Los secretos del río
Con una estrategia nacida de escuchar recuerdos y tradiciones de abuelos y abuelas de los pueblos ribereños del Alto Atrato, niños y niñas de esa comunidad aprenden a interesarse por la tradición y a fortalecer su identidad y arraigo, un aspecto crucial para la convivencia.

Cuentos que no son cuentos
Con una estrategia nacida de escuchar recuerdos y tradiciones de abuelos y abuelas de los pueblos ribereños del Alto Atrato, niños y niñas de esa comunidad aprenden a interesarse por la tradición y a fortalecer su identidad y arraigo, un aspecto crucial para la convivencia.
A María Mena le gustaba quedarse despierta hasta el amanecer para poder discernir, en la madrugada, la atávica sabiduría de sus antepasados. Permanecía hasta las tres de la mañana con los ojos y el deseo abierto, escuchando a su abuela, Cristina Martínez, que le contaba cuentos que no eran cuentos sobre el río Atrato: la oía rememorar los días felices en que no existía la compra sino el intercambio, y en los que la tierra y el agua proveían todo lo que necesitaban los pobladores.
“Si no hubiera conocido esas tradiciones –dice– hoy sería imposible entender el arraigo y el vínculo tan fuerte que hay entre las comunidades y la Pacha Mama. Como decía mi abuelo, que en paz descanse: ‘Quien no sepa de dónde vienen las raíces de su historia, está condenado a repetirla’”.
María Mena creció en el municipio de Lloró, que hace parte del Consejo Comunitario Mayor de la Organización Popular y Campesina del Alto Atrato (Cocomopoca), reconocido en 1994 y del cual hacen parte 3.400 familias y 17.000 habitantes. Es un reconocimiento que contrasta con el abandono del Estado, la presencia de grupos armados, la minería ilegal y la tala indiscriminada de bosques que han azotado a esta comunidad negra desde hace años.
Ella misma, por ejemplo, fue desplazada de manera forzada en 2003, a la edad de 13 años, y obligada a desarraigarse de sus tradiciones al llegar la capital del departamento, Quibdó. No recuerda que durante su adolescencia hubiera estado conectada con ese pasado que la mantenía deslumbrada mientras esperaba la aurora, hasta ese día de 2016 cuando se unió a Cocomopoca.
Desde ese momento se ha dedicado a recuperar lo que perdió.
También en el año 2016 la Corte Constitucional expidió la sentencia T-622, que marcó un hito en la vida de Cocomopoca al reconocer el río Atrato como sujeto de derechos y evidenciar que las actividades de minería ilegal, la explotación forestal a gran escala y la presencia de grupos armados vulneran los derechos fundamentales a la vida, a la salud, al agua, a la seguridad alimentaria, al medio ambiente sano, a la cultura y al territorio de las comunidades étnicas en una de las fuentes hídricas y de biodiversidad más importantes del mundo.
La decisión de la Corte marcó un hito en la historia de la comunidad étnica de la zona y también en la vida de María Mena quien –lo mismo que otros miembros de Cocomopoca–, decidió convertirse en ‘guardiana del río’.
María Mena, en proceso con niños y niñas del Atrato.
En la actualidad, ella dedica sus días a mantener una familia de dos hijos de 11 y 12 años y al mismo tiempo a estar en contacto con todas las comunidades de la región del Alto Atrato, escuchar a los abuelos y abuelas y acompañar a los niños y niñas, que conforman una de las poblaciones más vulnerables en la zona. Su propia hija fue la que la impulsó a diseñar estrategias para proteger las tradiciones heredadas del río, el día en que le dijo: “Tenemos que hablar de otra manera”.
Entonces, junto con el párroco de Lloró, Alexander Guerrero, diseñaron el programa ‘Teatro por el Atrato, con el que buscan contar a todas las comunidades ribereñas las historias de los abuelos y abuelas, así como los mitos y las leyendas que todavía flotan en el tiempo. Para ello usan títeres que exhiben desde una lancha, como reconocimiento a esas aguas sagradas. “Es un acto de perdón que desea enseñar cuán grande es lo que tenemos en el territorio, y es una manera de mostrar a las generaciones venideras que deben prepararse para defender lo que por mucho tiempos los ancestros cuidaron con tanto amor y dedicación”, explica la guardiana del río.
