La semana pasada, después de 70 años, los herederos de Paul Rosenberg recuperaron la pieza central de la que había sido una de las colecciones privadas de arte moderno más importantes del mundo: Mujer sentada (1924), de Henri Matisse. La historia dice que en 1938 Rosenberg era un importante marchante de arte vanguardista que representaba a pintores de la talla de Pablo Picasso, Henri Matisse y Georges Braque. Pero su trabajo se vio interrumpido cuando el Ejército nazi tomó la capital francesa y comenzó a perseguir a los judíos y a despojarlos de sus pertenencias. De ese modo, Rosenberg perdió su colección a pesar de que los dirigentes del Partido Nacional Socialista despreciaban el arte de vanguardia. Terminada la guerra, el francés duró años buscando sus obras y la que más anhelaba encontrar era Mujer sentada. El cuadro de Matisse apareció escondido entre una caja de tomates en la casa de Cornelius Gurlitt, hijo de un coleccionista nazi que alcanzó a amasar una importante cantidad de obras durante la guerra. Era una de las 1.500 piezas encontradas por las autoridades alemanas en la casa de Gurlitt hace poco más de un año. Desde entonces, un grupo de historiadores de arte están dedicados a investigar el origen de cada una de ellas y la semana pasada devolvieron Mujer sentada, de Matisse, a los Rosenberg y Dos jinetes en la playa (1901), de Max Liebermann, a los descendientes del empresario David Friedmann. Pero si la historia de una obra maestra de Matisse encontrada 70 años después en una caja de tomates en un apartamento de Múnich parece fantástica, la del Retrato de Adele Bloch-Bauer I (1907) –la dama de oro de Austria– lo es aún más. Tanto, que inspiró una película que se estrenará  en Colombia el 2 de julio, titulada La dama de oro, dirigida por Simon Curtis y protagonizada por Helen Mirren. Durante 60 años este cuadro de Gustav Klimt estuvo en las paredes del Museo Belvedere en Viena y se convirtió en un ícono para los austriacos, que no sabían quién era la hermosa mujer retratada. La placa del museo decía La dama de oro. En realidad se trataba de la joven judía Adele Bloch-Bauer, cuya identidad había sido borrada por los nazis.  Pero en 2000 María Altmann –sobrina de quien había sido una de las mujeres más bellas de la alta sociedad vienesa- demandó al Estado austriaco para recuperar el retrato de su tía y dio comienzo a uno de los juicios más famosos de la historia. Adele Bloch-Bauer formó parte de la llamada belle époque vienesa. En su casa se reunían con frecuencia el escritor Stefan Zweig, el compositor Gustav Mahler, el arquitecto Martin Gropius, el filósofo Sigmund Freud y el pintor Gustav Klimt con sus discípulos más destacados, Oskar Kokoschka y Egon Schiele. A pesar de venir de una familia conservadora, Adele y su marido, Ferdinand Bloch-Bauer, -un multimillonario dueño de una industria azucarera- se convirtieron en mecenas del arte vanguardista de Viena. Ferdinand pagó a Klimt millonarias sumas para que pintara a su mujer y este hizo dos retratos en estilos completamente distintos. Como era sabido que Klimt se acostaba con algunas de sus modelos –incluidas varias damas de la alta sociedad– corría el rumor de que Adele era su amante y tras la exhibición de Retrato de Adele Bloch-Bauer I se dijo que se estaba enamorado de ella. Adele murió poco después de la Primera Guerra Mundial y su esposo convirtió su cuarto en una especie de museo en el que colgaban los seis cuadros de Klimt de la familia: dos retratos y cuatro paisajes. En su testamento, Adele dejaba sus adorados Klimt al Belvedere. Ferdinand pensaba honrar el deseo de su esposa, pero la llegada de las tropas nazis a Viena en 1938 y los horrores que siguieron lo hicieron cambiar de opinión. En cuestión de días los Bloch-Bauer lo perdieron todo. Ya no eran una de las familias más ricas e importantes de Austria sino unos más de los millones de judíos desposeídos  de Europa. Fritz Altmann –esposo de María- fue enviado a un campo de concentración de donde salió cuando su hermano entregó al Estado su exitosa fábrica textil. Varios de sus vecinos y amigos se suicidaron, otros terminaron en campos de concentración y unos cuantos huyeron de Austria para no volver jamás. María y su esposo se asentaron en Estados Unidos donde tiempo después ella se reencontró con sus hermanos. Entre tanto, Ferdinand se refugió en Suiza. Durante los años de guerra y poco después Ferdinand trató sin éxito de recuperar los Klimt. Antes de morir escribió un testamento en el que desautorizaba el escrito por Adele y dejaba los cuadros –alegando que él había pagado por ellos y era su verdadero dueño– y demás pertenencias a sus sobrinos. Pero recuperarlos iba a ser casi imposible. Los nazis sabían el valor del arte confiscado a los judíos y lo habían declarado patrimonio austriaco para que fuera imposible sacarlo del país. Terminada la guerra muchos trataron de recuperar sus colecciones pero las reglas no habían cambiado. Los cuadros robados estaban en los museos más importantes del país y sus respectivos directores eran los mismos que cuando los nazis estaban en el poder. En el búnker del Belvedere –construido durante la guerra para proteger las obras- guardaron los documentos que demostraban que cientos de los cuadros del museo –entre ellos los seis Klimt de los Bloch-Bauer– eran robados. La existencia de este archivo secreto se descubrió en 1998 cuando la disputa de los herederos de Egon Schiele por dos de sus cuadros obligó a las autoridades a abrirlo. La escandalosa información encontrada animó a María Altmann, de 85 años, a contratar un abogado y demandar a los austriacos. El Belvedere alegaba que el testamento de Adele le dejaba los cuadros al museo y María y su abogado, Randy Schoenberg, se atenían al testamento de Ferdinand que anulaba el de Adele y al hecho de que los cuadros fueron entregados por un alto funcionario nazi. La victoria parecía imposible pero después de seis años de titánica batalla tres jueces austriacos votaron unánimemente a favor de María. Meses después de haber recuperado los cuadros, la austriaca subastó cinco de ellos por más de 150 millones de dólares en una de las subastas más mediáticas de todos los tiempos. Retrato de Adele Bloch-Bauer I –también conocido como la Mona Lisa de Austria- fue vendido a Roland Lauder en una transacción privada por 135 millones de dólares, convirtiéndose así en uno de los diez cuadros más caros de la historia. Hoy la obra es la pieza central del Neue Galerie en Nueva York.   Según explicó Schoenberg al LA Times, María vendió los cuadros porque se habían vuelto tan valiosos que le era imposible quedarse con ellos por cuestión de impuestos. Además, el interés de la vienesa nunca fue quedarse con las obras sino cerciorarse de que se hiciera justicia y asegurarse de que el mundo supiera la historia de su familia y la de su tía Adele.