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Isabel II: reina para siempre

La monarca fue una gigante y una de las protagonistas más excepcionales de la historia. Cuando nació, el 21 de abril de 1926, no estaba predestinada para reinar. Pero el peor escándalo de la monarquía en siglos, la apartó de su apacible vida y la puso en el camino al trono. Informe Especial por Arnoldo Mutis

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Foto: Reuters

Las alarmas se encendieron el 6 de septiembre, cuando la foto de la reina el nombramiento de Liz Truss como primera ministra, en la residencia de Balmoral, en Escocia, dejó al descubierto un gran moretón en una de sus manos. Ello y la fragilidad que se hacía evidente, sembraron en muchos un mal presentimiento que se haría realidad. Por supuesto, corrieron las especulaciones, como que se le habría puesto una cánula para efectos de una operación.

Dos días más tarde, los periodistas y observadores quedaron estupefactos ante un inusual comunicado de la corte, que decía: “Luego de una evaluación adicional esta mañana, los médicos de la reina están preocupados por la salud de su majestad y recomendaron que permaneciera bajo supervisión médica”.

Se trataba de un movimiento absolutamente contrario al estricto código de discreción que rige a la casa real. La “preocupación” de los doctores, de inmediato, fue entendida como una sutileza, otro rasgo del lenguaje de la monarquía británica, para decir que el estado de Isabel era grave, como lo expresó Nigel Cawthorne, biógrafo de la realeza.

Si algo caracterizó a Isabel en sus 96 años de vida, fue su salud de hierro. Dormir bien y el amor de Felipe eran la clave, decían.

La BBC, estatal de televisión y, por ende, el canal oficial de la corona, suspendió su programación habitual y empezó a registrar que los miembros de la familia real, como el ahora rey Carlos III y su esposa Camilla, los príncipes Andrés, Ana, Eduardo, William y Harry, empezaban a dirigirse a Balmoral, otro gesto opuesto a las costumbres, que agudizó el sentimiento sombrío.

Sin duda, los movimientos de Harry, duque de Sussex, fueron un capítulo aparte, dado que unos días antes él había estado en Inglaterra junto con su esposa Meghan, pero no fue a ver a su abuela en Escocia, ignorante de lo que sucedería. Como se recuerda, la pareja desencadenó la última crisis familiar de las tantas que debió afrontar la reina.

De inmediato, tanto los dirigentes locales, empezando por la primera ministra, como los del resto del mundo, empezaron a expresar que sus pensamientos y oraciones estaban con la reina, cuyos 70 años en el trono, que se celebraron el 2 de junio pasado con bombos y platillos, configuran el reinado más largo en la historia del trono británico.

Ante esta seguidilla de hechos inusuales, los súbditos, quienes veían en Isabel a la madre de la nación y una garantía de estabilidad, empezaron una romería a las puertas del Palacio de Buckingham, su residencia oficial en Londres, cada vez más nutrida.

Al caer la tarde, la conmoción se regó como pólvora por el planeta cuando la casa real anunció que su majestad había muerto “apaciblemente” y rodeada de su familia. Al dar la noticia, la BBC transmitió una imagen de ella en full regalia, es decir con las joyas de la corona y demás insignias como monarca, mientras sonaban las emocionantes notas del himno nacional, God Save the Queen, adoptado en 1745 y cuyo augurio parece haberse cumplido en Isabel: ¡Dios salve a nuestra gloriosa reina,/ larga vida a nuestra noble reina,/ Dios salve a la reina;/ que la haga victoriosa,/ feliz y gloriosa,/ que tenga un largo reinado sobre nosotros:/Dios salve a la reina.

Si algo caracterizó a Isabel en sus 96 años de vida, fue su salud de hierro. Se decía que tres eran las claves para su resistencia en las agotadoras jornadas propias de su rol: dormía bien, tenía buenas piernas y contaba con el apoyo incondicional de su esposo el príncipe Felipe, fallecido hace un año.

A partir de tan sensible pérdida, que le dejó un gran vacío, como ella misma manifestó, que su salud empezó a ceder. Procuró retornar a la normalidad tras el duelo, pero en octubre usó un bastón durante una sesión en la Abadía de Westminster, lo que nunca había hecho en una ceremonia importante. Luego, sus médicos le prescribieron descansar y cancelar su visita a Irlanda del Norte, tras cumplir una ajetreada agenda.

