Porque de alguna manera las campañas a favor del arte sigue siendo en Colombia campo de atención de individuos y entidades privadas, más que objeto de una política pública de Estado. Algunas campañas confunden arte con entretenimiento y su propuesta cultural se centra en la promoción de industrias culturales. Otras, sienten que impulsar la cultura equivale a promover tertulias en salones comunales y defender el emprendimiento. Pero ninguna hace referencia a los artistas de formación, de oficio, a los talentosos historiadores que hacen un gran esfuerzo para documentar la historia de colombia a través del arte y su recorrido.
El arte tiene un papel que va más allá del disfrute estético. En un contexto como el colombiano, en el que la guerra ha marcado la vida de muchos, los usos contemplativos nos pueden ayudar a cambiar de chip. A formar mejores seres. A pensar como nación. A apostarle a la reconciliación.
Una estrategia política pertinente es la de destinar partidas para acercar nuestros artistas a las regiones, fomentar sistemas educativos que incluyan actividades lúdicas para los niños y jóvenes en los museos, hacer escuelas que vayan más allá de la formación para el trabajo y en las que se pueda aprender canto, baile, pintura. Eso implica una apropiación presupuestal muy superior a los 340.000 millones destinados en 2018. Cumplir la promesa de que con el fin de la guerra vendrían otras prioridades.
En Colombia hay muchos colombianos a tener como armas un pincel, un piano, un lienzo, una flauta. La escritura, la danza, el canto son políticas inexploradas de reconciliación. Hay quienes dicen que pensar en el arte es para un país como Dinamarca y no “para cundinamarca”. Pero una propuesta cultural seria, que vaya más allá del espectáculo, y nos ayude a construir nuestra memoria y nuestra verdad no es una propuesta de lujo, sino una propuesta necesaria.
