La intensa trinadera de Álvaro Uribe Vélez durante la VI Cumbre de las Américas fue claro reflejo de la preocupación que lo embarga, en parte por los cuestionamientos que viene recibiendo desde los más diversos frentes –y que lo van dejando cada vez más solo-, pero en parte mayor ante la consolidación del prestigio de Juan Manuel Santos, ya no sólo en el plano nacional sino en su nueva condición de líder hemisférico. Uribe hizo el papel del niño malcriado que invade la sala y exterioriza fenomenal rabieta en medio de la visita, en situación que le sirvió a un tuitero para citar una frase de Bob Dylan según la cual “hay personas que no soportan su propia insignificancia”. Error de apreciación, de todos modos, porque no es que Uribe se vea a sí mismo como un insignificante y en tal estado trine de la ira, sino todo lo contrario: que siendo como fue hasta días recientes un grande entre los grandes, lo irrita en extremo la magnificencia que hoy envuelve a quien fuera su ministro de Defensa y le ayudara en su relección con la creación del Partido de la U, pero al que ya no baja de “mentiroso” Ya dueño de un póker de reyes (¿o será full de ases?), la respuesta de Santos consistió en decirle a Ángela Patricia Janiot de CNN que Uribe es "cosa del pasado”, indicando así que por fin cayeron las caretas y que ahora sí librarán la contienda como en los espectáculos de lucha libre, “cuerpo a cuerpo, máscara contra máscara, pelo contra pelo y vale todo”. Lo del ‘vale todo’ es pertinente para el caso que nos ocupa, pues ambos han acudido a esa modalidad, sólo que cada uno bajo su propio espectro. Para Santos su ‘vale todo’ hacia la presidencia significó hacerse lo más cerca posible al prestigio desmesurado de Uribe y apoyarlo con fervor en todo aquello a lo que después le daría reversa, mientras que para Uribe implicó la serie de artimañas y tejemanejes ya conocidos de autos, que van desde el soborno a Yidis Medina y Teodolindo Avendaño, el reparto de notarías o la entrega del DAS al paramilitarismo (para no mencionar la Fiscalía de Luis Camilo Osorio), hasta la “bobadita” de las interceptaciones telefónicas a magistrados, periodistas y opositores. Hay un dato que pudiera parecer sólo anecdótico, pero ilustra como ninguno los nuevos vientos que hoy soplan en torno a Álvaro Uribe: el pasado miércoles 11 de abril el representante Iván Cepeda en sesión parlamentaria mostró fotos y testimonios que pretenden probar que en la hacienda Guacharacas, de propiedad de él y su familia, operó y tuvo asiento un grupo paramilitar cuando él fue gobernador de Antioquia. Cepeda reveló que con base en esas y otras pruebas presentó denuncia penal contra el expresidente, lo cual se traduce en que por primera vez existe una posibilidad real de que Uribe sea enjuiciado e incluso llevado a la cárcel si fuera hallado culpable, por tratarse de un caso anterior a los que le cobija su inmunidad presidencial. Pero lo llamativo no reside allí, sino en que durante ese debate de Cepeda contra Uribe “ningún congresista salió a defenderlo”, según cuenta Reina Valencia en Arcoiris.com.co (A las puertas de Guacharacas), en clara señal de cuán solos se van quedando los exmandatarios que un día manejaron un poder colosal y hoy no tienen nada para repartir entre la clase política, a cambio de impunidad. La VI Cumbre de las Américas representa entonces un punto de quiebre, pues permite identificar una relación inversamente proporcional entre el creciente prestigio de Juan Manuel Santos (ahora catapultado a la escena global por la revista Time) y el progresivo deterioro de la imagen de Álvaro Uribe, tanto en lo nacional como allende las fronteras. Es si se quiere lo que va de un Santos ‘urbano y cerebral’ a un Uribe ‘intenso y campechano’, al decir de esa misma revista. Santos exhibe con inocultable orgullo un presente victorioso y un futuro prometedor, mientras Uribe carga con un pasado del que pareciera próximo a rendir cuentas, quizá en constatación de que los ídolos con pies de barro sí existen. Es algo temprano para vaticinar que por fin se hará justicia, pero hay días como estos en los que no deja de alegrarnos que hoy el presidente de los colombianos sea Juan Manuel Santos y no Antanas Mockus, así hayamos votado por el segundo temiendo que con el primero tendríamos el mismo uribismo corrupto, desvergonzado y ramplón de los últimos ocho años. Pero estábamos equivocados, a Dios gracias. *http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/