El 20 de junio se conmemora el Día Mundial de los Refugiados, un llamado de las Naciones Unidas a apoyar a los 65.6 millones de personas que han sido desplazadas por la fuerza. De estas, 22.5 millones son refugiados y 10 millones son apátridas. Más de la mitad de los refugiados son menores de edad y el 55% de ellos vienen de Siria, Afganistán y Sudán del sur. Las causas para dejarlo todo han sido la guerra, el odio y la persecución política. Estas personas no tienen acceso a derechos básicos como la educación, la salud, el empleo o la libertad de movimiento, al tiempo que los países que los reciben se niegan a atenderlos de manera apropiada y los perciben a ellos —y no a las causas que los llevaron a huir— como un problema.El artista y activista chino Ai Weiwei, nacido en Beijing (China) en 1957, ha buscado con su obra visibilizar estas causas y resaltar la humanidad de las personas en esta situación. El trabajo de Weiwei, con obras que alcanzan los 4.3 millones de dólares en subasta, hace parte de las colecciones de los museos más importantes del planeta y se ha ido expandiendo de las galerías y museos donde se exhibía normalmente para llegar a tener un impacto global. En el 2007 hizo Fairytale en la documenta 12, una de las exposiciones de arte contemporáneo más destacadas del mundo, que se realiza desde 1955 cada cinco años en Kassel, la ciudad de los Hermanos Grimm. Allí llevó a 1001 chinos, que fueron elegidos por convocatoria abierta, para ver la exhibición e interactuar con los visitantes y locales. Esto tenía un doble objetivo: permitir a personas de clase media y baja cumplir su sueño de salir de China y poner a los ciudadanos de Kassel en el papel de los exotizados.Le puede interesar: Ai Weiwei: arte, derechos humanos y refugiados (documental)El giro hacia un arte de denuncia lo terminó de dar en el 2008 cuando ocurrió el terremoto de Sichuan en China, que dejó un saldo de más de 80.000 muertos, muchos de los cuales eran niños y estudiantes. El gobierno chino controlaba y censuraba toda la información relacionada con las víctimas, así que el artista decidió crear su propio equipo de investigación para ir a las ruinas, visitar a las familias que tenían desaparecidos y documentar una cifra real de lo sucedido. Esto lo llevó a fuertes enfrentamientos con el gobierno y varios de sus investigadores fueron detenidos. En el 2009, para su exposición en Haus der Kunst en Munich, el artista tomó una de las frases que le dijo la madre de una de las víctimas (“Ella vivió feliz en este mundo durante siete años”)  y la escribió en caracteres chinos con 9.000 morrales de niños en la fachada del museo. Por este tipo de acciones, Weiwei fue arrestado en el 2011 por el Partido Comunista. Lo detuvieron por 81 días y le quitaron su pasaporte para asegurarse de que no pudiera volver a salir del país. En el 2015, después de una intensa presión internacional, se lo devolvieron y huyó a Berlín, donde trabajó como profesor en la Universität der Künste. Hasta este momento su obra se había ocupado de los problemas propios de su país, como el poder autocrático, la desaparición de la historia cultural y material, la ausencia de derechos humanos y los niveles de pobreza a la mayoría de la población.Le puede interesar: Anomalía en el imperioActualmente, la atención de Weiwei está enfocada en la crisis global de refugiados. Su último proyecto, la película Marea humana, explora este tema. La motivación para comenzar a hacer esta investigación vino de su experiencia personal: cuando tenía un año sus padres fueron llevados a un campo de trabajo donde vivieron en condiciones similares a las que se enfrentan hoy en día los refugiados en todo el mundo. Fue inmigrante en Nueva York mientras estudiaba, hoy es inmigrante en Berlín y se está preparando para su próximo destino.Ai Weiwei considera que es fundamental que todos nos solidaricemos con las personas en esta situación. Por eso eligió el cine y no un evento de arte para como medio para exhibir y comunicar esas preocupaciones, procurando tener un impacto más grande. Esto es muy consecuente con el camino que ha tomado su obra, que ya no está preocupada por alcanzar un lugar en el mundo del arte, sino porque pretende transformar la realidad política del mundo.