Antes de llamar a Raúl Zurita, uno de los grandes poetas chilenos de los últimos años, pensé en Augusto Pinilla, otro poeta, este colombiano, pero sobre todo mi profesor. Pensé varios minutos en sus advertencias acerca de los autores. “No pierdan el tiempo conociendo a los escritores, léanlos. Eso trae menos decepciones”, decía cada clase. Así, fui desarrollando una aversión profunda a las entrevistas con escritores. ¿Qué preguntarles que no esté en su obra? ¿Cómo no perder lo que sí puede la escritura y no las conversaciones?

Ya era tarde para preguntarme eso. Faltaban cinco para las nueve, la hora en que debía llamar a Raúl. No había vuelta atrás. Debo aceptar que otras cosas me asustaban: que la conversación se cortara, que el internet no alcanzara, que sus palabras se me hundieran en su temblor y no pudiera entender lo que me decía, que mis preguntas le incomodaran y especialmente que mi entusiasmo por entrevistarlo nublara la posibilidad de que esto fuera una entrevista interesante periodísticamente, más allá de mí, de mis prejuicios, de mis subjetividades.

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Creo que ya no me preocupa eso. Y no porque esta entrevista haya logrado algo más allá de nosotros dos o haya escapado a mis amores, desamores, vacíos o faltas, sino precisamente por lo contrario, porque pocas veces podemos expresarles a los autores cuánto los queremos, cuánto de nosotros metimos en su obra, cuánto los malinterpretamos quizás, y cuántas preguntas quisiéramos hacerles.

Raúl vivió la dictadura chilena del año 73. La escribió y la superó con creces. Raúl me enseñó a enamorarme del desierto de Atacama y de sus muertos. Fue a Raúl a quien leí en ese silencio. Purgatorio (1970-77), Canto a su amor desesperado (1985), INRI (2003) y muchos otros, me acompañaron en mi búsqueda por los testimonios posdicatatoriales. En mi búsqueda por lo que quedó después de 45 años de otro de los eventos que convirtieron a Chile en la gran tumba que es hoy. Tal vez todos los países sean tumbas.


Cementerio Pisagua, Desierto de Atacama, Chile. Foto: Six Zero Medio/ Nicolás Peláez.

A las nueve en punto debía tomar la decisión de llamarlo con la cámara encendida o apagada. Me decidí por apagarla. No sé qué habría pasado si lo hubiera visto. Pero me alegra tener su voz. Esta entrevista es eso, la voz del gran faltante de la Feria del Libro de Bogotá, la voz de alguien que quiero y que he leído desde el cariño. Una voz que tiembla por el párkinson y que falta por el párkinson también. La voz de uno de los escritores latinoamericanos que más ha narrado los horrores y los pequeños amores de esta humanidad tan desértica como Atacama.

Cuando estuve en el desierto de Atacama sentí un silencio profundo que nunca había sentido en mi vida. Porque allá no se escucha el viento ni los animales, nada. Fue muy abrumador. Y, entonces, pensé mucho en esa imagen que creas en INRI sobre las flores que gritan, las rocas que gritan, las llanuras que gritan. Y me pregunto: ¿para ti qué significan esos gritos en un silencio tan latente como el de Atacama?

Yo sentí también ese grito del paisaje. Nadie habla, eso es cierto. Durante la dictadura nadie hablaba tampoco, nadie decía nada, nadie daba información, entonces era esa vieja sentencia bíblica que está en uno de los evangelios que dice: "las piedras hablarán". Era esa sensación de que todos, excepto los hombres, podían hablar. La arena, las rocas, el viento… todo. Si piensas en los presos de la dictadura que estuvieron en el desierto, entiendes por qué esos poemas solo se pueden escuchar, no decirse. Poemas hechos para escucharse y no para pronunciarse. Presos sin voz, pero con oídos. Las piedras gritan, las flores también gritan pero solo cuando las dobla el viento. Atacama es una geografía del dolor.

“Impresionantes llanuras llueven para los peces: Días que ya nunca serán, ojos pegados a un último cielo, amores que no fueron dichos”.

En el desierto hablé con Violeta Berríos, líder del grupo de las Mujeres de Atacama. Violeta me dijo que sentía un amor y odio por el desierto. Me dijo que sentía que el desierto era cómplice de las desapariciones, pero que al tiempo le había entregado pedazos de su esposo y de los otros que desaparecieron ahí. Entonces, ya que me dices lo de las geografías, no sé si sientes también que Atacama fue cómplice del dolor.

