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¿Qué tiene que ver el lavado de manos con el crecimiento de la economía?

Un artículo de 'The Economist' explica por qué las acciones colectivas en materia de salud son claves para la generación de riqueza de las ciudades.


La Revolución Industrial transformó la economía global, pero no resolvió uno de los mayores problemas del siglo XVIII: una elevada tasa de mortalidad, especialmente en las grandes ciudades, donde vivían miles de personas e intercambiaban miles de gérmenes.

Un informe de "The Economist" señala cómo las medidas de higiene y en particular el lavado de manos, hoy tan necesario para combatir la covid-19, han sido claves para el desarrollo de las ciudades y del impulso económico que estas les generan a los países.

“La historia del crecimiento económico es en gran parte una historia de la evolución de la higiene. El imperio romano, que tenía altos niveles de urbanización, fue devastado repetidamente por pandemias", explicó la revista británica.

Y agregó que "en varias ocasiones estas amenazaron con derrocar al estado, incluido el primer gran brote de la plaga bubónica que mató a unos 30 millones de personas en el siglo VI y que, cuando repitió, ocho siglos después, reclamó la vida de entre 30 y 60 por ciento de los europeos, de la mano de los comerciantes que se movían de ciudad en ciudad".

Aunque la gente en el siglo XIV no tenía conocimiento del mundo microscópico y consideraba las enfermedades como una cuestión de mala fortuna o un castigo divino, empezaron a sospechar que podían venir de un contagio y allí nacieron las cuarentenas, por los 40 días que debían estar aislados los pasajeros de los barcos antes de poder tocar tierra.

Pero, implementar cuarentenas no llevaba a que los habitantes de la Edad Media fueran más aseados.

Comían sin lavarse las manos, dormían muy cerca de los desechos domésticos, orinaban en el suelo dentro de las casas con pisos de tierra, escupían en público y se sonaban con las manos.

Sin embargo, señala "The Economist" en su edición del primero de agosto, lo que hizo cambiar los hábitos no fue una preocupación por la salubridad, sino el arribismo y el afán por parecerse a los más adinerados, que se distinguían por ser más aseados y, por ejemplo, fueron de los primeros en empezar a usar cubiertos.

Si bien en la era industrial ya había avances en términos de salud, las fábricas contaminaban mucho, las alcantarillas vaciaban sus residuos en ríos y lagos utilizados para el agua potable, lo que llevó a que aumentaran las epidemias por enfermedades transmitidas por el agua, como el cólera y la fiebre tifoidea.

Como resultado, las tasas de mortalidad en las ciudades eran sustancialmente más altas que las de zonas rurales.

Eso hizo que, en esa época, muchos pensaran que las ciudades eran perjudiciales para la salud, aunque no tenían claro por qué. Lo atribuían a malos aires.

Ya para el siglo XIX, se empezaron a promover políticas para la limpieza de las ciudades que incluían recolección de basuras, barrido de calles y provisión de acueducto y alcantarillado.

Esto redujo las tasas de mortalidad de las ciudades, lo que posteriormente mejoró con la vacunación y las volvió a convertir en un buen lugar para vivir.

En el siglo XX, con el descubrimiento de las bacterias y los antibióticos, un alto porcentaje de la responsabilidad de la salud se pasó a las personas, quienes deben cuidar su alimentación y su estado físico.

Sin embargo, la historia reciente ilustra que la salud pública depende mucho de la acción colectiva. Por ejemplo, la pandemia del sida cambió las prácticas sexuales de muchas personas y el coronavirus debería mejorar radicalmente el aseo de las manos de todos los habitantes del planeta (práctica que además previene muchas otras enfermedades y reduce las incapacidades laborales).

En especial, concluye la publicación, esta nueva normalidad beneficiará a quienes viven en las ciudades, lugares en donde se genera el 80 por ciento del PIB global.