ópera

Kirlianit Cortés, la voz colombiana que retumba en Austria

Nació en Montenegro, Quindío, y a fuerza de voluntad y trabajo logró llegar a las grandes ligas de la música europea. Le acaban de dar el mismo puesto que, en su época, ostentaron genios como Mozart y Haydn.


Cuando llega la noche, Kirlianit Cortés Gálvez se levanta del piano de cola en el que ha ensayado por más de 12 horas, se sienta frente al teclado eléctrico y se conecta a unos audífonos para seguir estudiando las partituras. No quiere estropear el silencio que empieza a reinar en su casa. Tampoco el sueño de su esposa o de sus dos hijas, que ya duermen en habitaciones contiguas.

Su sangre quindiana lo hace dicharachero y conversador, pero ahora habla poco y con poca gente. Pasa sus horas metido en un pequeño estudio en su casa, cerca al Danubio, en la capital de Austria. Se prepara para el mayor reto de su vida: lo acaban de nombrar kapellmeister de los Niños Cantores de Viena, el coro más antiguo del planeta y probablemente también el más famoso.

Ese cargo, que en español significa maestro de capilla, fue un cargo de gran responsabilidad y prestigio que desempeñaron grandes compositores desde el Renacimiento hasta el comienzo del siglo XIX. Dos ejemplos más que notables son Johann Sebastian Bach y Joseph Haydn. Ahora, Kirlianit dirigirá el Elevenchor, el último filtro antes de que los pequeños consigan la proeza de ingresar a los coros principales de esa agrupación coral en Viena: Schubert, Bruckner, Mozart y Haydn.

Kirlianit Cortés se ha presentado  en grandes escenarios del mundo  como el teatro Di Spoleto, en Roma,  o el Bunka Kaikan, en Tokio.

Unas semanas antes de que la pandemia paralizara todo, recibió la misión directamente de Gerald Wirth, director artístico del Coro, conformado por unos 100 niños de entre 10 y 14 años. La situación es angustiante, y decenas de conciertos alrededor del mundo han sido cancelados. Pero Kirlianit sabe que el coro sobrevivirá a esta crisis, como a guerras mundiales y a otras pandemias y calamidades desde 1498, cuando nació.

En una entrevista por Zoom, a mitad de la noche en el Viejo Continente, Kirlianit narró su infancia en Montenegro. Habla muerto de la risa, como si estuviera en alguna fonda de la ruralidad cafetera, con una botella de aguardiente y quizá rancheras de fondo.

Su relato, precisamente, tiene que ver con café y con las horas que de niño pasaba agazapado recogiendo los granos que se caían de la carga de las mulas para cambiarlos por helado.

Para entonces, Kirlianit Cortés no se imaginaba a sí mismo en el futuro como un tenor de renombre cuya voz retumbaría con honores en escenarios como el teatro Di Spoleto, en Roma, o el Bunka Kaikan, en Tokio. Se veía como un recolector metido entre cafetales, un vendedor de ollas o un bombero. Su prodigiosa voz, capaz de estremecer el alma de cualquiera, le vino, según cuenta, por azar. Pero nada lo es.

Para ingresar a los Niños Cantores de Viena, los pequeños aspirantes deben ensayar, de la mano de Kirlianit, unas 25 horas a la semana.

Lo dice por la manera en la que conoció la música. Siendo muy niño, empezó a estudiar canto los sábados, solo para evadir las jornadas de aseo doméstico que su papá, el profesor de Física del pueblo, les había impuesto a él y a sus hermanas. Para ser consecuente, cantaba en misas y en agasajos. Cada vez, la idea de tener a un cantante ilusionaba más a la familia. Y a él, lo henchía de orgullo. Cantaba en orquestas y papayeras, también en bares, en conciertos y en concursos de música colombiana, en donde apiló un buen número de trofeos y reconocimientos.

Para entonces, el canto se había convertido en su primer amor. El segundo era Victoria Sur, una joven talentosa que también se iniciaba en la música y que, años después, sería una de las voces de la mítica telenovela Café con aroma de mujer.

De ella se apartó luego; no así de los escenarios. Siendo un adolescente, empezó a estudiar Música en la Universidad de Antioquia y luego en el Gran Teatro de La Habana.

Debutó en 1995, en la Ópera de Colombia, cuando interpretó a Borsa, en Rigoletto, de Giuseppe Verdi. Cuando cumplió 24 años, gracias a los buenos oficios de una profesora búlgara consiguió ingresar en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena, bajo la tutoría de la desaparecida mezzosoprano Margarita Lilova. Allá estudió canto e hizo una maestría en Interpretación de Literatura de Concierto y especialización en Interpretación de Ópera. “Los títulos no son importantes, lo importante es lo que uno aprende”, dice por la pantalla.

Suena modesto y trillado, no lo es tanto. De hecho, cansado del encopetado mundo de las giras y los diplomas, y de sentirse un padre ausente, decidió renunciar al canto y buscar trabajo en un supermercado, como paseador de perros y como jardinero. La decisión le tomó un par de segundos de pie frente a un auditorio que lo ovacionaba y que, paradójicamente, lo hacía pensar más en Amalia y Helena, sus hijas.

Kirlianit dejó las presentaciones por el mundo para estar más tiempo con sus dos hijas.

“Ellas estaban deprimidas, y yo triunfando. ¿Eso vale la pena? Yo creo que no”, dice en tono reflexivo. Entonces se le ocurrió que podía ser profesor, como su padre en Montenegro. Llamó a una vieja amiga que lo contactó con la Fundación Superar Europa, que está en siete países y trabaja con niños y jóvenes despertando sus habilidades musicales y –lo que enamoró a Kirlianit– ofreciéndoles una vida diferente a las drogas o a la delincuencia.

“Ellas estaban deprimidas, y yo triunfando. ¿Eso vale la pena? Yo creo que no”

“Yo pensaba que mi pasión era cantar. No es así. Lo que realmente me gusta es dirigir y hacer música”, dice. Entonces, se acomoda en la silla del pequeño cuarto y se apresta a hablar de una idea que le ronda la cabeza desde que aceptó el cargo. “Sueño con crear los Niños Cantores de Chocó, o de Cauca, o de La Guajira. Es un proyecto que ya funciona en mi cabeza y que haré realidad”.