Y entonces, después de haberle entregado a la noche bogotana cerca de dos horas de su música, de su experiencia, de sus beats y de su atmósfera audiovisual entre planetaria e interplanetaria, estos humanoides musicales se despidieron del escenario uno por uno, dándose cada cuál unos segundos para recibir el calor del público: Falk Grieffenhagen, Henning Schmitz, Fritz Hilpert y, por último, la pieza vital que los hace Kraftwerk, su cofundador Ralf Hütter . Y, aún en la ausencia, a lo largo de esta entrega, también se le rinde justísimo tributo a la figura de Florian Schneider .
Vestidos con sus trajes fantásticos, reminiscentes de la mejor etapa de Automan (personaje al que sin lugar a dudas inspiraron), los cuatro en escenario dejaron huella con lo que sea que entregaron anoche en el Chamorro City Hall… un concierto, un performance musical, un happening redundantemente irrepetible...
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Para cada uno, pero especialmente para Hütter, los aplausos fueron masivos y muy muy merecidos. Los recibió por lo que presentaron anoche (porque sonaron a su altura, se vieron a su altura), y también por lo que han hecho desde finales de los años sesenta , influenciando una visión del futuro cuando este ni existía. Esa visión aún es vigente en espíritu, y por eso este era un show que había que ver, porque el tiempo no lo afecta excepto para volverlo más trascendente y profético (y porque será su única vez en el país).
Bogotá fue un Computer World... Foto: @mava.villamizar
La gente no agotó la boletería, pero todos los que llegaron (con un nicho sustancial, si bien no exclusivo, de mayores de 40 años) expresaron fervor por el arte, la estética y la entrega de este colectivo que tantos caminos sigue abriendo. Y vale anotarlo, son eventos así los capaces de volar cabezas y propulsar el arte que viene mañana, en diez años, en veinte. Son una experiencia y una ventana a una apuesta artística maravillosa que sigue definiendo la vanguardia. En ese sentido, se le debe agradecer la apuesta a la organización por traer al país un acto así de histórico e importante en su eterna vigencia, en esta época, en este mundo de computadores.
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Mientras Kraftwerk riega al público su mirada del futuro congelada en un pasado entre inocente y despierto, el show se siente absolutamente fresco, tan claro y fino como la definición de la gran pantalla que proyecta su espectáculo al terreno de las ondas, de los mapas, de los lugares y de las ideas. Por eso la ‘pantallita’ es condición básica de la experiencia, y no decepciona. Entre lo mucho que visualmente envuelve del show, números, carreteras, radiactividad, Tours de France, luces de neón, trenes y una nave voladora que se acercó vía google maps a Bogotá Colombia, para aterrizar literalmente, en la pantalla de video y en la realidad, en el Chamorro City Hall.
Cuatro figuras y su enorme pantalla. Foto: @mava.villamizar
De la música, de sus himnos, brota el espíritu de estas imágenes. Y en ese sentido, Kraftwerk entregó lo que se esperaba, que no era poco: llenó el recinto del norte de la capital con su frecuencia particular, que fluctúa entre lo atmosférico experiencial y los momentos bailables esporádicos (que cuando van, van en serio). Algunas de sus canciones son naturales detonantes de baile, y en esta versión en vivo de su arte, fue muy emocionante ver cómo las llevaban a un nivel más cautivante aún. En algunos casos, como en “The Robots”, llevan a esta canción que permite por naturaleza un baile interesante al terreno de un rave gentil, pulsante y delicioso, de esos que no se quiere que terminen jamás. Y no fue el único caso.
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Su música en interacción con sus videos en juego con sus trajes en confluencia con un público hipnotizado por el groove indetenible de muchísimos matices dieron para una noche especial. Se veía venir, y vino.
La boletería, no es secreto para nadie, no se movió como se esperaba una banda de esta historia e impacto, y es una realidad triste, pero quienes estuvieron se hicieron sentir positivamente (algunos otros, pocos, quizá no tan claros en la naturaleza de la propuesta, se lanzaron demasiado rápido a la charla en los momentos más calmados, pero ya pasó). Lo que queda es la gran memoria de una banda de ramificaciones históricas, que desplegó su paleta sonora, visual y estética en este, un nuevo país.
No lo puede evitar, parece, Kraftwerk sigue haciendo historia con cada paso que da. Y desde ahora, por siempre, Colombia hace parte de su leyenda.
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