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"La pobreza de Cuba no me pareció muy distinta a la de Chocó"

‘Candelaria’, la más reciente película del director chocoano Jhonny Hendrix, que ganó un premio en las Jornadas de los Autores del Festival de Venecia, ya está en las carteleras del país. SEMANA habló con él.

"Candelaria", dirigida por el colombiano Jhonny Hendrix Hinestroza, está desde este jueves en las carteleras del país. Es una película muy esperada, pues en septiembre pasado se llevó el premio de las Jornadas de los Autores, una sección autónoma de la Mostra de Venecia.

El jurado destacó que es "una de esas raras películas que entregan bondad y calidez a la audiencia mostrando una forma poco convencional de redescubrir el amor de una pareja de ancianos que luchan por sobrevivir en Cuba".

La película está ambientada en La Habana de 1994, en pleno auge del embargo sobre Cuba y en la crisis que suscitó la desintegración de la Unión Soviética

Es una historia de redescubrimientos. Los protagonistas, quienes viven una fría y distante rutina de pareja luego de muchos años de matrimonio, reencuentran el amor, la pasión y la complicidad gracias a una cámara de video que se encuentran perdida en un hotel de La Habana. A partir de entonces se desarrolla una historia llena de nostalgia y erotismo. Todo, mientras Cuba vive las dificultades económicas derivadas de la caída de la Unión Soviética y el bloqueo económico.

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Para Hendrix, esta película “lo transformó por dentro”. No solo por la relación que estableció con los actores protagonistas, sino porque la cinta llegó en un momento clave de su vida: su padre, recién pensionado, estaba sintiendo el peso de la edad y eso, sumado al desgaste emocional luego de Saudó –una película en la que trató temas como la brujería y la espiritualidad en algunas zonas del Pacífico–, le estaban pasando factura.

El rodaje, sin embargo, no fue fácil. La sorpresiva muerte de uno de los actores principales y la de Fidel Castro en medio de las grabaciones, encarecieron los costos y los obligó a modificar todo el calendario de producción.

De esas anécdotas y mucho más habló Hendrix con SEMANA hace un año, cuando la película estaba a punto de estrenarse en Venecia. Esta es la reproducción de esaa entrevista: 

SEMANA: Sus dos primeras películas transcurrían en el Pacífico colombiano. Pero esta vez viajó hasta la otra costa: el Caribe cubano. ¿Qué lo llevó a cambiar por primera vez de escenario?

Jhony Hendrix: Es una historia larga. Candelaria nace al mismo tiempo que acabamos Saudó y es como una digestión sobre mi propia historia, como uno de esos demonios que uno tiene que exorcizar de alguna forma en algún momento. Antes de decidir el lugar de rodaje, yo sabía que quería escribir algo que tuviera que ver con el miedo a envejecer, porque más o menos en 2012 pude ver cómo les pegaba la vejez a mis viejos. Mi papá, un hombre que era muy trabajador y luchador, se jubiló y de un momento a otro empezó a sentir que ya no tenía nada que hacer y que las paredes de su propia casa lo estaban encarcelando. Eso me preocupó y desde ahí me dio por hacer una película sobre el tema.

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SEMANA: ¿Y cómo llegó la historia a Cuba?

J.H.: Por esos días me invitaron al Festival de Cine de La Habana y allá una persona me contó sobre el ‘periodo especial’ en Cuba, una época que todos en la isla recuerdan, pero de la que pocos quieren hablar: la crisis económica por el colapso de la Unión Soviética y el embargo norteamericano. Esas vivencias me recordaron a mi Chocó, a mi Quibdó, a mi niñez.  Así que decidí unir ambas cosas.

SEMANA: ¿Por qué le llamó la atención esa época específica de la historia cubana?

J.H.: Porque es un momento clave. Cuando terminan los años ochenta y arrancan los noventa, el mundo vive una especie de transformación extraña. Se cayó el muro de Berlín y se desmoronó la Unión Soviética. Ese país era el que apoyaba directamente a Cuba, que, sin embargo, se quedó viviendo en otra época y no tuvo cómo responder a esos cambios.  Así que les tocó crear un turismo inmediato para ver si podían vivir de eso, y lo que se generó fue una especie de turismo sexual, en donde los más jóvenes salían a prostituirse para poder conseguir dólares. Y mientras ellos dinamizaban la economía, los viejos simplemente esperaban que sus hijos les llevaran algo. Esa pobreza no me pareció muy distinta a la que viven algunos de nuestros viejos.

SEMANA: Finalmente los problemas en la región son muy similares…

J.H.: Yo siento que América Latina es una sola. Todos siempre hablamos de Cuba, del socialismo, de su pobreza. Ahora hablamos de Venezuela y de su crisis. Pero no hay que mirar muy lejos; en Colombia, así no lo queramos aceptar, hay mucha gente que vive igual y muchos de nuestros viejos mueren en una pobreza absoluta.  Así que, por más que a esta película la engalane un cierto acento cubano o los boleros de la isla y su música romántica, también es muy colombiana y muy latinoamericana.  

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SEMANA: ¿De qué se trata exactamente la historia?