Respetando absolutamente la percepción de los sobrevivientes del desierto, creo que los paisajes han sido la única piedad que sus cuerpos tuvieron. Los paisajes los acogieron. Ellos, los paisajes, los recibieron, los ampararon de los crímenes que cometieron los hombres. La geografía es la única dignidad final que les quedó. Creo que todo país, todo lugar con desaparecidos o muertos por violencia, es un memorial, una gran tumba. Y lo impresionante es que hayan sido los paisajes los que cuidaron de esos cuerpos que otros hombres asesinaron, y los hombres los que no quisieron devolver ni identificar esos cuerpos. Los paisajes lo que hicieron fue acogerlos, recibirlos.

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Siento que la geografía de Chile es particular en muchos sentidos. Siento que ese mar que se enamora del desierto produce una cantidad de cosas muy especiales, cosas indecibles. Y, en ese sentido, me pregunto si la literatura puede narrar esas cosas. Lo digo porque yo misma sentí que no tenía las palabras para expresar lo que vi allá. Entonces mi pregunta es por el lenguaje, ¿crees que es suficiente para cubrir la experiencia del horror y de la memoria?

Yo pienso que el poeta es alguien que da una lucha física contra el muro de silencio, contra lo indecible. Es una lucha casi física para arrancarle a ese indecible algo, unas pocas palabras. Eso es una lucha casi a muerte, pero hay cosas que nunca llegarán a contarse, nunca llegarán a decirse. Ese dolor es tan fuerte que no puedes ni siquiera decir sufro, porque si dices sufro desintegras la cadena de la vida. Ese es el infierno de todo lenguaje, de toda escritura: aquello que no podrá nunca decirse, que nunca alcanzará en un mar de palabras. La poesía es el intento más vasto y más desesperado por arrancarle a ese muro del silencio una piedra más, una expresión más, un dicho más. Es paradojal porque precisamente debido a que las palabras no alcanzan no pueden expresar el horror que conllevan, pero por ese motivo hay que gritarlas. Hay que gritar esos silencios. Hay que gritarlos con todas las fuerzas de las que seamos capaces. Gritar los silencios, gritar lo que las palabras no pueden.

“De lejos parece una mancha negra, pero es un Barco. Debajo las piedras amontonadas contra su casco asemejan olas. Pero no son olas, son sólo piedras y gritan”.


El mar del norte de Chile. Foto: Six Zero Media/ Nicolás Peláez.

Hay algo que me ha venido molestando mucho y es cuando la gente dice “deje su obsesión”, “ha pasado mucho tiempo”, “hay que pasar la página”, “dejen de hablar de la dictadura”. Me pregunto si a ti también te molesta, tú que viviste la dictadura, tú que llevas 45 años escribiendo sobre ella. ¿Qué significa el tiempo en la escritura? O sea, ¿cómo sopesar esas críticas?

Si la poesía no nombra, nada nombra. Nada alcanzará. Yo no escribo sobre el Golpe, yo escribo sobre hechos de la condición humana. Es el golpe en Nagasaki-Hiroshima, es Auschwitz…, entonces no es que yo esté repitiendo un tema como una especie de letanía, sino que al hablar de un solo hombre puedo hablar en el fondo de la humanidad entera, de todos los seres humanos. La poesía intenta narrar las cosas para que no vuelvan a repetirse. Ahora, es un intento desesperado por que las cosas vuelven a repetirse. Pero mi tema no es el Golpe de Estado en Chile, mi tema es todo, todo, todo, todo. Es la impotencia, la incapacidad de ser felices, cuando la felicidad es algo que estaría a mano. Entonces no es el Golpe de Chile, son todos los golpes de los seres humanos. Yo hablo de los hechos humanos, del espanto, pero al mismo tiempo de la esperanza. Una esperanza que solo se puede lograr hundiéndose, buscando en las zonas más vergonzantes, más terribles de la experiencia humana.

Ya que lo pones en esas palabras, no es como que uno se obsesione con un solo hecho...

No, para nada. Para mí es la persona que está siendo torturada en México, masacrada por los narcos; es la última mujer que está siendo violada por soldados; son los tipos de Libia, de Siria; es cada ser humano que siente violencia. El apocalipsis no es mañana, el apocalipsis sucede en este minuto. Por cada hombre violentado, se violenta a la tierra entera. Por cada mujer violada, se viola a la tierra entera. Entonces es una mirada destructiva ver en esos poemas una obsesión con Chile, porque yo hablo de todo. Ahí están todas las tragedias, algún día tal vez aprendamos que somos una humanidad. Que estamos absolutamente interrelacionados los unos con los otros y que ser una humanidad significa ser responsable por todos los crímenes que otros seres humanos han cometido. Y si alguna vez construimos un mundo bello y justo, esa también será una tarea de la humanidad entera.

