Con el tiempo todas las historias de familia se distorsionan, se agrandan o se achican. Las versiones de lo que me pasó esa tarde en la represa, se contradicen todas con todas. Según una tía cuando me sacaron del agua yo estaba agonizando, otra me contó que quedé en la cápsula de aire que se formó cuando se voltió la lancha y por eso me salvé. Yo solo recuerdo la desorientación en medio de un agua amarilla y turbia, mezclado con el miedo de no saber dónde estaba la superficie. Es curioso, pero no tengo memoria de quién me sacó del agua.
La semana pasada, en un río de la majestuosa serranía de los Yariguíes, se invirtieron los papeles. Todo pasó muy rápido, en un segundo el niño estaba caminando sobre una piedra y al siguiente lo arrastraba el agua. En un río cada segundo son metros de recorrido, y cada metro trae piedras, corrientes y remolinos. Por fortuna, todos salimos respirando de las aguas del Chiriviti (foto) y sin consecuencias. Fue solo un susto (otro más), sin embargo la adrenalina de unos segundos de pánico, genera efectos, quita el sueño y deja lecciones.
Por esto, quiero hacer hoy una pausa en mis habituales columnas sobre seguridad y desarrollo, para compartir algunas reflexiones sobre la prevención de ahogamientos infantiles, un tema del que poco se habla a pesar que cada 48 horas un niño colombiano muere ahogado.
En el mundo ocurren más o menos mil ahogamientos al día, la mitad de estos son menores de edad y el 90 por ciento de estos casos ocurren en países en desarrollo. El ahogamiento es la tercera causa de mortalidad infantil y los niños son más propensos al ahogamiento que las niñas. De los datos de la OMS se entiende que las políticas públicas importan, que todos los ahogamientos son evitables y no es cuestión de buena o mala suerte, sino de diseñar y cumplir medidas de prevención.
El economista Steven Levitt, le dedicó un capítulo de Freakonomics al tema de ahogamientos en piscinas. Él y su pareja perdieron a su primogénito en la piscina del patio de su casa, para superar su pérdida asistieron a terapias de grupo y allí se sorprendieron del alto número de padres que hacían el mismo duelo. Tras estudiar el tema a fondo llegó a un resultado: es más peligroso para la vida de un niño, tener una piscina en la casa que una pistola, sin embargo los gobiernos regulan más las armas que las piscinas.
En Colombia nos demoramos mucho tiempo en reaccionar, pero desde 2008 cuando se implementó la Ley 1209, la tasa de ahogamientos infantiles se ha reducido en un 62 por ciento, esto ha sido gracias al coraje de varias fundaciones y la sociedad colombiana de pediatría, quienes han adelantado la iniciativa ASALVO (Asociación Nacional para la Prevención de Ahogamiento) para movilizar liderazgos políticos y elevar los estándares de seguridad y prevención.
En nuestro país, siguen siendo los bebés de cero a 2 años los de mayor riesgo, las tasas de ahogamiento se concentran en Antioquia (que también tiene la tasa más alta de quemaduras infantiles por pólvora) y otros departamentos del interior, que paradójicamente no tienen playas. Según encontré, desde hace tiempo se viene buscando fortalecer aún más la ley que reglamenta las piscinas o similares (de una profundidad mayor a 30 centímetros).
En esta nueva propuesta, se suman criterios de sentido común (no descuidar un niñ@), con normas técnicas constructivas para el aislamiento y adecuación de las piscinas, al igual que la obligatoriedad de equipos de resucitación y cursos de primeros auxilios. Todo eso, muy bien, pero lo que más me llamó la atención es que no se incluye APRENDER A NADAR en ningún lado. No se relacionan en ningún modo los ahogamientos con las pautas de educación en los colegios. En Holanda por dar un solo ejemplo, es un requisito para que un niño se gradúe de la primaria saber nadar. No soy tan ingenuo para pedir que en los colegios rurales que no tienen ni baños ni servicios públicos, se construya una piscina, lo que sí creo es que los ahogamientos de niños están ocurriendo en las ciudades principales y allí las secretarías de educación sí tienen los recursos y capacidades para hacer que más niños aprendan a nadar.
Mi hermana tenía 6 años, estaba en kínder y la llevaron con todo su salón a la casa del maestro Espinosa para un taller de arte. Al entrar en fila india y cogidos de la mano por el jardín, Albeiro se cayó a la piscina, la profesora y todos los niños se quedaron mirándolo, como nadie reaccionó ella saltó al agua y lo empujó hasta la orilla. ¿Por qué una niña de 6 años hizo el rescate? Obvio, la profesora no sabía nadar. Ese es el otro tema que tampoco se incluye en las medidas de protección a los niños, debería ser un requisito para ejercer la docencia el saber nadar y prestar primeros auxilios.
Un dato de cierre, un bebé se ahoga en tan solo 27 segundos dentro del agua. Nunca, ni por un segundo y por ninguna razón, se debe dejar solo un bebé en contacto con el agua.
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(1) Esta columna es también para recordar la memoria de Federico Rangel, a quien le debo una enorme gratitud, por enseñarme a mí y muchos de mis amigos de infancia, a nadar de manera segura entre las corrientes del río Manco y las olas del mar en el Tayrona. En mi caso esta experiencia ha evitado un par de tragedias. Federico es la única persona que he conocido, que llevaba a todos los paseos de olla, un lazo de seguridad.
(2) Para aquellos que quieran prevenir los riesgos de ahogamientos en su entorno familiar o profesional, la guía de “Guardianes del Agua” o los videos de “A salvo Colombia” en YouTube son un excelente primer paso.
