OPINIÓN

Joaquín Robles

La defensa del statu quo

Lo peor de nuestra historia no ha sido, en realidad, la guerra. Lo peor de nuestra historia ha sido la incapacidad de sacar lecciones de los hechos del pasado.
8 de mayo de 2019, 9:56 a. m.

Los partidos tradicionales han sido, a lo largo de doscientos años de República, un trozo de caca en los zapatos del país. Decir lo contrario es tergiversar ese conjunto de hechos que conforman el mapa de nuestra historia política. La sangre ha sido su mayor argumento. Y la guerra la mejor de sus opciones. Si miramos con detenimiento los sucesos, muy pocos han sido los espacios de tranquilidad que ha vivido el país. Desde finales del siglo XIX, e inicio del XX, los acontecimientos que han marcado la vida social de los colombianos han sido el resultado de la violencia, ese síndrome de irracionalidad que ha dejado escrito en las páginas de nuestra historia que la Patria Boba sigue embobada, que nuestros líderes no son seres excepcionales, sino tipos normalitos que no alcanzan a ver más allá de sus narices.

Lo peor de lo anterior no ha sido, en realidad, la guerra. Lo peor de lo anterior ha sido la incapacidad de sacar lecciones de nuestro pasado. Los políticos de hoy parecieran ser una copia exacta de los de ayer: les importa un carajo los ciudadanos porque estos solo son el burrito de carga que los llevará al poder. De ahí que los partidos (Liberal y Conservador, aunque camuflados con otros nombres --de La U, Cambio Radical, Centro Democrático-- y distintos eufemismos) tengan como centro de sus prioridades el statu quo, amarrado a los postulados bíblicos como lo hizo el catolicismo en un pasado no tan remoto. De ahí que cielo e infierno tengan hoy la misma carga semántica de otros momentos, pero direccionada por otra forma de miedo social. De ahí que hablar de sexo sea como hablar del demonio y expresar conceptos como “ideología de género” se entienda como incentivar a los muchachos al homosexualismo.

Como hemos vivido sumergidos en una violencia pasmosa, la paz (o hablar de esta) resulta para algunos grupos políticos más terrorífica que la guerra, porque el significado de esta implica, entre otros, el silencio de los fusiles, y comprar y vender fusiles es un negocio de gran rentabilidad que solo beneficia a un pequeño grupo –con mucho poder- de la sociedad. No hay que olvidar que la guerra es un negocio internacional que deja en manos de particulares más de 100.000 millones de dólares al año, una suma inconmensurable con la que podría sacarse a más de la mitad de familias pobres de todo el planeta y saciar el hambre de más de 1.200 millones de personas que a diario buscan alimentos en los botes de basura.

Pero como acabar la pobreza no es un negocio sino una inversión, mantenerla viva sí se convierte, necesariamente, en un negocio, ya que permite, como en el caso de Colombia, reducir la inversión en educación, privatizar la salud, despojar de sus parcelas a campesinos indefensos, perseguir a los opositores, cobrar el cuatro por mil por cada retiro de los cajeros, quitarles a los pobres el subsidio de vivienda y servicios públicos y disminuirle los impuestos a la empresa privada, como hizo el actual gobierno.

De manera que defender el statu quo es mantener el pasado vigente. Es defender los abolengos como una cualidad social y tener bien demarcada esa línea roja que separa a los ricos de los que no tienen nada. Solo así podría entenderse el actuar de nuestra clase política, cuyos intereses son los mismos de los señores Sarmiento Angulo, Ardila Lülle, Julio Mario Santo Domingo y una corta lista de 40 familias que han mantenido, desde los inicios de la República, la hegemonía económica y política, ya que, para estos, la existencia de esa ancha brecha de desigualdades sociales, es ganancia.

En Twitter: @joaquinroblesza

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(*) Magíster en comunicación y profesor universitario.