Por esos mismos días, pasó una noche hospitalizada en secreto, pues los médicos querían hacer “investigaciones preliminares”, pero al día siguiente trabajaba en su despacho en el Castillo de Windsor. Isabel no había sido internada desde 2013, cuando estuvo en el hospital Edward VII por síntomas de gastroenteritis. Su anterior paso por un centro médico había sido diez años antes, para una operación de rodilla.

Hacía tiempo sufría de la espalda y fueron justo los problemas de movilidad los que empezaron a alejarla de sus actividades desde el año pasado. Ella, a quien le disgustaba no cumplir su agenda a pie juntillas, no debía sentirse tan bien como para ausentarse de actos tan importantes como el Remembrance Sunday (Domingo de la Remembranza). El resto de 2021 y en enero de este año, solo cumplió tareas leves, como audiencias presenciales y virtuales.

En febrero volvió a aparecer en aquella publicitada recepción en que le respondió a un invitado que le preguntó por su salud: “Bueno, como puede ver, casi no me puedo mover”. La revelación no fue una casualidad y lo más probable es que la reina haya querido romper con su discreción para descubrir ella misma sus problemas. Ese mismo mes la inquietud por su estado aumentó porque contrajo covid-19 y al recuperarse contó que el virus la había dejado cansada.

“Ella era la vida y alma de las cosas. Me habló muy personalmente sobre su infancia en Balmoral y sus caballos”. dijo el reverendo Iain Greenshields, de los últimos en verla.

Desde ese momento, sus faltas en los actos más importantes de su agenda anual, como el servicio en el Día de la Commonwealth o la apertura del Parlamento aumentaron el nerviosismo e hicieron mirar a los súbditos la dura realidad: el declive de la reina se hacía cada vez más notorio. A finales de mayo, el Palacio de Buckingham anunció que ya casi no asistiría a eventos públicos y que en caso de hacerlo se anunciaría el mismo día de la programación.

Sus comparecencias por sorpresa, entonces, causaron sensación, en especial en los festejos centrales de su Jubileo de Platino, a comienzos de junio, en los cuales protagonizó un divertido clip junto con el oso Paddington antes de aparecer, por última vez, en el balcón del Palacio de Buckingham ante una multitud exultante. Tres meses después, el país y el mundo lloran su partida, por causas que palacio mantiene en reserva.

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¿Cómo fueron los últimos días de la reina?

Siguiendo una vieja tradición, Isabel se retiró a la residencia estival de Balmoral a pasar el verano, donde la sorprendió la muerte. Sus días finales, cuentan testigos, estuvieron llenos de alegría. El reverendo Iain Greenshields, de los últimos en verla, le contó a The Times: “Ella era la vida y alma de las cosas. Me habló muy personalmente sobre su infancia aquí (en Balmoral), de sus caballos, me dijo los nombres de los que había tenido en los últimos años, recordó también nombres de lugares y de personas. Era un ser completamente sobresaliente.” El sacerdote también comentó que hablaron de la guerra en Ucrania y otros temas de actualidad.

Desde que llegó a Balmoral, el 21 de julio, la monarca era visitada a menudo por sus hijos mayores Carlos y Ana. Alister Jack, parlamentario conservador, asistió a una reunión por video del Consejo Privado y le dijo al diario londinense que ella mostró su acostumbrada agudeza mental. El expremier Tony Blair almorzó con ella hace pocas semanas y expresó lo mismo “Estuvo cálida, graciosa, de buen humor y enérgica”, recordó.

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De princesita a heredera

Cuando nació, el 21 de abril de 1926, Isabel Alexandra Mary de York no estaba predestinada para reinar. Pero el peor escándalo de la monarquía en siglos, la apartó de su apacible vida y la puso en el camino al trono.

El príncipe Alberto ‘Bertie’ y Elizabeth Bowes-Lyon, duques de York, eran una pareja muy sencilla. A pesar de pertenecer a la familia real, no vivían en un palacio sino en una casa sin pretensiones, en el 17 de Bruton Street, en el glamuroso Mayfair, en Londres.

Allí nació su primogénita, la aplomada Isabel, y le siguió la vivaz Margarita, su polo opuesto. Isabel fue la nieta mayor del rey Jorge V, famoso porque era furioso con sus hijos. Con la princesita, empero, dio un vuelco total y veía por sus ojos. Los York, eran una rareza en el alto mundo británico, los padres eran fríos y severos con sus hijos. Ellos, en cambio, eran todo cariño, diversión y mimos para con las princesitas.

