El tiempo se le fue a Vargas Lleras volando entre recónditos pueblos que ni siquiera salían en los mapas de los textos escolares. Uno de sus escoltas, que lleva cuidándole la espalda desde cuando era senador y que se salvó de uno de los dos atentados por estar en su día de descanso, se dio el lujo de haber pisado los 32 departamentos del país. En los 951 días en que su jefe ocupó el segundo cargo del Gobierno, lo siguió a lugares que jamás se imaginó que existían.Desde el 7 de agosto del 2014, cuando el presidente Juan Manuel Santos firmó el decreto en el que le encomendó el liderazgo de la política de infraestructura y vivienda, Vargas Lleras ha repetido la misma rutina. Su día comienza cuando el cielo aún está oscuro, una hora de ejercicio en su casa de la Vicepresidencia, a media cuadra de la Casa de Nariño, la que siempre se ha obsesionado en ocupar. Un tinto y un cigarrillo, o dos, cuando se podía dar la licencia de fumar. Saludar a sus escoltas, a veces sin necesidad de mirarlos, subir a su camioneta, y del centro de Bogotá, por la Calle 26, al aeropuerto  Catam. Otro tinto en la sala de espera, subir las escalinatas de un avión de la Fuerza Aérea, saludo a la tripulación, quitarse la chaqueta y sentarse en la mejor silla, con el teléfono en la mano, donde parece tener guardado parte del país. El resto lo tiene en su cabeza. “Es una computadora”, dice el guardaespaldas.      

El lunes 12 marzo Vargas Lleras llegó al aeropuerto militar pasadas las 9:00 de la mañana. Lo hizo en compañía de Santos, al que conoce desde que era adolescente, pero al que siempre llama “Señor presidente”. Sonreía más que de costumbre y su amabilidad parecía desmitificar su fama de ‘cascarrabias’ que siempre lo ha acompañado. “Bueno, terminamos, la última correría”, decía. Pero quizá sea apenas la primera. Este 14 de marzo dejará de ser vicepresidente, descansará unos días, pero en pocos meses repetirá la rutina, ahora como candidato a la Presidencia.Análisis: Vargas Lleras, ahora o nunca Quién sabe si por casualidad, o por estrategia, la última gira del vicepresidente comenzó en San Marcos (Sucre), uno de los municipios que más visitó Vargas Lleras durante su paso por el Gobierno: seis veces. “Siempre ha venido a traernos buenas noticias –dice Bladimir Eduardo Sierra, alcalde del pueblo-. Nos ha traído el estadio, el alcantarillado, el malecón y las 200 viviendas gratis”. Esta vez, junto al presidente Santos, llevó otra buena noticia: el puente Guayepo, el más largo de Sucre, sobre el río San Jorge.

Casi una hora de vuelo desde Bogotá hasta Montería y 20 minutos en helicóptero. Tras mirar de reojo una valla gigante del Gobierno, con la palabra “Cumplimos”, Santos y Vargas Lleras subieron a la improvisada tarima, levantada a la vera de la carretera. Fueron aplaudidos por casi un centenar de personas que buscaban la forma de tocarlos. Aunque la temperatura rozaba los 30 grados centígrados, bajo la sombra de las carpas, el vicepresidente se tomaba otro tinto mientras Santos sacaba su pañuelo azul para secar las gotas de sudor.

Vargas Lleras oía el discurso del alcalde, con la mirada abajo, atendiendo su teléfono. Algún mensaje debió inquietarlo, y de inmediato se lo enseñó al presidente. Algo pasó. Santos llamó a uno de sus edecanes y le mostró el teléfono. Minutos después, y aunque faltaba media jornada, se informó que el mandatario, una vez terminada la inauguración del puente, retornaría a Bogotá.Fue noticia: Vargas Lleras se lanza al agua Antes tomó el micrófono y alzó la voz para que los periodistas prestaran atención. “Hoy es el último día de nuestro querido vicepresidente. Él está sintiendo eso que los portugueses llaman la saudade, ese sentimiento entre alegría y nostalgia (…) Tristeza de dejar una posición en la que pudo contribuir tanto al desarrollo nacional. Alegría porque se va con la sensación del deber cumplido…”.