J.H.: Mi historia va de un par de viejos que ya se desgastaron en el amor. Ya no se tocan y no se miran, pero se acompañan mutuamente.  Nunca tuvieron hijos, entonces no tienen quien se prostituya por ellos. Los dos viven literalmente de lo que les puede dar el Gobierno. Un día ella, que trabaja como mucama en un hotel y en las tardes canta boleros con un quinteto en una taberna de mala muerte, encuentra una cámara de video abandonada. Decide llevarla a la casa porque piensa que se puede vender, y ahí es cuando él, que trabaja en una tabacalera leyéndoles historias, libros y noticias a los campesinos que envuelven el tabaco, empieza a grabarla a ella. La graba mientras se baña, mientras camina, mientras se viste, y eso empieza a excitarlo. Así nace un nuevo romance entre estos dos personajes: se empiezan a tocar, empiezan a bailar, se empiezan a besar y viven una especie de nueva adolescencia. Pero un día se les pierde la cámara, y no diré más…

SEMANA: ¿Cómo fue la experiencia de filmar fuera del país?

J.H.: El rodaje fue una cosa muy dura. Esta película de verdad me transformó. Primero, porque emocionalmente venía bastante desgastado luego de Saudó y, además, estaba buscando otras historias y nuevos rumbos en mi vida. La cinta ayudó porque me apasionó mucho, pero no estuvo exenta de líos. Habíamos conseguido dos actores cubanos profesionales para los papeles protagónicos y estábamos ensayando con ellos desde agosto. Pero cuando llegó octubre, Jesús Terry, el actor que hacía de Víctor Hugo (el protagonista) empezó a maluquearse en medio de los ensayos. Se fue a la clínica, lo hospitalizaron y a una semana después murió…

SEMANA: Muy difícil perder al actor principal en medio del rodaje…

J.H.: ¡Claro! Y ya habíamos arrancando a filmar la película. Nos tocó cambiar de protagonista, volver a grabar, volver a hacer un montón de cosas. Pero más allá de eso, su muerte me golpeó hondo: me hizo sentir esa fragilidad que es la vejez, que es la vida. Uno de joven no la siente, pero de viejo ya empieza a pensar que está llegando a sus últimos días. Nunca me imaginé que algo así pudiera pasar con uno de los actores de la película. Fue dolorosísimo para todo el equipo. Lloré durante más de una semana porque me había compaginado, y casi que enamorado, de Jesús Terry. Lo había adoptado como un papá y habíamos construido una relación muy bonita.

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SEMANA: ¿Es cierto que también murió Fidel Castro en medio del rodaje?

J.H.: Sí, y eso fue durísimo porque nos cambió la isla inmediatamente. Tocó modificar el plan de rodaje, afectó todo lo que se había hecho de producción y nos encareció un poco la película. Pero más allá de todo eso, el rodaje fue una experiencia bellísima y enriquecedora. Al final, Cuba se convirtió en un personaje más en la historia. Uno más sonoro, que visual.

SEMANA: Esta es una película coproducida por Colombia, Alemania, Cuba, Argentina y Noruega, ¿cómo consiguió que tantas personas se sumaran al proyecto?

J.H.: Es gente con la que hemos trabajado antes o personas que cuando leían el guion, quedaban fascinados con la historia. A dos personas de Alemania, por ejemplo, los encontramos en el Bogotá Audiovisual Market (BAM), una especie de rueda de negocios que se hace en la ciudad. Ellos se enamoraron de la historia, la presentaron para fondos en Alemania, y ganamos. También pasó lo mismo en Noruega y en Argentina. Cuba no tiene fondo cinematográfico, pero todo lo trabajamos con la productora Quinta Avenida. Nos unimos entre los cinco países, los protagonistas son cubanos, pero también hay actores argentinos, colombianos y alemanes.

SEMANA: ¿Es fácil para un director colombiano contar historias de otros países de América Latina?

J.H.: Tristemente a todos los directores latinoamericanos nos encasillan con que tenemos que hacer películas solo en nuestro territorio. Y no. Somos la misma cosa. Lo único que deberíamos hacer es contar historias y dejar de ponerle fronteras a las ideas. O por lo menos a los sentimientos. Empezar a ver las películas de una forma más universal. Si en otras partes del mundo pensaran igual, Iñárritu no podría hacer cine en Estados Unidos, ni en España.  Yo sí me imagino que va a salir más de uno a decir que esta no es una película colombiana porque fue filmada en Cuba, pero para mí esta es una historia muy colombiana, muy cubana, muy argentina, muy alemana. Todos pusieron  la semilla y permitieron que la película fuera una realidad.

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SEMANA: ¿Qué similitudes encontró entre La Habana y el Pacífico en el cual grabó sus primeras películas?

J.H.: Siempre que me preguntan por qué decidí ser cineasta, yo digo que es por pura nostalgia. Yo nací con nostalgia. Y eso es algo que tenemos todos los que vivimos en las costas, junto al mar y, de una u otra forma, cerca de la selva. Los viejos tienen esa nostalgia en la mirada, en su andar, en sus palabras. Siempre hablan en metáforas. Y eso, que veía mucho en mi Pacífico, lo encontré en Cuba. Las brisas, los atardeceres, las miradas de la gente, la alegría, la forma en la que conviven todos como una gran familia. De hecho, aunque muchas de las calles de La Habana eran muy diferentes a las de mí Chocó, los seres humanos que las caminaban sí eran muy similares. Por eso esta película no me quedo grande. Es muy sincera y muy humana, y a los personajes prácticamente ya los conozco.

SEMANA: Luego de esta película, ¿qué se viene? ¿En qué proyectos está trabajando?

J.H.: Estamos haciendo muchas cosas. Por un lado, escribiendo una película que queremos hacer por los lados del Darién, con dos niños indígenas. También otra que arrancamos hace dos años,  sobre un tema que ahorita está de moda. Es sobre un escritor que está haciendo un libro sobre los campos de concentración y el nazismo, sin darse cuenta que su hijo se está mezclando con grupos neonazis.  Porque al final el hombre está tan cegado, que está diseñado para cometer los mismos errores década tras década.