Jorge V vivía decepcionado del heredero, David, playboy, rebelde, popular. Vaticinó, así mismo, que abdicaría y quería que todo quedara en manos de Bertie y Lilibet. Así fue. En 1936, David subió al trono como Eduardo VIII, pero al año abdicó, tras una infructuosa lucha para que lo dejaran casarse con su amante, Wallis Simpson, a pesar de que era dos veces divorciada, lo que era visto como una aberración.

La más desencajada con el escándalo fue la madre de Isabel, pues ello significaba que su marido, inseguro y tartamudo, era el nuevo rey, un papel para el que no estaba preparado. Además, ello implicaba el fin de su idílica vida hogareña.

Bertie subió como Jorge VI y, a la postre, su reinado fue un éxito. El pueblo amó a la familia real porque compartieron con él los horrores de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual Isabel y Margarita fueron ocultadas en el Castillo de Windsor.

Tras la contienda, se volvió más serio el romance de la nueva heredera con Felipe de Grecia y Dinamarca, quien desbancó al futuro duque de Grafton, un pretendiente que no le disgustaba a la princesa. A la fastuosa boda, el 20 de noviembre de 1947, siguieron los años más felices de Isabel, inocente de la sorpresa que el destino le tenía preparada.

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Carlos ya tiene su lugar en la historia como el heredero que más ha esperado para reinar, pero se equipara a sus antecesores en lo escandaloso. Si George IV no dejó entrar a su esposa Carolina Brunswick a la coronación, Eduardo VII fue llamado a juicio por el marido de una de sus amantes, y Eduardo VIII dejó el trono por el amor a Wallis Simpson, el nuevo monarca no se quedó atrás.

La sombra del triángulo amoroso que protagonizó en los años 1990 con su primera esposa, Diana Spencer, y la hoy reina Camilla, le restaron popularidad. No pocos han seguido la línea de la fallecida Diana, quien decía que él no era apto para reinar y que debía cederle el trono a su hijo William, el nuevo heredero. En su primera alocución Carlos dio a entender que eso no sucederá.

La reina, sabia y pragmática, lo liberó un poco de la presión por Camilla, ordenando que fuera llamada reina, derecho que se le pretendía negar por su pasado adúltero con Carlos.

Los expertos opinan que no es lo mismo ser visto como príncipe heredero que como rey y que las percepciones cambian. Además, la pareja demostró que su matrimonio es sólido y a ella se le reconoce su trabajo por la monarquía y ser la única que sabe calmar el mal genio de Carlos.

Más preocupante ha resultado en el último año la racha de malas notas alrededor del dinero. Primero, en septiembre de 2021, se supo que un allegado al rey negociaba honores y cenas con él por millonarias donaciones para sus obras benéficas con millonarios de Rusia, China y Arabia Saudita.

En julio, salió a la luz que recibió un donativo de alrededor de 3.1 millones de dólares, según The New York Times, por parte de Sheikh Hamad bin Jassim bin Jaber Al Thani, de la familia real de Catar. Por último, trascendió que aceptó una contribución por 1.3 millones de dólares de la familia del criminal Osama bin Laden. Para los opinadores eso tiende un manto de duda sobre sus aptitudes para reinar.

Desde hace tiempo, se cree que uno de sus proyectos bandera es reducir la monarquía. Ello cae bien en los que creen que los 85 millones de dólares que les cuesta la monarquía a los contribuyentes son demasiado. Pero no es de buen recibo para los que consideran que eso sería aminorar la presencia de la institución en el país, lo cual llevaría a que la gente empiece a verla irrelevante y quiera abolirla.

Especialmente contrario a esa idea es su hermano Andrés, duque de York, de quien Carlos ha dicho que quiere ser él. Venido a menos por su escándalo sexual a raíz de la amistad con el pedófilo Jeffrey Epstein, al punto que su madre tuvo que despojarlo de deberes, títulos y el tratamiento de alteza real, el cree que merece una reivindicación tras negociar con la mujer que lo acusó de tener sexo con ella niña. Y quiere que sus hijas, Beatrice y Eugenie, sean miembros de la familia en funciones. Al rey no le suena nada de eso.

Carlos III estrena su reinado con el problema de su hijo menor, Harry, duque de Sussex. Desde su retiro de la monarquía no ha hecho sino lanzarle reproches a su desempeño como padre. De hecho, para finales de este año se espera un libro de memorias que asusta a los cortesanos. El dilema del monarca es que está molesto con Harry, pero no quiere alejarlo del todo, pues guarda el remordimiento de que si no hubiera dejado que eso pasara con Diana, quizá estaría viva.

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