Y como si fuera un jefe de debate, Santos recurrió a aquel incidente del coscorrón al escolta -por el que le dieron hasta con el balde al vicepresidente-, pero en su favor.  Carlos García, director del  Invías, fue durante 31 meses la sombra de Vargas Lleras. El presidente lo pasó al tablero y le preguntó:-¿Cuántos cocotazos le pegó el vicepresidente durante estos dos años y medio?-Los únicos coscorrones que dimos fue a la corrupción, presidente -fue la respuesta.-Me parece muy bien, ¡coscorrones a la corrupción!, dijo Santos como si de lema de campaña se tratara.

“Hoy es el último día de nuestro querido vicepresidente. Él está sintiendo eso que los portugueses llaman saudade, ese sentimiento entre alegría y nostalgia (…) Tristeza de dejar una posición en la que pudo contribuir tanto al desarrollo nacional. Alegría porque se va con la sensación del deber cumplido…”: Santos Antes de mediodía, y terminado el último acto en el que Santos acompañó a Vargas Lleras en provincia, ambos se dieron un breve baño de popularidad con la gente del pueblo. Los que se acercaron al vicepresidente lo hicieron para pedirle más milagros. Que la escuela esta que se cae, que las aguas negras corren por las calles, o que en pleno siglo XXI a los enfermos graves los sigan sacando en hamacas, o en burro, porque las vías están en pésimo estado.“Ya me fui, pero cuenten con eso”, decía Vargas Lleras.

En el aeropuerto de Montería, Santos despidió a su vicepresidente. El primero regresó a Bogotá, quería estar pendiente de lo que sucedía en el Senado con la Jurisdicción Especial de Paz. Vargas Lleras despegó con su comitiva a Santa Marta (Magdalena), su última escala en el Gobierno. Tan pronto como aterrizó el avión se quedó unos minutos haciendo llamadas. Por lo que decía parecía estar hablando con congresistas. “Ayúdame con eso”, “ya hablé con Lizcano”, se le escuchó.“Hoy es el último día de nuestro querido vicepresidente. Él está sintiendo eso que los portugueses llaman saudade, ese sentimiento entre alegría y nostalgia (…). Tristeza de dejar una posición en la que pudo contribuir tanto al desarrollo nacional. Alegría porque se va con la sensación del deber cumplido…”: SantosLas obras que tenía que inspeccionar eran las de remodelación del aeropuerto Simón Bolívar. Lo hizo a paso acelerado, y en medio de una nube de periodistas nacionales y locales que querían registrar cada uno de sus movimientos, ante la sorpresa de los pasajeros que se chequeaban, muchos extranjeros con mochilas a la espalda. No habrá tardado más de diez minutos en pasar revista al aeropuerto.

Muy cerca de ese lugar, y a la orilla del mar, Vargas Lleras se despidió de los samarios. Se subió a la tarima, bebió un trago de agua, y a pesar de la temperatura, volvió a pedir un tinto que se lo tomó mientras la gobernadora, Rosa Cotes, y el alcalde de la ciudad, Rafael Martínez, se peleaban por los aplausos de un público que se identificaba con facilidad. La mitad con camisetas de la gobernación, la otra con gorras de la alcaldía. Cuando tomó el último sorbo de café, se levantó, tomó el micrófono, y dio por concluido el evento. No hubo saludos, ya todo parecía consumado.Contexto: ¿Nadie quiere con Vargas Lleras?Así se pasaron la mayoría de los 951 días de Vargas Lleras en la Vicepresidencia. Una rutina que sólo se interrumpió por un tumor benigno del que lo operaron hace 14 meses, y que lo obligó a un nuevo estilo de vida. Nunca se le volvió a ver un cigarrillo en la mano.

Vargas Lleras aterrizó en Bogotá a las 5:20 de la tarde. “Los espero mañana”, refiriéndose a su despedida, en Corferias, donde se esperan 8.000 personas, y donde entregará los resultados de su gestión para dar el salto más decisivo de su carrera pública. Se despidió del capitán de la Armada Eduardo Namen, su edecán en la Vicepresidencia, y quien entre bromas aseguró que pasado mañana, 15 de marzo, cuando su jefe sea ex vicepresidente, volverá al batallón. “No veo la hora, mire lo flaco que me tiene”.Texto y fotosRodrigo Urrego BautistaPeriodista Semana.com