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Te quiero hablar de algo que te puede cansar un poco –me dices y podemos no hacerlo– porque sé que te lo han preguntado muchas veces, pero insisto por una respuesta que diste alguna vez en otra entrevista. Cuando te preguntaron por el párkinson dijiste algo como: "a mí el temblor de Chile se me pegó al cuerpo" y yo sentí como si a todos se nos fuera pegando el temblor de los otros. Y ahora que hablas de la condición humana, quiero saber si has reflexionado de esa manera sobre la enfermedad. La enfermedad como una forma de lenguaje, creo yo, si así se pudiera decir.

Yo, yo, yo, yo creo en esto: toda enfermedad es una forma de lenguaje, es una forma de decir algo, por duro que sea, por terrible que sea. Tú estás expresando algo, estás diciendo algo. Y tus piernas y tus brazos quieren decir su propio discurso. Entonces por eso se te desordena, se te desordenan las piernas, los brazos. Todo quiere hablar, todo quiere decir y es muy probable que las enfermedades individuales no sean más que la expresión de los grandes dolores colectivos. Expresiones que aparecen en distintas formas. Pero que solo los enfermos, solo los carentes, solo los débiles, son capaces de mostrar. Porque los demás están demasiado llenos de sí mismos. "Felices los felices", se oye, y a los felices no hay que tocarlos. Hay que preocuparse por cuán mal están los que están mal, y los que están mal están demasiado mal. Y mientras haya un ser humano tan mal, como los que están mal, de nada podemos enorgullecernos.

“Cientos de cuerpos fueron arrojados sobre las montañas, lagos y mar de Chile. Un sueño quizás soñó que habían unas flores, que habían unas rompientes, un océano subiéndolos salvos desde sus tumbas en los paisajes. No. Están muertos. Fueron ya dichas las inexistentes flores. Fue ya dicha la inexistente mañana”.

En Santiago tuve una experiencia muy rara, creo que no hay otra palabra para definirla. Hablamos con un exteniente coronel de la dictadura, pero antes de darnos su testimonio nos dijo que estaba loco. Él utilizó la palabra loco muchísimas veces, como para deslegitimar su testimonio, como para que no creyéramos en lo que nos estaba diciendo. Ahí pensé mucho en la enfermedad, y en ti, porque siento que son experiencias totalmente diferentes de la enfermedad. Y me acordé de un ensayo que escribiste hace años, “Literatura, lenguaje y sociedad”, en el que dices que el lenguaje es el primer terreno en el que la dictadura utiliza el eufemismo como para no mencionarse o para torcerse, diría yo. ¿Qué hay de esa clase de enfermedad, de la enfermedad inventada?

Hay una frase que creo que es de Kafka: “la enfermedad como excusa”. La enfermedad utilizada como excusa, como telón que oculta para no hacerse responsable de los propios actos y de las propias palabras. Pero, lo que pasa es que todo régimen tiránico lo primero que trata de imponer es su dominio sobre el lenguaje. Entonces, lo primero que hizo la dictadura chilena, como todas las dictaduras, es tratar de darle a las palabras otro significado. El significado que ellos quieren. En Chile se produjo una guerra por la propiedad, por el sentido de las palabras. Teníamos el chile de la guerra, de los militares y las bombas, y el Chile que construyeron Neruda, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Víctor Jara. ¿Entonces cuál era el significado de las palabras? Creo que lo primero fue dar esa lucha desde la poesía, desde el arte, porque las palabras son el último intento de que no nos gane el fascismo. Entonces si el lenguaje es ganado por el fascismo hay muy poca esperanza. La gran lucha de los artistas, de la cultura actual, de los escritores es la lucha por el lenguaje, porque no sea apropiado por el fascismo, porque el lenguaje no sea el gran castigador, porque el lenguaje no sea el gran delator, porque el lenguaje no sea el gran verdugo. Entonces la lucha por las palabras es la lucha en la que se centra la poesía y el arte, al menos en latinoamérica y creo que en el mundo entero. El fascismo no puede ganar el lenguaje. No puede torcerlo, no puede mentirle, ni siquiera cuando lo hace desde los enfermos.


Que la carretera nos encuentre. Foto: Six Zero Media/ Nicolás Peláez.