“En Lloró, el río es todo… A mí me criaron mis abuelos paternos y yo tengo muchas historias que contar. Cuando tengo tiempo libre me siento a hablar con los mayores en las comunidades y siempre les pido permiso para escribir. Ahí las estoy pasando al computador. Todas las anécdotas, cómo se vivía antes en el territorio, cuál es la tristeza que les genera que ya no quede nada. A veces es triste, pero a veces reconforta”, agrega.
El proyecto ya tiene guiones escritos, lo mismo que presupuesto, diseño de vestuarios y planes de recorrido. Sin embargo, debido a la pandemia de la covid-19 –y por falta de apoyo económico– no ha podido comenzar a navegar. Por fortuna, la sabiduría está ahí: a flote.
Impacto positivo
En su proyecto del ‘Teatro por el Atrato’ y como guardiana del río, María Mena visita varias comunidades por semana, incluso ahora en medio de la pandemia, ya que teme que en el aislamiento las niñas y niños corren aún más riesgos. En su diálogo con niños y niñas y al escuchar a abuelos y abuelas, ella conecta mundos y logra que se recuerde el respeto por la Tierra, por las tradiciones y por las costumbres ancestrales. “Antes había que pedir permiso a la Pacha Mama para tomar un plátano o cortar cualquier árbol –advierte–. Para navegar y para entrar al río había que echarse la bendición o, como decimos en mi comunidad, persignarse como un acto de respeto y agradecimiento por todo lo recibido. Nadie se iba a la cama sin pedir perdón y dar gracias a Dios por lo obtenido y por las faltas cometidas, y por eso el río y la madre Tierra no sufrían tanto y la vida era más llevadera y armónica”.
Con este proyecto, los niños y niñas se ven cada vez más interesados en proteger y preservar la naturaleza. Los hijos de María, por ejemplo, participan de forma activa y hasta se desplazan de corregimiento en corregimiento para escuchar a abuelos y abuelas sin el acompañamiento de su madre. Asisten a la escuela, pero su tiempo libre lo dedican a su cultura y a proteger lo que queda de ella.
Sin embargo, la decisión de ser una guardiana del río no es del todo fácil. María Mena se debate constantemente entre quedarse o irse a una ciudad para que sus hijos tengan mejores oportunidades y asistan a un mejor colegio. Pero siempre ha decidido quedarse, porque cree que esta es la única manera de preservar su cultura y cuidar el medio ambiente. También se apoya en su hija, quien tiene un dicho que la reconforta: “todos podemos dar lo mejor de nosotros si así lo disponemos en nuestra mente. Todo lo podemos lograr: solo depende la actitud que le pongamos a las cosas y de mentalizarnos de que sí podemos”.
En sus recorridos, a guardiana del río también es testigo de muchas tristezas: el abandono del Estado, el abuso y prostitución de niños y niñas, la minería ilegal, el maltrato a la mujer y las amenazas de los grupos armados que acechan en cada esquina. Por esto, encontrarse y hablar de las historias de abuelos y abuelas también se convierte en un oasis en medio del sufrimiento. También los adultos mayores, que por lo general se sienten abandonados, encuentran en María a alguien en quien confiar y a quién contar sus historias. María los escucha siempre.
Aprendizajes en clave de convivencia y no repetición
Si hubiera permanecido en Quibdó, era probable que María Mena nunca habría podido conectarse con su pasado. De hecho, sus abuelos la enviaron a la ciudad para que pudiera estudiar y no estuviera en riesgo por la violencia. Sin embargo, ella decidió volver a su comunidad y convertirse en el mejor testigo de la historia a lo largo del Alto Atrato.
Escuchar a los sabios de la tribu se convierte en un momento de encuentro, de tranquilidad y de reconocimiento a las personas mayores, a sus vivencias y a su forma de ver el territorio en el que viven. Y le brinda muchas herramientas y conocimientos para compartir estos cuentos con niños y niñas de la región y, en medio del reggaetón y la cultura actual, lograr que se interesen por el río, la tierra y la comunidad. Fortalecer esta identidad y arraigo es un aspecto crucial para la convivencia y para que las comunidades se reconozcan e identifiquen los aspectos de su territorio que los fortalece y también los que los debilita como comunidad. Esta tarea no es fácil, pero María Mena continúa y sueña con hacer real el teatro: ese espectáculo que le permitiría hablarles a más personas en menos tiempo.