país, no lo que podamos ver de puertas para adentro, sino lo que queramos evitar que se vea desde afuera; o, al revés, lo que queramos que se vea. En la pugna entre el actual presidente y su antecesor es eso lo que hay. Para defenderse de Uribe, Santos lo acusa de ser culpable de las malas noticias que en el mundo exterior circulan sobre Colombia, por divulgarlas; y al mismo tiempo se precia él de no sacar al sol los trapos del otro, por no dañar a Colombia. Lo grave no es que lo malo sea cierto, sino que se conozca. Y el culpable no es el autor de lo malo, sino el que lo cuenta. Y entonces las plañideras (nosotros los de la prensa) recomiendan una 'ofensiva diplomática' para que las embajadas disipen la mala imagen que puede dar la noticia cierta de que un general... No me atrevo a decirlo. Que no lo diga nadie. Que lleven poetas o mimos o niños acordeoneros, que le paguen en dólares o en euros a un asesor de imagen o a una agencia de publicidad, que repartan trago. Lo que sea necesario. Pero que no se sepa que aquí pasa lo que pasa aquí. Lo segundo, derivado de lo primero, es la mala fe. Si se quiere impedir que la realidad se conozca por fuera, no es porque no se conozca adentro: la conocemos de sobra. Es así como, a la vez que proclamamos nuestro respeto por el principio sagrado de la presunción de inocencia, y a gritos, para que nos oigan afuera, prejuzgamos por dentro de la indudable culpabilidad del general al que han cogido. Porque sabemos que hay muchos metidos en este desenvolate, en este rebusque general del narcotráfico: actores, supervisores, patrocinadores, beneficiarios. En las Fuerzas Armadas: generales, almirantes, soldados rasos. Los pilotos del avión que una vez llenaron de cocaína las narices del mismísimo avión presidencial, y los marinos que otra vez hicieron lo mismo con la barriga del buque Gloria, prez de la Armada Nacional, y los oficiales del Ejército que hace tres días llevaban rumbo a Urabá un camión cargado hasta los topes. Pero no se trata solamente de los militares. Docenas de políticos están presos por sus alianzas con los narcoparamilitares. Y en la fastuosa boda de un narco acabamos de ver músicos y faranduleros, modelos y cantineros. Hemos visto de todo: obispos y guerrilleros, raspachines y terratenientes, comerciantes y pistoleros. Todos los gremios. El de los periodistas también, por supuesto. La droga manda en todo. Cosa natural, considerando que lleva 40 años siendo la columna vertebral del comercio exterior de Colombia, por encima de todo lo demás. En generación de divisas ni siquiera las remesas de los millones de colombianos del exilio económico llegan a superarla. Tal vez lo hagan hoy el oro y el petróleo, pero están lejos de competir con ella en generación de empleo (rural y urbano). Y ahí entra lo tercero, que es el sometimiento. Del poderío omnipresente de la droga no se puede ni siquiera hablar, porque está prohibido. Y lo está por lo mismo que dije en el primer párrafo de este artículo: el sometimiento a las decisiones de las autoridades de los Estados Unidos. Las cuales incluyen todo: la entrega, el viaje, el juicio, la condena, el pago de la pena. O, con mayor frecuencia, su suspensión a cambio de dinero. Porque últimamente los narcos colombianos han descubierto que, al contrario de lo que proclamaba el difunto pero mil veces redivivo Pablo Escobar, es preferible un breve paso por una cárcel de los Estados Unidos a una tumba a perpetuidad en Colombia. Se paga una platica, y ya.Me pregunto si no es eso un soborno a la Justicia del Gran Hermano del norte.