Opacada por el dictamen implacable de Marta Traba, la crítica argentina que llegó a Colombia a mediados de siglo a imponer orden en la historia del arte colombiano, toda una generación de artistas quedó prácticamente sentenciada al olvido del público. No es que Marta Traba se hubiera dedicado por sistema a descalificar el trabajo de los artistas de la primera mitad del siglo, pero fue tan enfática en lanzar a las generaciones jóvenes que crecían de la mano de Alejandro Obregón como los grandes inspiradores del arte nacional que prácticamente todo el mundo en Colombia quedó convencido de que lo anterior debía ser abandonado en el cajón de los recuerdos. Hoy, cuando los críticos están dedicados a la tarea de evaluar el siglo que termina, algunos se han encargado de desempolvar la historia con el propósito de rescatar a los representantes de esa generación perdida entre los años 20 y 50 y que constituyeron el verdadero eslabón hacia la modernidad. Uno de ellos es Alvaro Medina, quien no sólo escribió un elocuente libro sobre la historia del arte nacional en las primeras décadas del siglo XX sino que sirvió de inspirador para que el Museo de Arte Moderno _MAM_, de Bogotá, reuniera en sus recintos a partir de esta semana una completa selección de obras sobre el desarrollo artístico que le permitió al país asomarse a lo que los expertos calificaron como lo moderno.Tras dos años de investigación y búsqueda de obras en colecciones privadas y públicas en diversas ciudades de Colombia, Latinoamérica y Europa, los curadores, entre los que se encuentra el propio Alvaro Medina, han incluido cerca de 400 piezas entre pintura, acuarela, grabado, escultura, cerámica, dibujo gráfico, publicidad, caricatura y fotografía, las cuales estarán estratégicamente ubicadas ocupando la totalidad de las salas del museo hasta febrero del próximo año. El umbral de la modernidadLa exposición, titulada 'El arte colombiano en el umbral de la modernidad: un homenaje a los artistas antioqueños', tiene como objetivo remontar al público hasta las raíces que permitieron el florecimiento de un arte que alcanzó dimensiones universales sin perder su idiosincrasia. Y para ello ha retornado en el tiempo hasta instalarse en 1922, cuando el artista antioqueño Pedro Nel Gómez organizó en su propia casa de Medellín una exposición de jóvenes artistas, entre los que se destacaban a su lado Eladio Vélez y Rafael Sáenz, iniciadores de la escuela de acuarelistas antioqueños y cuyas pinceladas ya coqueteaban con la modernidad. Mientras en México y Uruguay, en Brasil y Guatemala, y en general en toda Latinoamérica empezaba a crecer un movimiento vanguardista que había llevado a los artistas autóctonos a abandonar las maneras europeas para dejarse influenciar por su propia americanidad, en Colombia las mismas ideas no calaban con tanta rapidez. Pero Pedro Nel Gómez estaba allí para llevarlas a cabo. El y el escultor Rómulo Rozo, quien en 1926, cuando acababa de cumplir 27 años, dio a luz una de sus más insignes obras: Bachué: diosa generatriz de indios chibchas, la cual habría de marcar el derrotero del grupo Bachué, aparecido en 1930 mediante un manifiesto que, entre otras cosas, proclamaba: "Hemos oído la llamada de la tierra y trepados sobre el anillo de nuestro meridiano pregonamos su excelencia". e alguna manera Colombia respondía así a los nuevos vientos levantados por movimientos tan reconocidos como el muralismo mexicano de Diego Rivera y el constructivismo de Torres García. Toda una generación se abrió paso según los nuevos derroteros y Colombia se acercaba cada vez más al umbral de la modernidad según sus propias raíces culturales. Artistas como Alipio Jaramillo, Luis Alberto Acuña, Ignacio Gómez Jaramillo, Débora Arango, Carlos Correa, Sergio Trujillo; fotógrafos como Leo Matiz y el propio Enrique Uribe White; caricaturistas como Pepe Mexia y Ricardo Rendón; ceramistas como Sergio Trujillo Magnenat y Carolina Cárdenas; escultores como Ramón Barba y Josefina Albarracín no hicieron sino enriquecer el panorama artístico de un grupo de creadores que hoy reclama su justo sitial en la historia del arte colombiano del siglo XX. Con esta exposición el MAM no sólo les rinde un homenaje sino que con él aspira a replantear el verdadero aporte que esta generación olvidada le regaló al arte nacional,